The Hunger Games

Como escribí hace una semana, me chuté la triología de The Hunger Games. Tardé en de hecho escribir esta entrada porque decidí esperar a terminarlas, lo cual hice ayer.

En gran medida leí las novelas porque hace unas semanas salió el avance de la adaptación cinematográfica de la primera. Yo recomiendo que vayan y lo vean; anden, aquí los espero.

El avance me llamó mucho la atención, principalmente por el elenco, así que me aventé las novelas en estas últimas noches que estoy pasando en California. Las novelas son técnicamente ciencia ficción, en un futuro distópico donde los Estados Unidos han sido en gran medida destruidos, y de sus ruinas surge la nación de Panem. Dicha nación es gobernada por un burgués y decadente Capitolio, y doce empobrecidos distritos que sustentan dicha decadencia. Décadas atrás, eran trece distritos, pero se rebelaron y en la contrarrevolución resultante el decimotercero fue obliterado.

Como castigo a su insurrección, cada año cada distrito manda un niño y una niña entre doce y dieciocho años a los famosos Hunger Games, donde los 24 jóvenes pelean a muerte, y dónde sólo uno sobrevive y es coronado vencedor; los juegos son televisados para el entretenimiento de los habitantes del Capitolio, y como castigo para los habitantes de los distritos (ver los juegos es obligatorio). La idea suena similar a otros trabajos de ciencia ficción; The Running Man en particular resalta por las similitudes que tiene, la idea de un show televisivo donde los concursantes pelean a muerte.

La autora, Suzanne Collins, menciona también la historia de los gladiadores romanos como inspiración, y el mito de Teseo y el Minotauro, donde los habitantes de Atenas debían enviar jóvenes a Creta como sacrificio. La idea de las novelas, sin embargo, le vino a la cabeza un día que cambiaba de canales y pasó de ver imágenes de la guerra en Irak, a un reality show de la televisión gringa; nada más en eso uno podría basarse para entender lo profundamente subversivas que son las novelas. Siendo la Collins además hija de un veterano de la guerra de Vietnam, se entiende todavía más.

La idea del pan y circo que utilizan los gobiernos para mantener enajenada a sus poblaciones (y la gringa debe ser de las más enajenadas que existen) se refleja incluso en el nombre del país: Panem viene de panem et circenses, “pan y circo” en latín.

Dado únicamente el marco de la historia tal vez las novelas ya valdrían la pena; sin embargo, en mi caso me conquistaron totalmente por otra razón. Como decía arriba, las novelas son técnicamente ciencia ficción; pero en el fondo (particularmente las primeras dos), realmente son novelas románticas. Y románticas de forma inteligente; no como las mamadas de Twilight.

El personaje principal, Katniss Everdeen, es todo lo que Bella Swan jamás podría ni siquiera soñar llegar a ser: es fuerte, independiente, capaz, decidida, y en la mayor parte de las ocasiones (excepto, tal vez, en la última novela) es ella la que se la pasa salvándoles el pellejo a sus dos tarados novios. Porque, por supuesto, hay dos tarados novios; ¿qué chiste habría con nada más uno?

El personaje es realmente de las cosas más maravillosas que tienen las novelas; las mismas están relatadas desde su punto de vista, y la Collins tiene un estilo conciso y al chile que es un refrescante cambio después de estar leyendo ladrillos por parte de autores que están terriblemente enamorados de su propia prosa. Las novelitas de The Hunger Games son diminutas, y un chingo de cosas pasan en unas cuantas frases que relata Katniss. Y la niña tiene un espectacular sentido del humor, generalmente cínico y autoinsultante. Tal vez la manera más sencilla de resumir el tono de la novela son las siguientes líneas:

I did kiss him last night, in a moment when my emotions were running so high. But I’m sure he doesn’t remember it. Does he? I hope not. If he does, everything will just get more complicated and I really can’t think about kissing when I’ve got a rebellion to incite.

La última novela es un cambio absoluto de las primeras dos, y se pone rápidamente muy trágica, muy triste, y muy angustiante. La Collins se esfuerza (y me parece que lo consigue) en mostrar la guerra como algo aterrador, terriblemente injusto, y estúpidamente violento. Si el mero final de la misma hubiera sido como la última tercera parte, probablemente hubiera terminado muy molesto. Sin embargo, los últimos párrafos dan un final esperanzador, si bien no del todo feliz. Ciertamente no “Hollywood”-feliz; no sé si en la adaptación no le vayan a hacer cambios, porque sí es algo descorazonadora la última parte de la tercera novela.

Y por cierto, el mero mero final de la novela (no el epílogo, el final); así es como uno termina una triología de novelas románticas.

Las novelas tienen muchísimo romance; nunca meloso, nunca forzado, nunca pintado color de rosa. Y de hecho, el romance se da generalmente en el contexto de violencia, o de la amenaza de violencia. Pero en su núcleo las novelas son románticas, y nada más por eso a mí me gustaron. Para los que eso no es su taza de té, las novelas tienen muchísima acción, bastante intriga política, y mucha guerra. La intriga política es medio inocente, y la guerra se siente como de parte de alguien que no tiene mucho interés en estudiar al respecto (esto no es Heinlein, ni Pérez-Reverte), pero es suficientemente satisfactorio. Y el mensaje de las mismas es subversivo, pacifista, antiimperialista y (muy veladamente) anticapitalista, a veces disfrazado como simple anticonsumismo.

Por si eso no fuera poco, la adaptación de la primera novela será estrenada en marzo, y se ve de no mamen. El elenco es espectacular, y después de haber leído las novelas me parece casi perfecto: Katniss será interpretada por Jennifer Lawrence, la lindísima niña que hizo el papel de Mystique en X-Men: First Class. La autora colaboró en la adaptación del guión, y el avance se ve tan completamente sacado de la novela, que de verdad estoy muy emocionado de ver la película.

Así que si tienen tiempo, léanlas; a mí me parecieron altamente disfrutables, y como les digo, son lo suficientemente cortas como para dejarlas pasar.

Dos días

Pasado mañana, a esta hora, estaré abordando el avión que me llevará de regreso a mi Ciudad de México, que tendrán que amenazarme de muerte para que vuelva a dejarla por lo que resta del año. Y probablemente ni así lo haga.

Hoy es mi último día en el campus de Northridge, en la Universidad Estatal de California. Como ha sido con casi todo lo académico en este viaje, acabé de hacer todo lo que me había propuesto hacer cuando lo planeé. Bueno, me falta una cosita con unas cotas inferiores, pero en este momento no dudo que lo acabe en lo que me queda del día.

Mañana haré mi maleta, y abandonaré los que fueron mis aposentos en California; pasaré la noche en la casa de mis asesores, y pasado mañana partiré al aeropuerto.

Y cinco horas y media después, si el avión tiene a bien a no caerse, estaré de regreso en casa.

The Inheritance Cycle

Cerca de que saliera la película basada en la primera novela de Eragon, decidí leerla antes de que estrenaran la adaptación. Después, me chuté las dos siguientes: escribí al respecto aquí, aquí y aquí. Mi reseña de la película la pueden ver aquí.

Iba a empezar a leer la cuarta, cuando me percaté de que no me acordaba de ni madre, consecuencia de que no volví a leerlas nunca (señal de una mala calificación por mi parte; yo releo múltiples veces las novelas que me gustan). Así que me las chuté todas de corrido.

Las novelas están bien, supongo. Están medianamente bien escritas, los personajes (especialmente Roran Stronghammer, quien me parece el verdadero héroe, y Nasuada) son suficientemente entrañables como para que uno se preocupe por ellos, y la historia está entretenida. El problema principal que tienen las novelas es que en general no tienen un ápice de originalidad.

Siendo honesto, la cuarta novela sugiere un par de cosas interesantes para un trabajo de fantasía: la capacidad de los seres con magia de convertir instantáneamente materia en energía, creando básicamente lo que sólo puede definirse como bombas atómicas, con todo y contaminación por radiación; y una escena donde Eragon y Saphira vuelan tan alto que se percatan de que el mundo es redondo… que sin duda no ayudará a disipar el mito de que en la Edad Media la idea de una Tierra plana era generalizada.

Pero quitando eso, las novelas son una copia pasada por agua de todos los otros trabajos de fantasía que se han escrito en los últimos 500 años. Además el autor, Christopher Paolini, es ateo y fue educado en su casa por padres liberales; muchos mensajes que comunica la novela yo en principio estoy de acuerdo con ellos. Pero contrario a His Dark Materials de Philip Pullman, en las novelas de Paolini dicho mensaje es embarrado en la cara del lector todo el tiempo, de la manera más burda posible. Y por último agravio, Paolini pone referencias al Dr. Who en varias partes, que no vienen al caso de ninguna manera, y lo cual me pareció de pésimo gusto.

Dicho eso, sí disfruté leer las novelas, pero no creo volver a hacerlo nunca más en mi vida. Y una vez más entendí por qué le fue tan mal a adaptación cinematográfica de la primera novela, y por qué el proyecto se desplomó por completo evitando que saliera ninguna adaptación de las secuelas: sencillamente no vale la pena.

El mundo de Eragon y Saphira está simpático, y la historia está suficientemente entretenida como para que acabara de leer los mazacotes que son los libros; pero la verdad no me dejó un buen sabor de boca el haberlo hecho. Y como queja pendeja mía, le falta mucho romance a las novelas; el romance de Roran y Katrina es bastante simple, y el de Nasuada y Murtagh es demasiado poco en muy corto tiempo. El “romance” entre Eragon y Ayra es patético y lamentable; yo ni siquiera lo definiría como tal.

Paolini está chavo (es más joven que yo), y a lo mejor puede sacarle más jugo al universo que creó (lo cual es admirable, dada la edad a la que lo hizo… aunque haya inicialmente sido una mala copia de Star Wars). Con suerte, en los años venideros podrá explotar ese universo de mejor forma, o tal vez crear uno nuevo. Yo creo que sí leeré algo más que él escriba, lo cual me parece es alabo suficiente. Pero sí creo que hubiera podido terminar su ópera prima de forma mucho más espectacular, si hubiera sabido cómo.

Literatura

A estas alturas de mi viaje, tengo ya un cansancio crónico que nada más no se me quita. Supongo que tiene que ver el hecho de dormir en un colchón inflable, el cual varias veces me ha hecho despertarme en la noche porque es necesario bombearle más aire.

Como sea, me acuesto en la noche, y no es raro que en la mañana despierte más cansado que cuando me dormí. Eso ha hecho que comience a dejar mi laptop en la universidad durante las noches entre semana; así no tengo que andar cargando mi mochila de ida y vuelta todos los días.

En mi habitación aquí en California tengo televisión, pero no veo por qué si en México no veo tele (al menos, no del aire), porque tendría que empezar a hacerlo aquí. Especialmente porque mi colchón inflable no es el mejor lugar para aplastarse a ver la caja idiota.

Así que lo que hago en las noches después de cenar es ponerme a leer. Hacía un rato que no leía de forma constante todos los días, y sí me hacía falta la verdad. Esta entrada es para comentar los libros que he leído, que son básicamente todos de dos series de novelas.

Voy a aventar spoiler por diestra y siniestra, así que si no han leído las novelas y planean hacerlo, les recomiendo que no lean mis reseñas. Las novelas son la tetralogía del Inheritance Cycle de Christopher Paolini (las novelas de Eragon), y las de la triología de The Hunger Games, de Suzanne Collins.

Originalmente iba a escribir esto en una única entrada, pero ya viendo el tamaño que estaban tomando decidí mejor dividirlas. En las siguientes dos entradas estarán mis comentarios acerca de estas dos series de novelas.

Immortals

En el que terminó siendo un domingo medio de pesadilla, fui a ver Immortals. Se aplican las de siempre.

Immortals

Immortals

Immortals debe de ser la película más idiota que he visto en mucho tiempo. No sólo por el destace que hacen de la mitología griega, ni por lo inverosímil de múltiples cosas (¿por qué gente normal viviría al borde de precipicios?), ni por el hecho de que nunca entendí por qué la mayor parte de los personajes hacían lo que fuera que hicieren. Tampoco que importara mucho, porque al parecer los mismos personajes no lo entendían.

Dicho eso, la película es altamente disfrutable por varias cosas. Isabel Lucas y Freida Pinto son ridículamente hermosas, y enseñan bastante carne en la pantalla. El aspecto visual de la película es muy chido, con armaduras doradas y hombres sudorosos muy masculinos ellos dándose de sablazos todo el tiempo. La violencia de varias escenas alcanza un grado que yo sólo puedo calificar de exquisito, especialmente cuando los dioses utilizan su diocidad para destazar mortales. Y la escena de Zeus descendiendo del monte Olimpo ciertamente está muy chida.

Me gustó también que muestran a los dioses griegos como jóvenes, casi adolescentes (y ciertamente por todo lo que dice la mitología griega se comportaban como tales), y que el director descarta alegremente nimiedades como consistencia, continuidad o sencillamente sentido común si es que acaso se interpone con la posibilidad de mostrar una escena visualmente espectacular.

La película es más allá de mala por muchas razones; pero es un espectáculo visual y (en mi humilde opinión) una de las muestras más artísticas de mostrar seres divinos (y en el caso de Isabel Lucas, lo digo literalmente) despedazando entes a diestra y siniestra. En ese sentido, no verla en el cine es un crimen.

Sólo no presten mucha atención a la historia. Y no se sientan mal de no hacerlo; los mismos realizadores tampoco se molestaron en ello.

Cinco meses

Hoy se cumplieron exactamente cinco meses desde que salí de México. Mi viaje se acerca rápidamente (aunque no tan rápido como yo quisiera) a su fin, y ciertamente me alegra.

Ya estoy ligeramente hasta la madre, y ya quiero irme a mi casa. Ha sido demasiado tiempo lejos de casa, especialmente por el hecho de que como me he quedado (relativamente) poco tiempo en cada lugar, vivo de mi maleta y no puedo sacudirme la impresión de que estoy de arrumbado todo el tiempo.

Pero ya falta poco más de dos semanas nada más, y podré volver a casa.

Y por eso no me gusta trabajar

Total que en el poco más de un mes que llevo en California, me he encarrilado a trabajar con Bernardo y Silvia en su área, combinatoria, que aunque relacionada (y mucho) a la geometría computacional, es una bestia completamente distinta.

En particular, muchas veces el chiste del asunto es estar contando pendejaditas, para saber cuántos elementos de las pendejaditas existen. En la enorme mayoría de los casos (o al menos los que yo he visto y trabajado), dichas cuentas generalmente no son exactas, y entonces uno termina con una cota superior, que uno justifica con cualquier argumento que se pueda usar, y una cota inferior, que casi siempre se justifica con una familia de ejemplos que alcanzan dicha cota inferior. Cuando la cota inferior y superior coinciden, bingo, uno resolvió el bisne.

Yo en general he trabajado en las cotas inferiores, porque la computadora ayuda (y mucho) a encontrarlas, y porque la familia que justifica su existencia debe ser generable a partir de instrucciones finitas, y eso, entre otras varias formas, se resuelve mostrando un algoritmo que construye dicha familia.

Antes de que yo llegara ya teníamos una cota inferior para un subcaso del problema general, y escribiendo el programa que generaba todos los ejemplos a partir de una n determinada, descubrí que podía mejorar la cota. Lo cual es bueno; lo malo es que toda la chamba que había hecho para la cota anterior se tira a la basura, porque ahora existe una nueva cota, y entonces tengo que rehacer todo.

“Es tu culpa”, me dijo Silvia, “¿para qué encuentras una nueva cota?”

Así que me arremangué y me puse a volver a hacer todo de nuevo una vez más, hasta hace unos minutos, cuando encontré que de nuevo había mejorado la cota. Lo cual significa que de nuevo tengo que volver a hacer todo.

Chale. Me voy a mi casa, ya son las siete de la noche y no tengo la energía para volver a hacer (por tercera vez) la chamba. Me extrañaría mucho poder mejorar la cota de nuevo, pero no es imposible; no sabemos si es lo mejor que existe.

Y por eso nunca me ha gustado trabajar. Generalmente causa que uno tenga que seguir trabajando.

La lluvia

En mi Ciudad de México, me encanta que llueva. En parte tiene que ver que detesto el sol del DF, pero independientemente de eso hay un genuino gusto por mi parte de ver a mi Vieja Ciudad de Hierro reflejando sus luces por todas partes, y el olor a concreto y asfalto mojado.

En California es tan raro que llueva, que hay una promoción de Subway para días lluviosos. Me ha tocado lluvia tres veces en todo el tiempo que he estado aquí (incluyendo mis tres meses en el 2007, y el mes en el 2009), y generalmente sólo era más bien chipi-chipi y cielo nublado.

Hoy de verdad está lloviendo.

Showers

Showers

Cuando salí en la mañana, sólo estaba nublado. Comenzó a llover hace como una hora, y para mí sorpresa (y creo que por primera vez en la vida), el ver la lluvia me apachurró. Claro que está la cuestión pragmática de que ir pedaleando en la bicicleta bajo la lluvia no es algo que se me antoje en lo más mínimo (y algo que jamás [espero] me ocurrirá en la Ciudad), pero como no voy a mi casa hasta la noche creo que podré evitar la experiencia. Pero independientemente, el sólo ver la lluvia me apachurró, y la verdad sí me sorprendió esa reacción, porque para mí que llueva siempre ha sido motivo de alegría.

Probablemente sea sólo que extraño a mi Ciudad y sus lluvias. Probablemente sólo estoy ya muy cansado y extrañando mucho mi casa.

Pero el caso es que hoy vi llover y no me gustó.

Cuatro semanas

En Barcelona, cuando todavía estaba trabajando con mi amiga Adriana, un día ella hizo una exclamación de felicidad porque sólo le faltaban 5 días para volver a México. Intrigado, me metí a un contador de días para ver cuánto me faltaba a mí. En ese momento, todavía en Europa, me faltaban más de 140 días para volver a casa.

Por poco me echo a llorar en ese instante.

Conforme ha pasado el tiempo en este agotador viaje, de vez en cuando me he vuelto a asomar al contador de días, e inevitablemente he estado a punto de echarme a llorar de nuevo cada vez que lo veo. Hoy no es la excepción, pero dado que hoy justo se cumple que el tiempo que me falta para volver a casa es menos de un mes (para cualquier definición de mes que uno quiera utilizar), hoy comenzaré a contar las semanas que me faltan para regresar, hasta que falte menos de una, cuando empezaré a contar los días.

(Sí, así de ridículo soy.)

Así que, sin más distracciones, comienzo.

Faltan cuatro semanas.