Portadores

Ayer fui a ver Carrirers, la razón siendo que era la que mejor horario tenía. Realmente no hay nada en cartelera que me atraiga demasiado; Defiance y The Ugly Truth más o menos llaman mi atención, pero me queda clarísimo que podría verlas en Blu-Ray sin muchos problemas.

Como sea, se aplican las de siempre.

Carriers

Carriers

Dos hermanos, la novia del mayor y otra chava viajan en carro hacia una playa donde los hermanos iban cuando eran niños. La humanidad está muriendo a causa de un virus altamente contagioso, y los cuatro viajeros tienen cuatro simples reglas para tratar de mantenerse con vida: evitar áreas pobladas; si se encuentran con gente suponer que están contagiados; nunca tocar nada si no ha sido desinfectado; y los contagiados ya están muertos.

Nunca se habla mucho acerca del virus; se menciona que todos los intentos de cura han fracasado, y se muestra que los enfermos básicamente se van convirtiendo en costras humanas, pero hasta ahí llegan. La película es realmente un drama sicológico acerca de cómo se comportan los cuatro viajeros cuando se encuentran a otros infectados o a otros sobrevivientes.

No es una película particularmente buena, pero tampoco tengo ninguna queja en contra de ella. Para ser una producción obviamente independiente, está muy bien hecha, y decentemente actuada. Los personajes son creíbles, y la relación entre los dos hermanos la sentí particularmente cercana, porque se parece un poco a la relación que tenemos mi hermano y yo. Pero no es una película que llame la atención en nada; ni por lo buena, ni por lo mala. Es, literalmente, mediocre: de calidad media.

Así que no la recomiendo, pero dado que no hay nada realmente bueno en el cine, vayan y véanla.

Selectric 251

Acabo de ver el inicio de la segunda temporada de Fringe. Por cierto, esta entrada no es acerca de Fringe. En el episodio (que empieza muy chido, dicho sea de paso), uno de los malos se mete a una tienda de máquinas de escribir, y pide una Selectric 251. Eso me recordó las máquinas de escribir que hubo en mi casa durante mi niñez, y que precedieron a las computadoras que después tomarían para siempre su lugar.

Mis padres básicamente se dedican a escribir. Mi mamá da clases y conferencias, y mi padre va a pláticas y presenta libros; pero en esencia la parte gruesa de su producción intelectual se traduce en miles y miles de cuartillas que han generado y que siguen generando día a día.

Esto significó que en nuestra casa siempre hubo máquinas de escribir, hasta justo antes de que llegaran las computadoras a nuestras vidas.

Tuvimos varias máquinas de escribir mecánicas; desde esas antediluvianas que cuando uno escribía en ellas sonaba como si alguien estuviera disparando una ametralladora, hasta la última que si no me equivoco debe estar arrumbada en algún rincón de la casa de mi mamá.

Para mi hermano y para mí, niños como éramos entonces, las máquinas de escribir no daban mucha diversión que digamos; lo más divertido era apretar todas las teclas y ver como las barras se atrabantaban en el centro de la máquina. También era muy divertido desenrollar la cinta y manchar las camisas blancas de nuestros uniformes escolares con ella. Estoy seguro de que a mi madre le parecía genial eso.

Para su tesis de maestría, mi madre por fin se hartó de las máquinas de escribir mecánicas que mi padre al parecer adoraba, y se compró una máquina de escribir eléctrica. Esto debió ser alrededor de 1990, probablemente un poco antes; ya había computadoras, pero sin duda mi madre no podía costearse una, y ni siquiera se pudo comprar una máquina de escribir eléctrica decente.

Mientras que las máquinas de escribir eléctricas chidas de esa época podían justificar párrafos, hacer pies de página, y no sé qué tantas cosas más, la pobre máquina de mi jefa sólo hacía el salto de carro automáticamente. Esa era la única gracia que yo recuerdo que tuviera… ah, y que podía uno borrar automáticamente, con la cinta borradora (la máquina guardaba un determinado número de caracteres para saber cuál tenía que presionar sobre la cinta borradora).

Esa máquina eléctrica a mí me parecía un juguete mucho más divertido que las mecánicas, pero le perdí el gusto rápidamente. Era de margarita, eso sí recuerdo; no vería una máquina de escribir eléctrica de esfera hasta que llegara a la UNAM. Yo creo que mi madre también le perdió el gusto, especialmente porque su tesis de maestría tenía como siete citas en pies de página por página, y para hacerlos básicamente utilizó la técnica de cortar y pegar. Old school. Como en usando tijeras y pritt.

La computadora relegó a cachivaches a las máquinas de escribir en mi casa para siempre, excepto cuando alguien tenía que llenar una forma impresa, que cada vez era más raro.

El programa para escribir documentos (que era la razón para tener una computadora en primer lugar) que usamos primero fue WordPerfect. Primero la versión 4.2, y luego la versión 5.1. Y de hecho durante muchos años mis padres usaron sus computadoras como máquinas de escribir glorificadas. Y dado que suelen poner hartos pies de página, ciertamente les hizo la vida mucho más sencilla.

Yo no; usar procesadores de palabras nunca fue lo mío. WordPerfect me daba más bien hueva, y cuando por fin mis padres se pasaron a Word tampoco me impresionó mucho. Yo comencé a programar, y entonces el utilizar un procesador de texto no era algo que se me diera mucho. Aunque escribí una serie de cuentos en el CCH; particularmente malos, por cierto.

Cuando entré a la Facultad y descubrí TeX, eso sí me apantalló. Y más me apantalló el descubrir que durante muchos años la gente escribía tesis y artículos matemáticos utilizando máquinas de escribir eléctricas de margarita o de esfera, y que para escribir los símbolos matemáticos y griegos sencillamente cambiaban dicha margarita o esfera. Por no decir de la paciencia necesaria para hacerlo.

Me pregunto cómo hubiera sido si hubiera tenido padres que se dedicaran a las ciencias duras y entonces que yo hubiera sabido eso desde niño. A lo mejor hubiera visto a las máquinas de escribir eléctricas como algo más que juguetes.

Claro que, dado como soy, probablemente entonces me hubiera dedicado a la historia o a la filosofía. Y entonces lo que me hubiera fascinado serían las máquinas de escribir mecánicas.

Sí, por supuesto que sí

El viernes acabé los trámites para la propuesta de mi jurado en mis exámenes generales del doctorado. Lo cual es bueno, porque el Comité Académico del posgrado probablemente se reúna el lunes, y si no estaba mi propuesta lista para ese día, quién sabe cuándo se volvería a reunir el comité. Por justo ese motivo fue que acabé mi tesis de maestría en diciembre, pero terminé titulándome en abril.

Como sea, tuve que ir por la firma de Jorge y lo agarré terminando su clase de algoritmos en la Facultad; se ve que estaba discutiendo algo con sus alumnos, porque en cuanto me vio me preguntó: “¿sí hay clases el lunes, verdad?” A lo que yo, de forma automática y volteando a ver los chavos contesté: “sí, por supuesto que sí”.

Visualicen un salón lleno de estudiantes de alrededor de 20 años, todos y cada uno de ellos tratando de asesinarme con sus miradas.

Claro que puedo recordar lo que era estar en sus lugares, y desear poder tener cinco días de puente. Pero que no jodan; todavía que (con muchos sacrificios) reciben una educación de primera y sin pagar un centavo, y quieren desperdiciar un día sólo porque cae antes del 15 de septiembre.

Yo voy a dar clase el lunes. Mis alumnos tampoco me han de querer mucho.

¿Qué Pasó Ayer?

Ayer fui a ver The Hangover, aunque antes de entrar a la película me andaba arrepintiendo porque justo acababa de comprar The Beatles: Rock Band. Después de ver la película, decidí que había valido la pena completamente.

Se aplican las de siempre.

The Hangover

The Hangover

Cuatro amigos van a pasar una despedida de soltero de uno de ellos en Las Vegas, y tres se despiertan al otro día sin recordar nada de la noche anterior, con un bebé en la habitación, un tigre en el baño, un diente perdido, una cruda de proporciones bíblicas y el novio extraviado.

El caos se sigue.

Ante una premisa tan traqueteada y pendeja, The Hangover resulta ser una película hilarante, y además mostrando un humor 100% adulto, y sin caer sólo en chistes de pedos… la mayor parte del tiempo.

Sin duda alguna la película que más me ha hecho reír en creo todo el año, tiene algunos defectos tan pequeños que casi ni merece la pena mencionarlos; tal vez el más importante es que todos los personajes femeninos son unas perras, y si no son santas. Consecuencia de esto (o a lo mejor es al revés), es que la película me parece que está dirigida casi exclusivamente a un público masculino. Digo, sin duda habrá chavas que se divertirán viendo la película, pero los personajes, la historia, y casi toda la bola de mamadas que ocurren durante la misma son cosas que me parece únicamente (o casi únicamente) los hombres nos podemos identificar con ellas.

De cualquier forma, es muy divertida, y se las recomiendo ampliamente.

Al final de la película regresé a mi casa y jugué media hora The Beatles: Rock Band. Y sí, el juego es básicamente justo como me lo imaginaba: fabuloso.

Y con birlos de seguridad, además

El sábado en teoría nos íbamos a reunir varios amigos en casa de uno de ellos, pero al final de hecho no ocurrió por motivos que no vienen el caso.

Antes de que me enterara, sin embargo, de que ya no iba a haber reunión, una de las amigas que iba a ir también me llamó para decirme que se le había ponchado una llanta y que estaba esperando al güey del seguro para que se la cambiara. Yo iba con otra amiga y, dado que estaba cerca de ahí, le dije que yo iba y la cambiaba. Como suele ser con este tipo de situaciones, era de noche y estaba lloviendo; no me sentía cómodo dejando abandonada a una chava que no sabe cambiar una llanta. Todavía si supiera cambiarla igual y lo haría.

Total que llegamos mi amiga y yo con esta otra amiga y su hermana, y me puse a cambiar la llanta. He cambiado llantas desde que tengo como 20 años, y en general soy rápido; pero aquí además de la oscuridad (lámparas o no lámparas) y la lluvia, estaba el hecho de que era un carro que no conocía, con una herramienta medio extraña, con distintas cosas qué quitar en distinto orden, y con birlos de seguridad, además.

Nos llevó como cinco minutos descubrir cómo desmontar la llanta de atrás (es de los carros que trae el repuesto atrás), y como veinte levantar el carro con tres gatos. El del carro debe ser el gato peor diseñado que he visto, porque era medio imposible darle la vuelta, y cuando me harté de él fui por mi gato de botella… que por supuesto resultó ser demasiado chaparro. Por fin la hermana sacó su gato, que era como deberían de ser todos los gatos, y ya sin problemas levanté el carro, cambié la llanta, y después levanté el carro todavía más antes de darme cuenta de que había que girarle al otro lado al gato para que de hecho se bajara.

Por supuesto a lo largo de todo esto seguía lloviendo, y las tres chavas que me rodeaban tenían paraguas y/o cosos con que taparse con la lluvia. Yo estaba sentado o tendido en el suelo (como suele ser con estas cosas), y las chavas decían que trataban de cubrirme con sus paraguas y/o cosos para taparse; lo que de hecho ocurría es que me escurrían el agua de forma más concentrada.

Por fin quedó la llanta y ya me limpié, y me enteré de que la reunión no se iba a realizar. Como yo sí quería ver a mis cuates, les dije a algunos de ellos que fuéramos a mi departamento (al fin y al cabo tenía que cambiarme; estaba completamente empapado), y que ahí nos reuniéramos.

Nos pasamos la noche viendo algunas cosas en mi tele, jugando Rock Band y tomando tequila, y terminaron yéndose cerca de las cuatro de la mañana.

Estuvo divertido, si bien nada como de hecho habíamos planeado originalmente.

It hurts so good

En mi último viaje a Los Ángeles me tomé un fin de semana y volé a San Francisco a conocer la ciudad y reunirme con mi cuate Eddie, a quien conocí durante mi estancia en Barcelona al inicio de este año.

Eddie fue por mí al aeropuerto, me mostró la ciudad, me llevó a comer a un fabuloso restaurante koreano, y me dio alojamiento durante la noche. Fueron unas 36 horas agitadas, pero muy divertidas.

Martes, miércoles y hoy por la mañana, Eddie me pagó la visita. Llegó el martes en la mañana, y lo llevé a comer chiles en nogada, después a pasear por el centro y a recorrer el Paseo de la Reforma (sólo hasta el Ángel de la Independencia), a trepar la Torre Latinoamericana y ver la ciudad de noche, y al Bar la Ópera a ver el hoyo del balazo que disparó ahí Pancho Villa. Ayer lo llevé a desayunar mixiotes en el Gran Rábano, después a Ciudad Universitaria a que conociera a algunos cuates y a que viera el campus, luego a comer carne estilo norteño, después a Coyoacán, y por último a que cenara tacos de suadero. En la noche también jugamos algo de Rock Band y vimos algunas cosas en mi estúpidamente grande televisión.

Hoy en la mañana lo llevé al aeropuerto, donde quedamos en seguirnos visitando cuando podamos, y regresé a mi casa a curarme los pies, que para ese momento estaban llenos de ampollas de estar caminando tanto en tan poco tiempo. Que por cierto, cuando fui a San Francisco también terminé con mis pies llenos de ampollas.

Es el tipo de dolor que vale la pena ganarse.