La Noche del Alacrán: 20

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La Noche del Alacrán escrita por Canek Peláez Valdés se distribuye bajo la licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-No Derivadas 2.5 Mexico.

20

Alejandro y Elena entraron al carro, donde en el asiento de atrás esperaban abrazados Érika y Ernesto, que habían llegado al punto donde hasta el sueño habían perdido.

—¿Todo bien?— preguntó Ernesto, sin que realmente le importara demasiado.

—Ernesto, Érika— dijo Alejandro volteando a verlos —, eh, por segunda vez en la noche, les presento a mi novia.

—Qué bueno que todo salió bien— dijo Érika sonriéndole a Elena.

—Sí, estamos rebosando de alegría por ustedes— dijo, sarcástico, Ernesto —; ¿nos podrían llevar ahora sí a casa de Érika, por favor? Quiero coger.

—¿Sí vamos a mi casa?— le preguntó Érika.

—¿Es lo que querías, no?

—Sí.

—Pues vamos.

Alejandro encendió el carro y se dirigió a casa de Érika.

—¿Qué fue de Mayra?— le preguntó la muchacha a Elena.

—Está bien; se ligó a uno de los hermanos con los que andábamos, e igual y termina consiguiendo novio.

—Órale, qué bueno.

—Y me encantó tu amiga, por cierto.

—Eso oí; si dices que hasta se besaron.

—¿Perdón?— preguntó Alejandro.

—Yo he tratado que me cuente la historia, pero no la pude convencer de hacerlo— dijo Ernesto, interesado.

Elena les contó cómo era que ella y Mayra se habían besado, y por andar explicando las cosas terminó contando todo desde que había llegado al concierto. Alejandro también contó cómo era que se los habían encontrado en la casa del Cacotas, y de repente todos estaban hablando al mismo tiempo de cómo habían llegado al Alacrán. El último en hablar fue Alejandro, que al platicar cómo Elena lo había recibido en el Alacrán casi vomitándole encima causó que todos se rieran.

—Chale— dijo Alejandro —, sí fue una noche divertida.

—Para ti— dijo Elena frunciendo el ceño, pero sonriendo —, que conseguiste dos novias el mismo día y anduviste fajando con ambas. Yo en cambio me la pasé llore y llore y tratando de intoxicarme sin conseguirlo porque me la pasaba vomitando.

—Cabrón— dijo de repente Ernesto —, ¿sí vamos a ver lo de la guía de carreras este fin?

—Gracias, pero ya sé qué voy a elegir— dijo Alejandro, sonriendo —. Voy a escoger física.

Ernesto y Érika se miraron, sorprendidos.

—¿De verdad?— preguntó Ernesto.

—Sí.

—¿Cuándo te decidiste?

—Esta noche— dijo Alejandro sonriéndole a Elena, que puso su mano sobre la de él —. Me ayudó a desembrollar el asunto mi novia.

—Eh— dijo Érika sonriendo —, ¿cuál de las dos?

—La buena— dijo Alejandro mirando a Elena.

—Y a todo esto, ¿tú que vas a estudiar Elena?— preguntó Ernesto.

—Yo creo que sicología.

—¿De verdad?

—Sí; a ver si descubro por qué estoy tan pinche loca.

—Oye, pero así me gustas— le dijo Alejandro.

—Dije que quiero descubrir por qué estoy tan pinche loca; no que desee cambiarlo.

Alejandro llegó a la casa de Érika y estacionó el carro en frente. Todavía era de noche, de hecho; el cielo estaba más oscuro que nunca, y no había nada que indicara que ya fuera a clarear.

—¿Quieres que me estacione más lejos, por si acaso ven que vienes con Ernesto?— preguntó Alejandro.

—No— le dijo Érika —; estoy segura de que mis papás están jetonsísimos. Sólo tenemos que llegar a mi cuarto y es prueba superada.

—Bueno— dijo Alejandro —; pues gracias por todo esta noche. En serio.

—No te preocupes— dijo Ernesto abriendo la puerta de su lado —; ya ves que para eso estamos. Sólo espero que ya dejes de estarnos chantajeando con lo de la vez que rapté el carro de tu papá.

—Chido— dijo Alejandro sonriendo.

Las dos parejas se despidieron; Elena abrazó a Érika y le agradeció por todo: por cuidarla en la casa del Cacotas, por hacerle el paro con regresarla al Alacrán, y por ayudarla a recuperar a Alejandro. Érika y Ernesto descendieron del carro y se encaminaron a la puerta de la casa de ella.

—Yo fui el que pagó los tacos— dijo Ernesto en tono de reproche —, y a mí ni siquiera me abrazó.

—No hagas berrinche mi vida. Y ahora calladito.

Érika abrió la puerta de su casa con todo el cuidado del mundo. Dentro todo estaba oscuro, y con ese ambiente pesado que tienen las casas en la madrugada. Tomando a su novio de la mano lo guió por el recibidor a las escaleras, y de ahí a su cuarto. En ningún momento oyeron ningún ruido.

Nada más estuvieron a salvo dentro del cuarto de ella, comenzaron a besarse con calma y a desvestirse mutuamente, sin hablar, y de hecho sin hacer casi ningún ruido. Hasta que Ernesto contuvo una risa.

—¿Qué?— preguntó Érika sonriendo.

—Nada; que me alegra que tú y yo no tuviéramos que pasar por ninguna de las pendejadas que Elena y Alejandro tuvieron que sufrir para por fin estar juntos.

Érika se llevó la mano a la boca, para callar una carcajada.

—¿Qué?— preguntó Ernesto.

—Ay mi vida, ¿así lo recuerdas tú?

—¿Recordar qué?

—Pues cómo fue para que nos hiciéramos novios.

—No fue tan ridículamente enredado como con Alejandro y Elena.

—Cierto; pero tampoco fue miel sobre hojuelas.

—¿De verdad?

—Uy; podría escribir una novela.

—No, por Dios; qué hueva.

Los dos se rieron, calladitos, y siguieron besándose y dirigiéndose a la cama para, por fin, poder coger sin que nadie los molestara.

En cuanto Ernesto y Érika estuvieron dentro de la casa de la segunda, Elena casi brincó sobre Alejandro para besarlo de forma tiernamente atolondrada.

—¿Qué te pasa?— preguntó riendo Alejandro.

—Si no nos llevas a tu casa y a tu cuarto en el menor tiempo posible, te juro que repito la maniobra de cuando te conocí y te violo aquí mismo en este carro.

—Ya voy, ya voy.

Alejandro se dirigió a su casa. El sueño le había desaparecido del cuerpo, y se sentía alerta y despierto. Elena le acariciaba el cabello y la nuca, y le decía todo lo que planeaba hacerle (y dejar que le hiciera) cuando llegaran a su cuarto, para que se apurara.

Durante el trayecto la negrura del cielo comenzó rápidamente a ser reemplazada por el color lechoso de la Ciudad amaneciendo, que al llegar a casa de Alejandro había llegado a tal punto que ya no estaban protegidos por ningún tipo de oscuridad. Alejandro estacionó el carro en el patio trasero, y le dijo a Elena que lo sentía, pero que sería mejor que subiera por el árbol a su cuarto, porque era muy probable que su papá ya estuviera levantado. Ella le dijo que no importaba, le dio un beso y salió a trepar el árbol. Como él esperaba, su ventana seguía igual desde que él y Ernesto la abrieron para que saliera el olor a mota.

Alejandro entró por la cocina a su casa, y se felicitó a sí mismo por haber sido tan previsor y enviar a Elena por el árbol: su papá estaba tomando el primer café de la mañana, y leyendo el periódico que sin duda había llegado hacía apenas unos minutos.

—Hola hijo— dijo el señor sin levantar la vista del periódico.

—Hola papá.

—¿Todo bien?

—Todo perfecto papá.

El papá de Alejandro levantó la mirada para ver a su hijo, y de inmediato frunció el ceño.

—¿Pero qué te pasó?

—Eh… me golpearon en la nariz.

—¿Te peleaste?

—¿Me creerías si te digo que fue una muchacha?

—No.

—Fue una muchacha.

—No te creo.

—Sí, eso dijiste.

El señor se levantó y examinó a su hijo.

—No estuviste tomando, ¿verdad?

—No papá.

—¿Fumaron yerba?

Alejandro titubeó un segundo. Mentirle a su papá cara a cara le resultaba en general imposible.

—Mis cuates sí. A mí me dieron un toque, pero hace apenas como una hora.

El señor lo miró directamente a los ojos.

—Está bien— dijo después de lo que le pareció a Alejandro una eternidad de tiempo —. ¿Cómo te fue con la muchacha que te invitó al concierto?

—No muy bien.

—¿No?— preguntó sirviéndose más café.

—No; ella fue la que me pegó en la nariz.

El señor volvió a mirar a su hijo; parecía sumamente divertido.

—¿De verdad?

—Sí.

—Entonces me imagino que no la voy a conocer como tu novia pronto, ¿verdad?— le preguntó volviendo a tomar su periódico.

—Es altamente improbable, sí.

—¿Y entonces quién es la muchacha que tan discretamente trepó por el árbol a tu cuarto? Me parece haberla visto antes.

Su papá le dijo esto con una taza de café en la mano y el periódico en la otra, mientras leía la sección de estados, con la más absoluta calma del mundo. Alejandro abrió la boca, pero como no se le ocurrió nada que decir la volvió a cerrar. La abrió una segunda vez, pero de nuevo tuvo que cerrarla porque su cerebro se negaba a funcionar.

—Oh vamos— le dijo su papá, sonriendo —, ¿no creerás que soy tan tonto como para no darme cuenta?

Alejandro siguió sin poder hablar. Ni siquiera era pánico lo que sentía; era un asombro absoluto. En el fondo sí creía (o había creído) que su papá era lo suficientemente tonto como para no darse cuenta.

—Vas a cumplir dieciocho años en mes y medio— dijo tranquilamente su papá —; ya eres casi un hombre. Yo no tengo problemas con que metas muchachas a la casa; pero bien sabes que tu mamá sí. Así que te agradezco que hayas intentado ser discreto; y si te sirve de consuelo creo que tu mamá no ha notado nada. O a lo mejor prefiere no notar nada; no sé. El punto es que no tienes que temer nada; no estoy a punto de regañarte por nada, ni de castigarte, y tampoco de sermonearte. Pero se están cuidando, ¿verdad?

—Sí señor— contestó Alejandro, que cuando tenía miedo de su papá le decía señor.

—Vamos, tranquilízate— dijo sonriendo su papá —. ¿Quién es la muchacha?

—Se llama Elena… es mi novia.

—Ah. ¿Desde hace cuanto?

Alejandro sacó su celular y vio la hora.

—Desde hace como cuarenta y cinco minutos.

El papá frunció el ceño.

—¿Pero ya había estado aquí antes, no? Estoy seguro de haberla visto salir de tu cuarto por el árbol en al menos una ocasión.

—Sí, es mi amiga desde hace casi dos años.

—¿Amiga? ¿Nada más?

—Eh… es complicado.

—Complicado.

—Yo mismo no entiendo ciertas cosas.

—Ajá. ¿Por qué no me lo descomplicas?

—Eh… ¿podría ser después? Te prometo que lo platico bien contigo; y además quiero que tú y mamá la conozcan, pronto. Pero ahorita me está esperando.

—Ah; tienes razón. Está bien; sólo dime una cosa.

—¿Dime?

—¿Es ella la razón de que la otra muchacha te haya pegado en la nariz?

Alejandro no pudo evitar sonreír.

—Sí.

—¿Valió la pena?

—Oh sí.

—Bueno, vete de aquí. Nada más se levante tu mamá y nos arreglemos la voy a llevar a una comida con tu tía Marta en Cuernavaca. Vamos a estar fuera hasta muy noche; a lo mejor nos quedamos ahí a dormir. Así que vas a tener la casa para ti solo.

Alejandro no pudo evitar sonrojarse. ¿De verdad su papá lo estaba prácticamente animando a que usara la casa para coger durante el sábado? El señor le sonrió:

—¿Puedo confiar en que no harás nada particularmente idiota mientras estemos fuera?

—Sí papá.

—Bueno; ahora sí vete de aquí.

—Gracias papá.

Alejandro subió las escaleras, con una enorme confusión en la cabeza. Pero decidió mejor dejar de pensar y nada más alegrarse de que su papá fuera tan chido. Entró a su habitación.

—¿Por qué te tardaste tanto?— le preguntó Elena, que estaba acostada en la cama y arropada por las cobijas. Al ver la ropa de ella regada por todo el cuarto, Alejandro supo que no llevaba nada puesto.

—Mi papá quería platicar conmigo. Te vio subir el árbol.

—No manches— exclamó Elena abriendo mucho los ojos, en pánico.

—Sí; pero no te preocupes. De hecho ya te había visto salir por el mismo árbol.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Y no te regañó?

—No; no tiene problemas con que te meta aquí. Pero sí me dijo que mi mamá sí los tendría.

—Órale, qué chido.

—Sí.

Alejandro seguía en la puerta de su cuarto. Tenía unas ganas increíbles de desnudarse y meterse en la cama con ella, pero también estaba disfrutando mucho el verla acostada ahí, sabiendo que estaba desnuda debajo de las sábanas.

—Se me enfriaron las nachas por estar todo ese tiempo sentada en la banca de piedra helada— le dijo Elena sonriendo pícaramente.

—¿Sí?

—Sí. Vas a tener que frotarlas mucho y darles muchos besitos para que regresen a su temperatura normal.

—Puedo hacer eso.

—Ven aquí mi amor.

Alejandro comenzó a desvestirse y se acercó a la cama.

 
 
 
Ciudad de México, Noviembre 2008

En el lado incorrecto de la carretera…

Ahora estoy en Londres, quedándome con mi fabulosa prima Elena. Me tomé el resto de la tarde para descansar (llegué a las 3:30 PM, después de levantarme a las 6:30 AM al final de cinco o seis días particularmente intensos y emocionalmente pesados), y mañana empiezo mi recorrido por esta ciudad de casi dos mil años.

Lo único es que cada vez que veo los carros, necesito recalibrar mi cerebro a la idea de que aquí conducen a la izquierda. Así que todo parece estar al revés.

Que es como estar de cabeza, pero de lado.

La Noche del Alacrán: 19

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La Noche del Alacrán escrita por Canek Peláez Valdés se distribuye bajo la licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-No Derivadas 2.5 Mexico.

19

Enrique detuvo su carro frente a la parada del PumaBús en la Torre de Rectoría. Elena se lanzó hacia los asientos de adelante para abrazar a Enrique y su hermano.

—Muchísimas gracias— dijo, besando a cada uno en la mejilla. Después se volvió para abrazar a Mayra —. Y muchas gracias a ti también; pásame tu teléfono, porque después te voy a platicar todo el chisme.

Mayra y Elena intercambiaron teléfonos, y Elena se le acercó para preguntarle al oído:

—¿Te puedo preguntar algo indiscreto?

—Dime.

—¿Traes tanga de hilo dental?

Mayra sonrió.

—Reina— le contestó susurrándole al oído —, no traigo ropa interior.

Elena la miró con los ojos abiertos y sonriendo.

—Definitivamente me estás cayendo muy bien; te llamo luego— le dijo dándole un beso en la mejilla.

Dando las gracias una vez más, Elena se bajó del carro y caminó a la banca de piedra de la parada, donde se sentó y subiendo los pies se abrazó las rodillas. Puso la barbilla sobre ellas y se dispuso a esperar.

Considerándolo apropiado, recordó cómo había conocido a Alejandro. Había sido también en un concierto, y Elena estaba emocionadísima de que era lo más sencillo del mundo comprar cerveza en ese tipo de eventos. Tenía todavía quince años, unos cuantos meses de haber perdido la virginidad (con un novio que quiso mucho, pero con el que duró poco), y ganas de divertirse.

Había ido sola, porque ya no tenía novio y ella nunca fue de tener muchas amigas o amigos, y escuchaba la música cuando Alejandro la empujó por la espalda haciendo que se le cayera su cerveza. Enojada volteó a mirarlo, y todo el coraje se le derritió al suelo; le gustó desde el momento en que lo vio.

Le gustaron sus manos, y su sonrisa franca y algo pedante, y cómo olía a que había estado jugando básquet esa tarde, y que era más alto que ella (y luego crecería aún más). Y le encantó lo apenado que pareciera de haberle tirado su chela, y que se ofreciera a comprarle otra.

Caminando hacia donde vendían las bebidas, Elena se lo comía con los ojos revisando su cuerpo, mientras él comenzaba a hablar y ella iba descubriendo poco a poco lo interesante que era, y lo increíblemente atractivo que resultaba que él mismo no se diera cuenta.

Quiso pellizcarle una nalga, meterle la lengua en la boca, chuparle el pene. Pero se contuvo; a duras penas, porque nada más Elena había descubierto el sexo no tardó en descubrir también que le encantaba. Y se contuvo también porque le interesaba lo que Alejandro decía y, tal vez más importante, cómo lo decía.

También se descubrió a sí misma contándole un montón de cosas que generalmente no le contaba a la gente; no excepto a sus amigos más cercanos, mucho menos a alguien que acababa de conocer. La hacía sentirse segura, en confianza. Y además la hacía reír; la hacía reír mucho, y a ella le encantaba eso.

La ponía de muy buen humor.

Platicaron de todo lo que dos muchachos normales de quince y dieciséis años pueden platicar, y de cosas que realmente no entendían, pero que les interesaban. Se contaron chistes e intercambiaron anécdotas, y se rieron como idiotas de cualquier cosa. Se gustaron y se quisieron de inmediato.

Elena estuvo tomando todo ese tiempo; no mucho, pero sí definitivamente más de lo que normalmente ingería de alcohol… que sería nada. Así que estaba más que mareada cuando Alejandro se ofreció a darle un aventón para su casa. Elena concluyó que había estado tomando con el único objetivo de agarrar valor para cogérselo a la primera oportunidad que tuviera; y cuando escuchó que traía nave hasta le brillaron los ojitos de anticipación.

Camino al carro ella fingió tropezar para que la agarrara (cosa fácil porque sí estaba mareada), y aprovechando ya no le soltó la mano. Cuando él no hizo ningún gesto que indicara que eso le desagradaba, ella supo que ni siquiera iba a poder proponerle que fueran a algún lugar apartado para coger; se le iba a lanzar encima en cuanto abriera la puerta del carro.

Que, por supuesto, fue lo que terminó ocurriendo.

Y esa fue la primera cosa con que Alejandro la sorprendió: el sexo no le gustó. Se dio cuenta de inmediato que Alejandro era virgen (se portó básicamente igual que el primer novio con el que se acostó, que también era virgen); pero además sencillamente no le gustó: ella esperaba a alguien que se mostrara en la cama tan seguro como parecía serlo al platicar, y no encontró nada de eso. Fue tierno, y atolondrado, y hasta cierto punto y de alguna manera agradable; pero nada de lo que ella esperaba.

Pero Alejandro le seguía cayendo muy bien, y siguió platicando y saliendo con él, siempre y cuando quedara claro que era estrictamente como amigos. Con algo de pena se admitiría mucho después que en gran medida lo hizo para jugar con él; quería ver cuánto podía soportar el muchacho hasta que se le lanzara de nuevo. Y aquí Alejandro volvió a sorprenderla: no se le volvió a lanzar. A regañadientes, y evidentemente en contra de lo que él quería, pero aceptó las condiciones que Elena unilateralmente impuso, y eventualmente se resignó a ser nada más su amigo.

Ella no pudo evitar encontrar eso increíblemente atractivo, y nada más tuvo la oportunidad se lo volvió a coger, sólo que con una diferencia fundamental a la primera vez: le gustó. Le gustó mucho.

Justo después de haberse venido Elena pensó qué haría; y llegó a la conclusión de que convenía que así siguieran las cosas entre ellos: siendo amigos, y cogiendo de vez en cuando. Lo justificó de muchas maneras, pero en el fondo ocurría que no había sentido nunca lo que sentía por Alejandro, y dada su (no muy amplia) historia con ex novios no quería arriesgarse a perderlo.

Alejandro de nuevo a regañadientes pareció aceptar el arreglo, aunque de vez en cuando le daba a entender que quería andar con ella, pero reculaba en cuanto Elena se ponía firme. La última de esas veces fue cuando Elena salió de casa de Alejandro en lágrimas, porque él le había dicho que sí la quería como novia.

Esa noche y gran parte del día siguiente Elena trató de entender por qué le había afectado tanto que Alejandro le dijera que sí la quería de novia, por qué la había hecho reaccionar así. No pudo encontrar una respuesta satisfactoria, pero decidió que las cosas no podían seguir como hasta ese momento con Alejandro; tenía que ver cómo dejar de coger con él sin que pareciera que lo hacía por el incidente (que de hecho era así). Y lo más sencillo fue conseguirse un novio.

Sorprendentemente su novio resultó ser un muchacho al que llegó a querer y que le dio una sensación de tranquilidad y de estabilidad, cosas a las que no estaba acostumbrada. Comenzó a disfrutar realmente el estar con él, e incluso se alegró cuando Alejandro pareció llegar a aceptarlo.

Fue poco después de un día en que fueron a comer, que Alejandro le dijo que se veía rara y ella le contestó que estaba feliz. Y ciertamente es lo que ella creía; que estaba feliz. Pero ya sentada en la banca de la parada del PumaBús en la Torre de Rectoría, Elena se admitió que no era cierto eso. No estaba “feliz”; estaba tranquila, estaba cómoda. Estaba a gusto; pero no estaba feliz.

Y entendió también por qué Alejandro sí se había tragado que lo fuera; él pobre nunca supo (porque ella nunca se lo dijo) que los momentos más felices que Elena había tenido eran aquellos que pasó a su lado. Confundió el que estuviera más tranquila con que estuviera feliz. Que por supuesto ayudó que ella le dijera que así era.

Elena tuvo un ligero escalofrío sentada en la banca de piedra. Hacía frío, y se preguntó cuánto más tendría que esperar. Miró el pedazo de cielo negro que podía observar debajo del techo de concreto que protegía la parada del PumaBús, tratando de calcular la hora. Hubiera podido ver su celular, pero no quería moverse, además de que se sentía entumida.

El miedo de nuevo le generó un hueco en el estómago; miedo de que Alejandro eligiera a la Loba, miedo de perderlo, miedo de no poder besarlo de nuevo. Se sentía muy cansada, y no podía imaginar algo mejor que estar en el cuarto de Alejandro, acostada junto a él en su cama, ambos desnudos. Ni siquiera por la agradable idea de coger; sólo por estar abrazándolo, olerlo, poder besar su pecho. Y la perspectiva de que tal vez eso jamás volvería a ocurrir le causaba un miedo espantoso; una especie de abismo infinito que al asomarse a él le hacía sentir un vértigo insoportable.

Cerró los ojos y respiró lentamente para calmarse.

—Va a venir— se dijo a sí misma en voz alta —. Ten paciencia y verás que llega. Ten fe y paciencia.

En el carro de Alejandro todos estaban callados. Ernesto y Érika de plano se habían dormido en el asiento trasero, mientras Ana cabeceaba en el asiento del copiloto. Alejandro en cambio no tenía nada de sueño; ni siquiera se sentía cansado.

Al contrario; estaba más despierto que nunca. Manejando a la casa de Ana (que ella le dijo cómo cuando se subieron), estaba al mismo tiempo haciendo trabajar furiosamente a su cerebro, tratando de determinar qué iba a hacer.

Una parte de él se decía que mandara al carajo a Elena con sus locuras y dramas y chantajes, y sencillamente hiciera como que no le había dicho nada. Así se evitaba cualquier tipo de problemas con Ana, y además Elena misma le había dicho que seguiría siendo su amiga no importaba qué eligiera.

Pero las palabras que le había dicho justo antes de besarlo, y lo que había sentido durante el mismo beso, habían tenido un profundo impacto en su persona. No podía tampoco dejar de pensar en lo guapa que se veía, en la sonrisa que siempre había adorado, en el beso con un ligero sabor a tacos de suadero.

Las dos palabras que le dijo justo antes de besarlo él había querido escucharlas durante tanto tiempo, que no pudo evitar sentir una ola de furia nacer en él cuando pensó en lo hijo de la chingada que era que se las dijera justo esa noche. ¿Por qué no el día anterior, o cualquiera de los que siguieron a que tronara con su novio y antes de que conociera a Ana?

Pero no pudo permanecer enojado mucho tiempo; la declaración de Elena de alguna manera hacía que sus acciones (de esa noche; de siempre desde que la conocía) se justificaran. Sencillamente como que, conociéndola, realmente no había otra forma de que le dijera esas dos palabras. Y hasta incluso le sorprendía que pudiera decirlas.

Volteó a mirar a Ana, que cabeceaba peleando contra el sueño, porque quería ver que Alejandro siguiera por el camino correcto y entonces trataba de mantenerse despierta para avisarle si se equivocaba en algún momento.

De verdad era muy bonita; y era dulce y cariñosa, y tenía todas las cualidades que él podría haber deseado en una novia. Bueno; no se había acostado con ella, pero no había ningún motivo para creer que habría algún problema con el sexo. Cuando se diera.

Ana notó que la miraba y le sonrió.

—No estoy dormida— le dijo frotándose los ojos —, aquí sigo contigo.

—Está bien; creo que sí entendí cómo llegar. Si quieres duérmete.

—No, no te voy a abandonar.

Ana recargó la cabeza contra el vidrio del carro, y se distrajo mirando las calles desiertas de la Ciudad. A pesar del cansancio, estaba realmente muy contenta; y muy emocionada de haber comenzado a andar con Alejandro.

Lo había visto muchas veces jugando básquet, y le había gustado mucho. Alejandro jugaba muy bien, y se veía ágil y concentrado cuando jugaba, y cuando su equipo iba ganando era muy común que sonriera e incluso se riera a carcajadas, y a ella la enloquecía su sonrisa, y su mirada concentrada cuando trataba de hacer un tiro particularmente difícil.

Un día vio que su cuate Gerardo también estaba jugando con él, y de manera discreta le preguntó que quién era. Gerardo le dijo su nombre, y que era de los tipos en su salón que siempre sacaban diez y entendían todo.

Conectando otras fuentes, Ana fue investigándolo, y se encontró deseando conocerlo. Pero siempre que lo veía en las canchas le daba pena presentarse, y eso incluso cuando más o menos de fuente fidedigna averiguó que no tenía novia y que la única que le conocían había sido una chava con la que no había durado más que unos cuantos meses.

Así pasó mucho tiempo; Ana de verdad era medio autista al hecho de que era muy bonita, y entonces le extrañaba la cantidad de chavos que se presentaban solitos y la invitaban a salir. Salió con algunos, pero se aburría horrores en general con ellos. Y en su mente realmente sólo estaba Alejandro; le parecía que él sería diferente: divertido, inteligente, además de guapo.

Y entonces ese día, cuando Alejandro pasó cerca de ella y sus amigos que jugaban básquet, y que justo les faltaba un jugador, por fin adquirió el valor suficiente de hablarle… o de silbarle, al menos. Durante un segundo entró en pánico de que él considerara vulgar o de mal gusto que lo hubiera hecho, pero al contrario, a Alejandro pareció gustarle.

El juego fue ligeramente decepcionante; Alejandro estaba jugando muy mal. Tal vez por eso ella le tapó el tiro de forma tan agresiva; ciertamente no quería darle un balonazo en la nariz. Cuando lo vio tirado en el suelo, cubierto de sangre, tratando de levantarse, le gustó más que nunca.

Y conforme fue platicando con él en la enfermería y más tarde en el concierto, descubrió que era diferente; era más divertido de lo que había pensado, y más inteligente incluso de lo que parecía. Era perfecto.

Y la había besado primero, que ella había estado temiendo tendría que ser ella la que tomara el primer paso, porque no se veía que él lo fuera a hacer. Estaba contenta; sentía que las cosas estaban empezando bien, y se moría de ganas de acostarse con él. Sin duda alguna todo iría avanzando de forma chida, si no hacía ninguna pendejada.

Alejandro mientras tanto comenzaba a llegar a la misma conclusión. Al carajo Elena y sus mega dramas; él tenía una novia que le gustaba, con la que se la pasaba chido, que al parecer quería estar con él fuera de toda duda, y que además tenía la no despreciable cualidad de parecer estar sana de la cabeza.

En ese momento Ana encendió la colilla de un churro, que se le había apagado durante la huida del Alacrán.

—¿Qué haces?— preguntó Alejandro.

—Me voy a dar un toquín para despertarme.

—Pensé que la mota daba sueño.

—A mí me despierta.

—¿Te cuento un secreto?

—Va.

—Nunca me ha afectado la mota. Bueno; excepto la vez que olvidé para siempre dos horas de mi vida… pero no recuerdo qué sentí.

—¿De verdad?

—Sí. En realidad no me gusta; pero a Ernesto le encanta, y es común en fiestas y cosas así que salga un churro, y entonces he seguido fumando. Pero la verdad creo que no he entendido cómo se le hace.

—¿En serio?

—Sí.

Habían llegado a un semáforo en rojo en una avenida grande, y Alejandro detuvo el carro. De haberse quedado callada, Ana tal vez hubiera seguido siendo novia de Alejandro mucho tiempo, y la Noche del Alacrán hubiera seguido siendo una noche muy especial en la vida de él, pero por razones distintas. Pero Ana tuvo que cometer, sin tener idea de que lo estaba haciendo, la única y más grande pendejada que pudo haber cometido.

—Tengo una idea— le dijo a Alejandro, y le dio otro toque a su churro. Después tomó la cabeza de Alejandro entre sus manos, y dándole un beso le pasó el humo de la mota —. Sostén el humo— le dijo cuando acabó de pasárselo.

Alejandro obedeció; varios segundos. Y entonces, de forma particularmente interesante, su cerebro hizo algo muy extraño; como si dentro hubiera tenido dos enormes engranes desacomodados, el toque de mota hizo que se reacomodaran con un rotundo click. En menos de lo que tarda en transcurrir medio segundo, las dos horas de su vida que había perdido aquella vez manejando el carro de su papá las recordó su cerebro en un único y particularmente alucinante golpe.

Alejandro se incorporó al Periférico, manejando él solo el carro de su papá, y comenzó a reírse solito. Notaba cómo la mota comenzaba a afectarlo, y la sensación le parecía hilarante. Sosteniendo el volante con una mano, sacó su celular con la otra y le llamó a Elena.

—¿Dónde estás?— preguntó sin decir ni siquiera hola cuando ella contestó.

—En Cuiculco. ¿Por?

—¿Estás con el pendejo de tu novio?

—Eh… no… ¿por?

—Voy para allá.

Alejandro llevó el carro a Cuiculco, donde lo estacionó y caminó hacia el Sanborn’s, sabiendo (porque la conocía bien) que ahí estaría Elena leyendo revistas gratis para no tener que comprarlas. Y ciertamente ahí estaba, leyendo revistas, cuando él llegó.

—Hola preciosa— le dijo abrazándola y besándola en la mejilla. Después la soltó y tomando la cara de ella entre sus manos, le dio un beso rápido, pero particularmente cachondo, en la boca.

—¿Qué te pasa?— preguntó Elena riendo, algo nerviosa.

—Nada. No me pasa absolutamente nada. Abso… abso… absoluta… absolutamente nada. Puta madre, qué chingona palabra. Absolutamente. Es… es absolutamente chida.

—¿Estás bien?

—¿Bien? ¡Estoy poca madre! ¡Chingón!

—Baja la voz— le dijo ella tomándolo por los brazos, que él en su efusividad había comenzado a levantar.

—Vine aquí a decirte que es chido que estés con tu novio…— dijo Alejandro, con la voz más baja y algo más serio.

—Muy amable de tu parte.

—…porque tengo toda la paciencia del mundo.

—¿Perdón?

—Que tengo toda la paciencia del mundo. Voy a esperar que se te quiten toda la bola de pendejadas que tienes en el cerebro, y que te des cuenta de que te sacaste la lotería conmigo y que so yo con quien quieres estar realmente.

Elena comenzó a reír. En ese particular momento era cuando mejor estaba con su novio.

—¿De qué hablas, mi rey?— le preguntó, comenzando a notar que Alejandro debía estar moto o algo por el estilo.

—Hablo de que tú quieres estar conmigo— dijo él acercándosele peligrosamente —. Hablo de que entiendo que también tienes un miedo idiota a estar conmigo porque, estúpidamente, crees que me puedes llegar a perder. Pendeja; ¿que no entiendes que soy tuyo? ¿Que así terminemos casados y con catorce hijos, o tronemos a los quince minutos de comenzar a andar, siempre voy a estar ahí si me necesitas? ¿Que no importa cualquier locura, chingadera o infidelidad que me hagas, podré enojarme y dejarte de hablar un tiempo, pero que eventualmente siempre volveré a ser tu amigo? A lo mejor seré algo más; novio, marido, ex-marido, padre de tus hijos, padrino en tu boda con alguien más, no lo sé: pero siempre tu amigo.

Elena se había puesto seria, tensa, y ligeramente paniqueada. Su corazón le latía muy rápido. Alejandro se acercó aún más y le dijo:

—Así que sigue con tu novio y termina con él cuando sea necesario. Yo voy a esperar; tengo todo el tiempo del mundo. Pero cuando termines con él, déjate de pendejadas y anda conmigo. Además de que extraño coger contigo; y sé que tú también los extrañas. Y todavía más: sé que estás perdida e irremediablemente enamorada de mí, pero tus miedos pendejos evitan que te lo digas incluso a ti misma. Está bien; voy a esperar. Voy a esperar hasta que me lo puedas decir, porque eventualmente vas a darte cuenta de lo pendeja que has sido al estarme rechazando.

Y sin ni siquiera dejar que el eco de su última palabra se apagara, Alejandro la besó. Un beso largo, húmedo y con tanto amor, que a Elena le temblaron las rodillas. Y después se dio media vuelta y se fue, sin decir una palabra más, sin voltear en ninguna ocasión. Se dirigió a su carro, fue a su casa, y se puso a ver la tele donde una hora después despertaría de su bizarro trance.

Elena mientras tanto se quedó en la sección de revistas del Sanborn’s como pendeja, el corazón palpitando, las rodillas temblándole. Si no fuera porque su amigo estaba evidentemente volando con las alas de alguna droga, hubiera ido tras él y probablemente no lo hubiera dejado ir nunca. O durante un buen tiempo.

Pero Alejandro se estaba comportando muy extraño, y en ese momento ella se sentía muy cómoda con su novio, así que sólo le llamó al otro día.

—Hola— le dijo por teléfono.

—Qué onda— contestó Alejandro.

—¿Cómo estás?

—¿Perdón?— preguntó él; Elena nunca le preguntaba cómo estaba.

—Sí; ¿cómo estás?

—Bien… bueno, medio friqueado.

—¿Por?

—Ayer fumé mota, y traía el carro de mi jefe. Y de repente perdí dos horas de mi vida.

—¿Cómo?

—Sí; recuerdo haber entrado a Periférico, y luego recuerdo estar en la sala de mi casa viendo la tele.

—¿Y no recuerdas nada más?

—No, nada. Salí corriendo a ver si el carro estaba bien, pero al parecer sí. No manches; nunca vuelvo a fumar si estoy manejando.

—¿Y no tienes idea de qué hiciste en esas dos horas?

—Nada; es como en RoboCop, pero sin las partes en negro. Sólo de repente estaba manejando, y luego de repente estaba viendo la tele.

—¿Y si hubieras violado o asesinado a alguien mientras tanto?

—Pues espero no haberlo hecho— contestó Alejandro riendo —; al menos no tengo sangre en las manos, ni un cadáver en la cajuela.

—Ajá. ¿Pero de verdad no recuerdas nada?

—No. Y ya sabes que a mí en general la mota no me hace nada; no manches, sí me espanté.

—Bueno, esperemos que no hayas espantado a nadie mientras estabas en tu viaje.

—Sí, yo también.

—Bueno; cuídate.

—Oye.

—¿Qué pasó?

—¿De qué?

—Pues, para qué me llamabas.

—Ah… nomás. No fumes mota cuando manejes.

—Chido.

—Bye.

—Bye.

Elena al inicio pensó que Alejandro le estaba tomando el pelo; pero lo vio para tomar café unos días después, y el muchacho fue tan inocentemente sincero al platicarle con pelos y señales el incidente, que le creyó. Y después fue al baño a llorar un poquito.

Cuando volvió del baño y Alejandro le preguntó que por qué tenía rojos los ojos, ella le dijo que le estaba dando gripe.

Todo eso entró a la parte consciente del cerebro de Alejandro en un solo golpe, lo que causó que tosiera violentamente el humo de mota que Ana le había pasado con su beso.

—¿Estás bien?— le preguntó Ana riéndose y dándole golpecitos en la espalda.

—Ajá— mintió Alejandro, temblando, sudando y con los ojos llorándole, por el humo y la alucinante sensación que le daba el haber recuperado una parte de sí que creía había perdido para siempre.

—Ay bebé, creo que sí la mota no es lo tuyo.

El semáforo se puso en verde, y Alejandro continuó manejando, todavía temblando. No era por la mota; era por el súbito entendimiento que había entrado a su ser: Elena lo amaba. Y sí, tenía todos los defectos del mundo, pero eso era lo que había estado esperando escuchar desde hacía mucho tiempo. Casi desde que la conocía.

Medio en automático Alejandro llegó a casa de Ana, y apagó el carro. Volteó a mirar el asiento trasero, donde Ernesto y Érika dormían plácidamente.

—Güey— dijo Alejandro, la voz algo más fuerte de lo que le hubiera gustado a el mismo.

—¿Para qué los despiertas?— preguntó, extrañada, Ana.

—Güey— repitió Alejandro ignorándola —, necesito que tú y tu mujer me den un segundo a solas con Ana.

Ernesto despertó y miró a Alejandro incrédulo.

—¿Te cae?

—Me cae. Ándale, espero no tardar.

Ernesto salió del carro y sacó del mismo a su novia, para motivos prácticos aún dormida, y mentando madres entre dientes.

—¿Querías despedirte a solas de mí?— preguntó dulcemente Ana.

—Ana— dijo él lo más tranquilamente que pudo —, no puedo ser tu novio.

La muchacha había estado haciendo escenas en su cabeza justo antes de que llegaran a su casa; ir a comer con sus amigas más cercanas para que lo conocieran, presentarle a sus padres, la primera vez que lo metería a su cuarto… No se imaginó la boda y los niños nada más porque no era su estilo, pero Ana ciertamente esperaba un noviazgo que durara más que unas cuantas horas.

—¡¿Qué?!

—Lo siento; de verdad, de verdad lo siento. Pero es que estoy enamorado de otra chava, y no sería justo para ti que yo anduviera contigo así.

—¡¿Qué?!

—No lo sabía… bueno, sí lo sabía pero creí que ya lo había superado, pero me acabo de dar cuenta que no es así, y eres demasiado perfecta como para andar con alguien que no esté única y exclusivamente enamorado de ti.

—¿Es Elena?

La pregunta agarró en curva a Alejandro. Nunca habría podido adivinar que ella tan siquiera lo sospechara.

—Eh… sí pero…

Alejandro nunca terminaría la frase; Ana le dio un soberano puñetazo en su recientemente lastimada nariz. No fue un golpe de niña; fue un golpe bien puesto, recargando todo el peso de su cuerpo en el mismo, el puño bien cerrado, el pulgar en el lugar correcto para no lastimarse la mano. Además perfectamente acomodado, que si hubiera sido un poco (poquito) más fuerte, ahora sí habría roto la nariz de su recién ex novio.

—¡Eres un pendejo!— declaró Ana mientras salía hecha la chingada del carro para dirigirse a la puerta de su casa, mientras Alejandro trataba de detener el flujo de sangre que, de nuevo en menos de veinticuatro horas, brotaba de su nariz.

Unos segundos después, Ernesto entraba a ocupar el lugar del copiloto y Érika al asiento trasero.

—¿Total que siempre que la veas te va a golpear la nariz?— preguntó, riendo, Ernesto.

Alejandro lo hubiera mandado a chingar a su madre, pero estaba demasiado adolorido.

—Ten Alex— le dijo Érika extendiendo un pañuelo.

—Gracias— dijo Alejandro haciendo presión con el mismo sobre su cara.

—Voy a hacer una suposición aventurada— dijo Ernesto —, y afirmar que de hecho terminaste con ella.

—Te pasas— le dijo, femeninamente solidaria, Érika.

—¿Te gustaría que Ernesto anduviera contigo si estuviera enamorado de alguien más?— preguntó, malhumorado, Alejandro.

—Por supuesto que sí— dijo sonriendo Érika, y acariciándole el pelo a su novio —, ¿si no cómo le haría la vida imposible en venganza?

Alejandro consideró eso durante medio segundo, pero después encendió el carro con su mano derecha, mientras sostenía el pañuelo con la izquierda.

—Voy a hacer otra suposición aventurada— dijo, divertido, Ernesto —, y afirmar que nos dirigimos a donde sea que se encuentre Elena.

—Andas cabrón hoy con tus suposiciones aventuradas— contestó Alejandro encaminando el carro a Ciudad Universitaria.

Aceleró el carro cuando llegaron a Insurgentes, pasando rápidamente varias estaciones del MetroBús. Sentía una euforía como no recordaba ninguna, y sólo quería llegar a decirle a Elena lo que sentía. Una parte de su ser se sentía de la chingada respecto a Ana; pero lidiaría con eso en otra ocasión. Tenía cosas más importantes que hacer; no podía faltar mucho para que amaneciera.

Elena mientras tanto seguía esperando pacientemente en la parada del PumaBús de la Torre de Rectoría. Un par de veces pasó una patrullita de Auxilio UNAM, y la tercera uno de los guardias se bajó y le preguntó que si estaba bien, que si podían ayudarla con algo.

—No, estoy bien. Sólo estoy esperando a alguien— contestó sonriendo Elena.

Nada más el carrito desapareció en una curva, la sonrisa se le borró a la muchacha. El hueco en el estómago ya no desaparecía por más que respirara profundo y se dijera que tuviera fe y paciencia. ¿Qué haría si Alejandro no la elegía a ella? ¿Cómo podría continuar viéndolo sabiendo que otra vieja se lo cogía y era a la que besaba y decía que quería?

Le dieron ganas de llorar. De nuevo. Elena sabía que era bien chillona, pero incluso para ella le parecía que ya era demasiado para una sola noche.

Su celular sonando la sacó de sus elucubraciones. Seguía abrazando sus rodillas, y no tenía la menor gana de moverse por el frío y lo entumida que estaba, pero hizo un esfuerzo y sacó su teléfono. Era Mayra.

—¿Qué onda?— contestó.

—Hola; ¿qué pasó? ¿Sigues en Rectoría?

—Sí.

—No manches. ¿Y no llega?

—No, pero va a llegar— dijo Elena haciendo uso de toda la fuerza de voluntad que le quedaba —. Vas a ver que va a llegar. ¿Tú donde estás?

—En casa de los hermanos.

—¿Se te hizo tu pene doble?

—No; Enrique resultó ser sinceramente fiel a la ausente novia. Pero Juanito me convenció de que me acostara con él.

—¿Por qué me parece que no tuvo que hacer mucha labor de convencimiento?— preguntó Elena riendo. Le daba mucho gusto que le hubiera llamado Mayra.

—Pues algo; no soy tan fácil como pudieras creer.

—Reina; no me llevabas conociendo ni quince minutos y ya te estabas dando de besos conmigo.

—…

—¿Mayra?

—Bueno, a lo mejor sí soy tan fácil como crees.

Las dos muchachas rieron.

—No por quererte recordar malas experiencias— dijo Elena —, pero yo que tú dejaba claro con Juanito si van a ser novios o es únicamente un acostón. Digo, a menos que sólo quieras un acostón.

—No lo sé; me está gustando. Tengo que pensarlo. Pero bueno, sólo quería saber cómo estabas; voy a volver con él, estoy en el baño.

—¿Segundo round?

—¿Qué pasó? ¿Cómo que segundo round? Ya vamos por el cuarto.

—¡Órale, quien viera al Juanito!

—Reina; no es el león, es el domador.

Volvieron a reír. A Elena le dio gusto saber que, pasara lo que pasara con Alejandro, había encontrado una nueva amiga.

—Ya me voy— dijo Mayra —; mucha suerte, espero que sí llegue.

—Va a llegar, no te preocupes. Pero muchas gracias.

Elena colgó su celular. Miró el cielo, que parecía haberse puesto más negro todavía. Se preguntó cuanto faltaría para que amaneciera; ese era el límite que le había dado a Alejandro. Pensó que si él elegía a la Loba, debía intentar seguir siendo su amiga; estar cerca de él. No porque fuera a intentar bajárselo (que por supuesto lo iba a intentar), sino porque de verdad creía que debían seguir siendo amigos. Aunque le doliera en el alma verlo con alguien más.

Mientras tanto Alejandro atravesó el Eje 10 y divisó el Estadio Olímpico Universitario. Se metió por el retorno que pasaba debajo de Insurgentes y salió unos cuarenta metros adelante de donde estaba Elena, que ni volteó a ver porque creyó que era otra vez la patrullita de Auxilio UNAM.

Alejandro estacionó el carro y lo apagó. Mirándose en el espejo retrovisor, se limpió de sangre la nariz lo mejor que pudo, y volteando a ver a Érika le preguntó:

—¿Qué tal?

—Te ves muy guapo— le dijo Érika sonriendo.

—Tampoco es para que te burles; estoy desveladísimo, despeinado, y con la nariz y los ojos hinchados.

—Ay Alex; un día les tengo que explicar a ti y a tu amigo varias cosas, porque los hombres son rete pendejos. Pero confía en mí: te ves muy guapo. Hay una razón por la que los hombres no se enchinan las pestañas ni se ponen lápiz labial, y es que a las mujeres no nos gustan los hombres bonitos; nos gustan guapos. Habrá veces que estés sucio y sudando, y serán las ocasiones en que Elena más apetecible te va a encontrar. Así que ve por ella, pobrecita, que se debe estar muriendo de frío.

Alejandro bajó del carro y caminó hacia la parada del PumaBús. El corazón le latía rapidísimo, y notó que, a pesar del frío, las manos le estaban sudando. Se pasó las manos por el cabello, tratando infructuosamente de peinarlo.

Elena mientras tanto estaba usando las pocas fuerzas que le quedaban para evitar llorar. Pero entonces escuchó pasos, y volteando hacia la calle vio aparecer a Alejandro, con la cara definitivamente golpeada.

—¿Qué te pasó?— preguntó preocupada.

—Me golpearon en la nariz— dijo Alejandro acercándose a donde ella seguía abrazando sus rodillas.

—¿Quién te pegó en la nariz?

—La Loba— le dijo Alejandro, poniéndose en cuclillas en frente de ella.

Alejandro se aclaró la garganta. Quería que le saliera bien lo que tenía que decir.

—Nunca me vas a perder. Hasta el día que me muera, me vas a tener como uno de tus amigos más cercanos. No sé qué nos depare el futuro; no sé si acabaré casado contigo, y terminarás siendo la madre de mis hijos, o si en dos semanas te aburrirás de mí y me mandarás al carajo. O si en unos meses tendrás uno de tus mundialmente famosos ataques de histeria, y yo en pánico saldré huyendo. O si cuando entremos a la universidad tendremos yo otras novias y tú otros novios, y ya nunca volvamos a besarnos y a coger. O si tal vez tendremos otras parejas, pero eventualmente regresemos el uno al otro, para que podamos pasar el resto de nuestros días besándonos y cogiendo, mientras mi cuerpo me lo permita.

—Ya hay Viagra— dijo Elena riendo y, como era previsible, llorando sin poder detenerse. Había comenzado a hacerlo desde que él empezó a hablar.

—Mientras mi cuerpo y la ciencia moderna me lo permitan— continuó Alejandro —. No sé qué vaya a pasar. Lo que sé es que en todos y cada uno de esos escenarios yo seguiré siendo tu amigo, si me lo permites, y que siempre iré a tu lado si tú me llamas. Me podrás hacer cuanta chingadera seas capaz de hacer (y créeme; sé que eres capaz de muchas chingaderas), y a lo mejor me encabronaré y te mandaré al carajo un par de semanas, de meses o de años. Pero eventualmente siempre te perdonaré, y volveré a ser tu amigo. Porque te equivocas Elena; no sólo eres especial por haberme quitado mi virginidad. Eres la persona más especial que yo conozco. Y nunca me vas a perder.

Y casualmente eso sí lo cumplió.

—Sí te acordabas de la vez en Cuiculco— dijo Elena limpiándose inútilmente las lágrimas de los ojos, porque más y más salían.

—No, no me acordaba; me acordé hasta hace una hora, con un toque de mota.

Alejandro la tomó por los brazos y la hizo levantarse. La abrazó completamente; los brazos de ella quedaron entre los dos cuerpos. Elena era tan delgadita que Alejandro podía casi tocarse los bíceps al abrazarla.

—Elena— continuó, su cara a unos cuantos centímetros de la de ella —: te amo.

Un par de segundos pasaron en silencio, mientras los dos muchachos se veían. Y entonces Alejandro agregó, sonando un poco más apresurado de lo que le hubiera gustado:

—¿Quieres ser mi novia?

Elena seguía llorando. A pesar de que él había dicho exactamente lo que necesitaba oír, no pudo evitar volver a sentir el pánico que siempre le había dado andar con Alejandro.

—¿Estás seguro?— preguntó ella, la voz entrecortada.

—Segurísimo.

—A lo mejor si te disculpas la Loba te aceptaría de nuevo…

—No me interesa.

—…ella es más bonita…

—Tú eres más atractiva.

—…y más simpática…

—Tú eres más divertida.

—…y definitivamente está menos loca…

—Lo dices como si eso fuera algo bueno.

—Todavía estás a tiempo de cambiarme por alguien menos inestable y voluble.

—Mi amor, no estoy interesado en lo más mínimo en cambiarte. Por nadie.

Alejandro la apretó un poco más entre sus brazos, y sintió como ella temblaba, de frío y de tenerlo tan cerca.

—¿Quieres ser mi novia?

Elena cerró los ojos y trató de besarlo, pero Alejandro echó la cabeza hacia atrás.

—No, ni madres— dijo —; contéstame bien: ¿quieres ser mi novia?

—Sí— contestó Elena, sorprendentemente seria, pero con la sonrisa que él adoraba, y los ojos más brillantes que nunca —. Sí quiero ser tu novia.

Y por fin se besaron siendo novios.

La Noche del Alacrán: 18

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La Noche del Alacrán escrita por Canek Peláez Valdés se distribuye bajo la licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-No Derivadas 2.5 Mexico.

18

Mayra y Elena se quedaron donde estaban, la segunda esperando con una sonrisa.

—Te ves muy segura— le dijo Mayra.

—Lo estoy.

—¿Qué vas a hacer?

—Sólo tengo que hablar unos minutos con Alejandro.

—¿Enfrente de su nueva novia?

—Ya veré cómo hacerle para tenerlo para mí sola unos momentos.

—¿Y qué le vas a decir?

—Lo necesario.

Mayra lo consideró un segundo sonriendo, pero decidió no seguir preguntando al respecto.

—¿Entonces me vas a dejar para que lidie yo solita con los dos hermanos?— preguntó en su lugar.

—Bueno— le dijo Elena riendo —, Enrique sonaba como que quería hacerle al fiel.

—Me puedo conformar con Juan; a estas alturas la verdad me cogería lo que fuera.

—¿Yo incluida?

—No, lo siento; necesito un pene. Aunque dos no me vendrían mal.

Las dos muchachas se rieron.

No lejos de ahí, Érika y Ernesto llegaron a donde Alejandro seguía besándose con Ana. Nada más vio que Alejandro lo había notado, Ernesto le dio las llaves; no sabía qué era lo que iba a ocurrir cuando Elena hiciera su desmadrito, pero no quería que ocurriera cuando él todavía tuviera las llaves de su amigo.

—¿Cómo es que tardaron tan poquito?— preguntó Alejandro extrañado.

—No había tráfico— dijo Ernesto. Técnicamente además era verdad.

Sólo que Alejandro no escuchó su respuesta; estaba volteando a varios lados, y se veía preocupado.

—¿Qué pasa?— preguntó Ana.

—¿Dónde está el carro?— le preguntó Alejandro a Ernesto, y en cuanto se lo señaló y Alejandro lo encontró con la mirada, comenzó a caminar rápido hacia él.

—Síganme; nos vamos— dijo Alejandro, tenso.

—¿Por qué?— preguntó Érika.

—No veo la camioneta del OjoCaido— dijo Alejandro.

—¿Y?— preguntó Ernesto.

—Significa que viene la policía, y si más gente se da cuenta esto se va a convertir en una estampida.

Ernesto iba a decir algo, cuando se escuchó un grito a la distancia “¡ahí viene la tira!” Como si hubieran gritado “¡arranquen!”, comenzó una estampida de chavos hacia los carros, y otros sencillamente lejos del lote baldío. Por suerte Alejandro y los demás habían llegado al carro al momento del grito, y pudieron entrar antes de que la gente comenzara a correr por todos lados.

Los siguientes minutos fueron una tortura para Alejandro, que movía el carro con el mayor cuidado posible, evitando a la banda alebrestada y a los otros carros; cada diez metros veían dos carros que habían chocado al intentar salir. De puro milagro Alejandro consiguió sacar el carro del lote, y en cuanto vio que tenía la calle libre aceleró todo lo que pudo. Todavía escucharon el ruido de sirenas; pero ya estaban lejos en ese momento.

Dentro del carro, Érika le susurró a Ernesto:

—¿Qué hay de Elena?

—Esperemos que haya salido de ahí; ahorita ya no hay nada que podamos hacer.

Elena y Mayra oyeron el grito de advertencia de que venía la policía, y Elena se pasmó unos segundos, sin saber qué hacer. Mayra la tomó de la mano e hizo que corrieran hacia la entrada del lote, junto con una multitud de chavos y chavas que iban a pie o habían dejado su carro fuera.

Las dos muchachas iban corriendo, cuando alguien les tocó el claxón; cuando voltearon vieron que eran Juan y Enrique, que habían sido de los primeros en notar que el OjoCaido había levantado el changarro, y ya estaban fuera al momento del grito de advertencia. Las muchachas entraron corriendo al carro, y Enrique aceleró tratando de evitar a los muchachos que corrían por todas direcciones.

Cuando el latir de su corazón se hubo calmado un poco, Elena sacó su celular y le preguntó a Mayra:

—¿Tienes el número de Érika?

—Sí, ¿para qué?

—Necesito localizar a Alejandro para ir a hablar con él.

Mayra sacó su celular y rápidamente le pasó el número de Érika. Justo en ese momento, Érika le dijo a Ernesto:

—Le voy a llamar a Elena; pásame su número.

Las dos muchachas se marcaron al mismo tiempo y, previsiblemente, ambas recibieron el tono de número ocupado.

—Suena ocupado— le dijo Érika a Ernesto y Elena a Mayra.

—Trata de nuevo— le dijo Ernesto a Érika y Mayra a Elena.

Las dos muchachas se volvieron a marcar al mismo tiempo, con el mismo resultado.

—A lo mejor está tratando de llamarte— dijo Ernesto.

—Tal vez te está marcando ella— dijo Mayra.

Las dos muchachas dejaron sus celulares en paz. A los dos minutos Elena y Érika dijeron:

—Voy a intentar de nuevo.

Una vez más recibieron el tono de ocupado. Elena tiró su celular al lado y se llevó las manos a los ojos.

—Necesito localizar a Alejandro.

—¿No puedes esperar a mañana?— preguntó Mayra.

—No puedo arriesgarme; si siguen juntos Ana y él durante más tiempo, es posible que cojan, y entonces las posibilidades de que lo que tengo que decirle haga efecto disminuyen considerablemente. Además de que no quiero que se acueste con ella, obviamente.

En el carro de Alejandro, Érika también había dejado de intentar marcar.

—¿A poco no estuvo divertido?— preguntó Ana a todos los ocupantes del vehículo, una enorme sonrisa en su cara.

—Si alguna vez nos invitas a algo que consideres emocionante— dijo Ernesto —, me voy a asegurar de poner la mayor posible distancia entre nosotros.

—¿Tienen hambre?— dijo Alejandro, cambiando el tema —. Yo me muero de hambre. ¿Por qué no vamos a los tacos de Periférico que siempre vamos?

Ernesto y Érika se miraron.

—OK— dijo Ernesto, y su novia se apresuró a mandarle un mensaje de celular a Elena diciéndolo a dónde iban.

En el carro de Enrique, Juan volteó a ver a Mayra y Elena.

—¿Qué onda chavas, quieren seguírsela con nostros en nuestra casa?

Justo en ese momento el celular de Elena comenzó a hacer ruido; ella lo tomó y leyó el mensaje de Érika.

—Están en los tacos de Periférico— le dijo a Mayra, y luego miró a Juan que todavía las veía, y a Enrique por el retrovisor —. Chavos; sé que se han portado bien lindos, pero tengo un favor más que pedirles.

—¿Qué pasó?— preguntó Enrique.

—Necesito que me den un aventón a unos tacos que están cerca de Periférico e Insurgentes. Y que me esperen ahí unos minutos, y después me lleven a la Torre de Rectoría.

Enrique y Juan se miraron.

—¿Vas a ver a tu pendejo?— preguntó Enrique.

—Sí.

—¿Y después para qué vas a ir a Rectoría?

—A esperar.

—¿Qué?

—Que mi pendejo decida que quiere estar conmigo en lugar de la Loba.

—¿Y crees que hacer eso es algo inteligente?

—Será la primera cosa inteligente que haga en toda la noche— dijo Elena, decidida.

—OK— dijo Enrique después de pensarlo un par de segundos.

—¡Gracias!— dijo Elena —, en agradecimiento voy a convencer a Mayra de que les pague por mí en cuerpomático.

—¡Oye!— le reclamó riendo Mayra.

—¿No que querías dos penes?— le preguntó susurrando Elena, divertida.

—Pues sí, pero ten más decoro.

—¿Cómo llego a esos tacos?— preguntó Enrique.

Elena le explicó el camino. Mientras tanto, Alejandro y Ana comían tacos alegremente, mientras Ernesto y Érika, que habían pedido de nuevo dos tacos cada uno, los miraban en silencio. Empezaban a sentirse cansados, y cada uno comenzaba a pensar que ya querían estar solos y coger, y dejar de andar presenciando los dramas de otros güeyes.

El teléfono de Érika sonó, y lo contestó.

—¿Bueno?

—Qué onda, soy Elena; acabo de llegar a los tacos.

—Ajá.

—¿Le podrías pedir a tu novio que le diga a Alejandro que tiene que hablar con él a solas, y que lo lleve atrás de los puestos?

—¿Para?

—Sólo para que la Loba no vea que hablo con él.

—Sale.

Érika colgó y Alejandro le preguntó que quién había sido.

—Mis papás— mintió Érika, sin mucho entusiasmo; después le dijo a Ernesto susurrando lo que Elena le había pedido. Ernesto suspiró.

—Alejandro— dijo —, ¿puedo hablar contigo un segundo a solas?

En el coche de Enrique Elena terminó de hablar con Érika y le dijo a los demás pasajeros:

—No me tardo nada; espérenme aquí.

La muchacha se bajó del carro y se dirigió a la parte detrás de los puestos de tacos. Mientras tanto Ernesto había llevado ahí a un extrañado Alejandro, siguiendo las instrucciones de Elena.

—¿Qué pasó?— preguntó Alejandro, algo preocupado.

—Mira ka… sólo quiero dejar claro que yo intenté evitar que esto ocurriera, pero la verdad ni sé qué tan deseable eso sería. Así que sólo te voy a decir suerte.

—¿Perdón?

—Mira atrás de ti.

Alejandro se dio la media vuelta, y se encontró con Elena parada frente a él, muy guapa con su sonrisa y el extraño brillo que salía de sus ojos.

—Hola mi rey— le dijo, sin dejar de sonreír.

Cuando Ernesto y Érika se la llevaban del Alacrán, con la intención de irla a dejar a su casa, Elena recordó una vez que ella había llamado a Alejandro y le había preguntado si sus papás iban a estar en la tarde en su casa. Él le dijo que no, y ella le avisó (no le preguntó su opinión al respecto) que le caía ahí algo más tarde.

Ella llegó y cogieron, de forma particularmente rica, y después se quedaron desnudos en la cama de él, abrazados, platicando de la escuela, de sus familias, de lo que les había pasado en los días que no habían hablado. Riendo la mayor parte del tiempo.

Elena entonces se acodó y lo miró como ella solía mirarlo, como si pudiera leer en sus ojos aspectos de su vida que él mismo no conocía o entendía, y sonriendo le dio un beso tierno en la boca.

—Ya me voy antes de que tus papás lleguen y tenga que salir por la ventana— le dijo.

—Quédate— dijo él.

—¿Cómo me voy a quedar?— preguntó ella riendo —; tus papás ya no deben de tardar.

—Te los presento. Les digo que eres mi novia.

Elena sonrió, pero su mirada se entristeció sutilmente.

—No me quieres de novia, mi rey.

Elena se levantó de la cama y comenzó a vestirse con calma. Tenía algo de ganas de llorar; una parte suya le gritaba que se quedara, que se hiciera novia de él, que esta vez no sería como las otras, que podría controlarse y evitar lastimarlo, que esta vez no iba a perder a su mejor amigo. Pero la parte racional de su cerebro ganó la batalla, y le dijo que no, que con otros había sido doloroso perderlos; pero que no podría soportar perderlo a él.

—Te equivocas— le dijo Alejandro —; sí te quiero de novia.

—Rey…

—¿Tengo algo mal? ¿Qué es lo que tengo que te impide estar conmigo? Dime qué tengo que hacer para que…

Elena le puso tres dedos de su mano en la boca y lo cayó. Le dio un beso.

—Ya me voy, ¿sí? Te llamo luego.

Elena salió de ahí, comenzando a llorar en cuanto bajaba las escaleras de la casa, y no dejó de hacerlo hasta que se logró dormir en la noche. Tres días después conoció al que sería su novio hasta unos días antes de la Noche del Alacrán; pero Alejandro no se entería hasta casi dos meses después, porque no volvieron a hablar en todo ese tiempo.

Le caía muy bien el muchacho que se la ligó de forma básicamente accidental, y ella se esforzó hasta lo imposible por ahora sí tener una relación que funcionara y que fuera sana. Y al mismo tiempo Alejandro pareció entender que ella sólo quería ser su amiga, y todo fue miel sobre hojuelas. Exceptuando el bizarro incidente cuando Alejandro se puso moto, y después nunca más recordó lo que le había dicho ese día en Cuiculco. Pero exceptuando ese raro episodio, todo estuvo bien entre ella, su novio y Alejandro.

Hasta la ocasión en que ella estalló (como siempre lo hacía), y su confundido novio le había dicho que mejor hasta ahí llegaban. Sin ni siquiera pensarlo Elena llamó a Alejandro, sin saber que ese día Ernesto había raptado el coche de su papá.

Tenía muchísimas ganas de estar con él; de platicar con él; de cogérselo. Y para su sorpresa Alejandro resultó demasiado noble como para incluso hacer eso. Una vez que Alejandro se fue, Elena le llamó a su novio y le rogó que volvieran, que lo sentía, que no volvería a pasar, que había sido cosa de una vez. Que la aceptara de nuevo, por favor, porque si no ella se lanzaría a los brazos de Alejandro y entonces eventualmente lo perdería.

Bueno, eso no se lo dijo; pero lo pensó.

Unas semanas antes de la Noche del Alacrán Elena llegó al punto al que siempre llegaba cuando sus novios le sobrevivían la primera o segunda explosión histérica; se aburrió. Trató de esforzarse por estar bien con él, trató de compensar el tedio con sexo, trató de verlo menos seguido para apreciarlo más…

Y nada funcionó; el guapo muchacho con el que antes había logrado conseguir un equilibro emocional ahora sencillamente la aburría. Tal vez incluso así hubiera podido seguir andando con él; pero cuando nada más pudo pensar en Alejandro cuando ella y su novio cogían, decidió que no era justo para él, y lo terminó de forma implacable: sin discusiones, sin ultimátums. Ahí terminaban y punto.

Estuvo a punto de llamarle a Alejandro, pero se contuvo. Si no él otra vez querría andar con ella; estaba segura. Y ella no podía permitirse eso, porque eventualmente causaría que lo perdiera. Para siempre.

Todo eso Elena lo recordó en unos segundos mientras Érika y Ernesto la llevaban a su casa en el coche de Alejandro, y en ese instante algo ocurrió en su cerebro; especialmente al recordar el incidente en Cuiculco. Ahí supo lo que tenía que decirle a Alejandro si quería al menos una esperanza de que él quisiera volver a andar con ella. Y también entendió lo que él tenía que hacer, si estaba dispuesto, para aplacar todos los miedos que ella siempre había tenido, y por los que se había negado a andar con él. Y ahí también decidió que estaría en manos de él decidir si seguir con la Loba o no; ella no haría nada para arruinarle esa relación si él no la escogía a ella.

Pero la iba a escoger a ella, estaba segura. Estaba tan segura, de hecho, que todo cayó en su lugar en ese momento; supo qué tenía que hacer, y cómo tenía que hacerlo. Y lo hubiera hecho en el Alacrán, si no fuera por la estampida que se dio cuando avisaron que llegaba la tira; y es lo que se propuso hacer cuando Alejandro volteó a mirarla y ella le dijo:

—Hola mi rey.

Alejandro se quedó sin habla durante varios segundos. No sólo porque él creía que Elena se encontraba ya segura en su casa, sino porque se veía guapísima; más guapa de lo que él recordaba haberla visto. Y en comparación con cómo la había visto cuando la puso en su carro en el Alacrán, despampanante.

—¿No estabas en tu casa?— preguntó al fin.

—No; eso fue un ingenioso engaño que hicimos entre Ernesto, Érika y yo. Pero yo casi les hice mano de cochino para que aceptaran participar en él; no te enojes con ellos si esto al final sale mal…

—¿“Esto”?

—No me interrumpas, porque lo que voy a decirte es importante. En la casa del Cacotas la chava en el baño que andaba mal era yo; no sé quién hayas creído tú que era.

—¿No era Mayra?

—No, no era Mayra; y no me interrumpas. Y además eres un pendejo por cómo trataste a esa chava; te perdiste de una persona que es maravillosa…

—Pero…

—Que no me interrumpas. En la casa del Cacotas estaba mal porque tomé mucho y fumé mucha mota…

—A ti no te gusta la mota…

—Que no me interrumpas. Quería ponerme peda. O mota. O ambas.

—¿Por qué?

—No me interrumpas, te digo. Porque te había visto con Ana, y hasta nada más con dos dedos de frente es fácil ver que es una chava increíble; bonita, simpática, inteligente, y además que le gustas y quiere estar contigo.

—¿Y por eso te pusiste mal?

—No, tarado; me puse mal porque me puse celosa. Y no me interrumpas.

Alejandro recordó cómo Elena se había puesto celosa también de Mayra, y supuso que sería algo del estilo. Como si adivinara lo que pensaba, Elena añadió:

—Esto no es como cuando me puse celosa de Mayra. Cierto, me pondré celosa toda la vida de cualquier chava con la que andes; pero Angélica y Mayra realmente no eran amenazas. Con Mayra me puse todavía más celosa porque te complacía en algo que siento es “de mi propiedad”; el sexo. Porque yo te desvirgué. Pero realmente a ninguna de ellas las veía como amenazas.

—¿Amenazas?

—Que no me interrumpas, chingao. Quiero andar contigo; siempre he querido andar contigo, pero siempre me ha ganado el miedo de hacer la misma bola de pendejadas que siempre hago con mis novios, y lastimarte de tal forma que tú ya nunca más quieras saber de mí…

—Pero si has tenido sólo como tres novios, y el que tuviste en secundaria no puede contar; eran niños…

—No me interrumpas, carajo. Racional o no, tengo un miedo horrible de perderte; de que ya no quieres verme, o hablarme. Y en menor medida de que no quieras coger ya conmigo.

Elena dio un pequeño paso, acercándose a Alejandro.

—Sé que esto es increíblemente injusto, que me de cuenta de que estoy dispuesta a tragarme todos esos miedos y andar contigo, cuando tú acabas de encontrar alguien que realmente te gusta, pero creo que necesitaba sentirme realmente amenazada para notarlo. Eso y tronar con mi novio; terminamos hace unos días.

—¿Qué…?

—Pues, carajo, ¿qué parte de “no interrumpas” no entiendes?

Elena dio otro pasito, quedando ya muy cerca de Alejandro. Como era más chaparrita que él, lo tenía que ver alzando bastante la cabeza.

—También sería bastante idiota de tu parte que dejaras a la Loba y anduvieras conmigo, tomando en cuenta que ella es mucho más bonita que yo, más simpática, y definitivamente menos lorenza. En particular menos lorenza; cualquier gente racional te diría que te mantuvieras alejado de mí.

Alejandro había abierto la boca, pero no pudo decir nada… lo cual fue bueno, porque Elena sólo lo hubiera vuelto a callar.

—Pero es lo que te voy a pedir— dijo ella —; que la dejes y andes conmigo. Y no te voy a rogar, ni a gritar, ni a dar ninguna razón lógica de por qué deberías hacerlo… en gran medida porque no existe ninguna razón lógica de por qué debieras hacerlo. Así que sólo te voy a decir algo, y te voy a dar tiempo para que lo pienses. Después de que te diga lo que realmente te vine aquí a decir, voy a ir a la parada del PumaBús en la Torre de Rectoría, y voy a esperarte ahí. Si para cuando salga el sol no has llegado entenderé que la elegiste a ella, y estará bien. Seguiré siendo tu amiga, si estás de acuerdo; lo que más me importa es no perderte. Y la Loba ni siquiera tendrá que enterarse de todo esto, si tú no deseas decírselo (que te aconsejaría no hacerlo, por cierto). Pero si antes de salir el sol te decides, contra toda lógica y razón, por andar conmigo, te estaré esperando ahí. ¿Entiendes?

—¿Qué es lo que veniste aquí a decirme?

—¿Entiendes lo que te dije?

—Sí; ¿qué es lo que veniste aquí a decirme?

—A ver, ¿dónde voy a estar?

—En la parada del PumaBús de la Torre de Rectoría; ¿qué es lo que veniste aquí a decirme?

—¿Y hasta qué hora te voy a esperar?

—Hasta que salga el sol; ¿qué es lo que veniste aquí a decirme?

Elena se puso de puntitas y le pasó los brazos alrededor del cuello.

—Solamente que te amo.

Y lo besó. Y no fue para nada como los besos fraternales que solía darle; fue un beso húmedo, largo y sensual en el que ella hizo todo lo que pudo por transmitirle exactamente lo que sentía por él. No sólo la atracción física y la química sexual: fueron las largas conversaciones; el comprender cómo pensaba y cómo se sentía, a veces incluso antes de que él mismo lo supiera; el sentido del humor y los gustos comunes… todo. Elena puso todo lo que su relación con Alejandro significaba para ella en ese beso. Y luego lo soltó.

—Y el beso además es para que el último que me dieras no fuera justo después de que hubiera vomitado— dijo sonriendo, los ojos aún más brillantes.

Y se fue, camino del carro de Enrique, al cual se subió comenzando a sentir un hueco en el estómago, de terror de que Alejandro no la eligiera a ella. Pero se tranquilizó a sí misma diciendo: “va a llegar, no te preocupes”.

—¿Todo bien?— preguntó Mayra, mientras Enrique encendía el carro.

—Vamos a ver— dijo Elena —; ahora sólo tengo que esperar.

—¿En la Torre de Rectoría?— preguntó Enrique —, ¿de madrugada?

—Está iluminado y siempre andan dando rondines las patrullitas de la UNAM; voy a estar bien.

—Es una locura— dijo Enrique meneando la cabeza.

—Viejo— dijo Elena, toda sonrisa —; ¿aún no te das cuenta de que estoy loca?

Alejandro se quedó dos minutos completitos donde Elena lo había dejado. Como un absoluto pendejo.

Cuando por fin se movió, fue en automático; se reunió de nuevo con Ana, Ernesto y Érika, y terminó sus tacos. Ernesto le había dicho a Ana que Alejandro se había quedado a orinar en la calle; no era el mejor de los pretextos, pero ya estaba hasta la madre de andarse inventando historias.

—¿Estás bien?— le preguntó Ana a Alejandro —. Te ves raro.

—Estoy bien— mintió Alejandro —; sólo me dio el cansancio de pronto.

—Ya ahorita me dejas en mi casa y te vas a dormir, ¿va?

Y la muchacha lo besó; toda ella bonita, toda ella simpática, toda ella dulce y cariñosa. Sus cualidades eran tantas y tan obvias… y sin duda alguna también carecía de los defectos más profundos de Elena; el comportamiento errático, los estallidos histéricos (que aunque en general no se los había lanzado a él sí le había tocado presenciar uno que otro), el drama con todo, que lloraba porque volaba la mosca…

Y sin embargo…

—Sí— dijo Alejandro —, deja pago y nos vamos, ¿no?

Ernesto y Érika presenciaban todo, ligeramente interesados, pero más que nada medio hartos y cansados. Tan cansados, que Ernesto ya ni siquiera quería coger; sólo quería dormir. Entrepiernado con su novia, eso sí.

Alejandro pagó los tacos y le dijo a todos:

—Vámonos.

El inicio del fin

Hoy fue el último seminario del curso al que vine a Barcelona. Ya van varios “últimos”; el fin de mi viaje se aproxima.

Claro que después de que acabe el curso yo tomaré unos días para pasear por un par de ciudades europeas, pero de cualquier forma hoy de alguna manera fue como que el inicio del fin.

Que realmente no es tan malo; tengo ganas de ir a México y ver de nuevo a mis amigos y mi familia.

La Noche del Alacrán: 17

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La Noche del Alacrán escrita por Canek Peláez Valdés se distribuye bajo la licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-No Derivadas 2.5 Mexico.

17

Alejandro vio cómo se iba Ernesto con su carro y con Elena, y se dirigió a donde lo esperaba Ana. Lo que Elena le había dicho de la elección de carrera lo había sacado mucho de onda; era un tema que lo había estado preocupando durante meses, y Elena se lo había desembrollado en menos de un minuto. Además había estado enojado con todo mundo porque sentía que lo chingaban incansablemente con que ya eligiera, y no se había percatado de que Elena era la única que jamás le había mencionado el tema. Como si fuera la única que había entendido que no quería hablar de eso.

También lo que le dijo de Ana lo sacó mucho de onda. Sólo no estaba seguro de por qué. Dejó de pensar en todo eso cuando vio a su novia sonriéndole cuando notó que se acercaba. Ella había estado platicando con sus cuates que habían ido al Alacrán, pero en cuanto lo vio se separó de ellos y fue a su encuentro.

—¿Qué pasó?— le preguntó abrazándolo.

—¿Te acuerdas de mi amiga Elena? Resulta que llegó aquí también, pero se puso mal del estómago y le presté el carro a Ernesto para que la llevara a su casa.

—Ah; ¿por qué no fuimos nosotros también?

—Elena no quiso; dijo que era nuestra primera noche juntos y que debíamos disfrutarla.

—Qué chida. Vamos a seguir su consejo.

Ana lo besó; Alejandro cerró los ojos y disfrutó el besar a una muchacha que le gustaba mucho, que le caía muy bien y con la que le gustaba pasar el tiempo. Pero no pudo evitar que, una parte de su cabeza, se preocupara de cómo estaría Elena.

Unos minutos después Elena se encontraba bien, de cierta manera. Para ese momento se estaba (literalmente) atascando cuatro tacos de suadero y tres de pastor, con mucha salsa y harto pasto; pa’ la flora y fauna intestinal.

Érika y Ernesto, que habían pedido un par de tacos cada uno y ya los habían terminado, la veían sin poder creer que una chava tan delgadita pudiera comer tanto. Y de forma tan atascada además; la muchacha parecía estar disfrutando los tacos de una manera casi lasciva.

—Puta madre me moría de hambre— dijo, entre una mordida de alguno de sus tacos y un trago de su segundo refresco.

—¿No te hará daño comer así después de tener el estómago vacío?— preguntó Érika.

—Viejo, entre mis múltiples cualidades— dijo Elena entre dos mordidas —, está que puedo comer hasta piedras— terminó uno de sus tacos y comenzó a echarle limón al siguiente —. A Alejandro le encanta que podemos comer hasta los tacos que venden afuera del metro General Canalla.

Los tacos parecían haberle dado nueva vida; todavía se veía de la chingada, pero había dejado de llorar y se le notaba llena de energía. Con dos poco elegantes mordidas terminó su último taco, se acabó lo que quedaba de su refresco, eructó impresionantemente, y se dirigió tranquilamente al carro de Alejandro, dejando que Ernesto (maldiciendo entre dientes) pagara.

Camino al carro Elena compró una botella de litro y medio de agua, y (después de darle un trago que la decimó en una tercera parte) utilizó algo de la misma para medio lavarse las manos y la cara, y echarse algo en el pelo.

Cuando Érika y Ernesto regresaron al carro después de pagar, Elena le dijo a la primera:

—Viejo, dime por favor que tienes cepillo y rímel.

—Creo que sí— dijo Érika, comenzando a buscar en su bolso.

—Elena— dijo Ernesto —, ya estás mejor, tus papás ya no te van a matar; déjanos llevarte a tu casa.

—Nop— dijo Elena tomando el rímel y un espejo de mano de Érika y comenzando a enchinarse las pestañas con las uñas —; tengo que ir a recuperar a Alejandro.

—Alejandro se ve contento— dijo Ernesto, de repente más serio que de costumbre —, esta chava la gusta, y parece que él a ella también. Tú tuviste tu oportunidad y, cualesquiera que fueran tus razones, el punto es que siempre lo rechazaste. ¿De verdad te parece justo que le arruines esto sólo porque en este momento te das cuenta de que quieres andar con él?

—Viejo, te explicaría por qué no sólo es justo, sino necesario— le contestó Elena aplicándose el rímel —; pero eso implicaría perder tiempo, que me parece no tengo ya mucho, así que te lo pongo así: no me voy a bajar de este carro hasta que lleguemos al Alacrán, y tú tienes que regresarle el carro a Alejandro, así que mejor deja de estorbarme y llévanos de regreso. Además, si te sirve de consuelo, no voy a hacer nada que directamente afecte su relación con Ana; si él decide quedarse con ella, la Loba ni se va a enterar de que yo hice algo.

Ernesto pensó un par de segundos; no estaba seguro de si su lealtad como amigo de Alejandro implicaba el evitar que una reina potencialmente le arruinara su primera noche con su nueva novia. Érika le puso la mano en la pierna y le ayudó a sobrellevar el dilema:

—Vamos al Alacrán, mi vida— le dijo.

—¿Segura? Esta reina— dijo apuntando con un pulgar a Elena —está demente…

—Oh sí— agregó Elena desde el asiento trasero —, de eso que no les quede la menor duda.

—…¿de verdad crees que sea buena idea?

—Creo que sí— dijo Érika, aunque se notaba insegura.

—¿Por qué?

—Vamos a decir que intuición femenina.

Ernesto lanzó un pequeño gemido, pero decidió que de cualquier forma había que regresar al Alacrán, y que él ya había dicho su punto de vista. Al final de cuentas no era la pilmama de Alejandro ni de Elena.

—¿Qué es lo que planeas hacer?— le preguntó Érika a Elena pasándole el cepillo.

—Sólo necesito hablar diez minutos con Alejandro— contesó Elena, que comenzó a cepillar su cabello.

—Suenas muy segura— dijo Érika, impresionada de lo guapa que comenzaba a verse Elena, tan sólo con el rímel y la cepillada de pelo; especialmente considerando que sólo hacía unos minutos atrás se veía de la verga.

—Viejo— dijo Elena toda sonrisa, los ojos brillantes —; por supuesto que sueno segura.

Elena hizo un cuenco con sus manos y se las llevó a la cara, para oler su propio aliento.

—¿Alguien tiene chicles?— preguntó, haciendo un gesto —; huelo a taco de suadero, y aunque sí creo poder ligarme a Alejandro, creo que será más fácil si mi aliento no lo asesina.

Érika, que no podía creer el cambio que se había dado en Elena, le pasó uno de los chicles de Ernesto, que generalmente ella cargaba en su bolso. Su novio la miró feo, pero ella lo ignoró. Elena revisó su aspecto en el espejo de mano que Érika le había prestado, y frunció el ceño como si considerara algo.

—Bueno— dijo al fin—, creo que lo amerita. ¿Viejo, tienes lápiz labial?— le preguntó a Érika.

La muchacha le pasó su lápiz labial, que Elena comenzó a aplicar de forma hábil. Después se revisó una vez más en el espejo de mano, y al parecer por fin satisfecha miró a Érika y Ernesto.

—¿Qué tal?— preguntó.

Érika seguía sorprendida del cambio que se había producido en Elena, y Ernesto (mirándola por el espejo retrovisor) incluso levantó las cejas; se veía muy guapa. No era el rimel, ni el cabello cepillado, ni el lápiz labial (aunque sin duda ayudaban); era la sutil sonrisa en su boca, y el brillo de sus ojos. Ernesto creyó entender por qué Érika había estado de acuerdo en que regresaran al Alacrán.

—Estás muy guapa— le dijo Érika, sonriendo.

—Ahora van a ver— dijo confiada Elena, acomodándose en el asiento trasero— ¿conque llegó una Loba, no? Lo que no sabía es que aquí, aquí manda una Leona.

La Loba mientras tanto estaba recargada en el carro de uno de sus amigos, besándose sin prisas con Alejandro, deteniéndose de vez en cuando para comentar o preguntar algo. Si alguien le hubiera dicho que una chava venía en camino con el firme propósito de bajarle a su nuevo novio, probablemente se hubiera botado de la risa.

—No piensas madreártela ni nada así, ¿verdad?— le preguntó Érika a Elena, preocupada.

—¡Por supuesto que no!— contestó Elena riéndose —. Sólo necesito hablar con Alejandro.

—Qué bueno— agregó Ernesto —; porque es más alta que tú y, por lo que vi, buena para los deportes.

—¡Ja!— contestó Elena agitando una mano como si alejara una mosca molesta —; si quisiera, le partía su madre. Pero no quiero; no es su culpa.

—No me imagino una chava tan delgadita como tú partiéndole la madre a nadie— dijo Ernesto.

—Soy más fuerte de lo que parezco. Además, estamos hablando aquí de Alejandro. Le partiría su madre a ella y a diez como ella de ser necesario.

La imagen hizo sonreír a Ernesto, y comenzó a alegrarse de sí llevar de regreso a Elena. Además de que si se agarraban a madrazos Elena y Ana, sin duda sería divertido.

Como no se habían alejado mucho del Alacrán, regresaron rápidamente y Ernesto estacionó el carro algo alejado de dónde estaban Alejandro y Ana. Elena se bajó, dejando a Ernesto y Érika en el carro.

—¡Elena!— escuchó de repente que una voz de mujer le gritaba.

Volteó a mirar quién era, y vio con sorpresa que se trataba de Mayra; se había olvidado por completo de ella y de Enrique y Juan. Mayra se acercó conrriendo.

—Cuando regresé del baño Juan y su hermano me dijeron que te habías sentido mal y te fui a buscar, pero no te encontré. Y vi a Alejandro, pero vi que estaba con su nueva novia y no lo quise interrumpir. ¿Qué te pasó?; me habías preocupado.

—Me puse mal del estómago, pero ya estoy bien.

—¡Hola!— dijo llegando de repente Érika, corriendo a abrazar a su mejor amiga.

—¡Hola!— contestó Mayra.

Las dos muchachas se abrazaron.

—No sabía que se conocían— dijo Érika mirando de Mayra a Elena.

—¿Bromeas?— dijo Elena —; si ya hasta fajamos.

—¿Perdón?— preguntó Ernesto, interesado.

—Luego te platico— le dijo tranquilamente Mayra a Érika.

—Y tú me platicas a mí— le dijo Ernesto a Érika, todavía interesado.

—¿Cuándo te arreglaste?— le preguntó Mayra a Elena —; te ves muy guapa.

—Gracias; ahorita en el carro. Voy a recuperar a Alejandro— le dijo sonriendo.

—¿De verdad? Me imagino que ya sabes todo el chisme— le comentó Mayra a Érika.

—Más o menos; falta que alguien me explique qué quiso decir Elena con que fajaron.

—A varios nos interesaría oír dicha explicación— dijo Ernesto, aún interesado.

—Bueno— dijo Elena ignorándolo —; dejen voy a buscar a Alejandro y a la Loba.

—Espera— dijo Ernesto —; te acompaño para darle sus llaves.

Elena pensó un segundo.

—Mejor ve tú a darle las llaves; si me ve llegar contigo te va a reclamar de no haberme dejado en mi casa. Por lo mismo no le digas que no me dejaste ahí.

—Yo voy contigo— le dijo Érika a Ernesto, y luego a Mayra —; mañana te llamo: me tienes que contar todo el chisme.

—Mañana te platico— le dijo Mayra.

—Bueno— dijo Ernesto —, entonces vamos nosotros y tú nos alcanzas en unos cinco minutos.

Ernesto y Érika se alejaron, buscando a Alejandro.

Watchmen

No pudiendo resistir la marejada de noticias acerca de Watchmen, fui a verla (en inglés por supuesto) aquí en Barcelona. Arrastrando a varios cuates del curso en el proceso.

Se aplican las de siempre.

Watchmen

Watchmen

Voy a comenzar con algo que a lo mejor a varios les parece una herejía, pero que no me importa, así lo pienso: no soy un gran fan de Watchmen, la novela gráfica.

Creo que tardé mucho en leerla, y cuando al fin lo hice sencillamente era imposible que las expectativas que tenía para con ella se pudieran satisfacer. También, por supuesto, está el hecho de que la “revolución” en los cómics que en parte generó Watchmen yo la viví como algo normal al momento en que comencé a acercarme al género. Todos los límites que sin duda alguna la novela gráfica rebasó en sus días para mí son sencillamente algo que doy por hecho en cualquier cómic moderno.

Claro que puedo hacer el ejercicio mental y entender que hace veinticinco años Watchmen sin duda alguna rompió esquemas y cambió para siempre el mundo de los cómics. Pero también soy realista y me queda claro que ahora es sencillamente otra más entre muchas novelas gráficas del estilo. Y ni siquiera me queda claro que sea de las mejores; sólo estoy dispuesto a reconocer (porque es innegable) que fue de las primeras, si no la primerísima.

Así que fui al cine a ver la película básicamente sin muchas expectativas; tal vez por eso es que salí de ahí (tres horas después), completamente enamorado de la misma.

Creo que, como en su momento la novela gráfica revolucionó el mundo de los cómics, Watchmen (la película) revolucionará cómo se hacen las adaptaciones al cine del género de superhéroes. No sólo es tal vez la película de superhéroes mejor hecha hasta ahora; es capaz de ser emocionante, entretenida, e incluso divertida, a pesar de que se toma terriblemente en serio, como en su momento lo hizo la novela gráfica.

He leído muchas críticas negativas que se quejan de cómo la adaptación tan cercana al material original (al grado que parece ser reverencia) ahorcó la libertad de los actores para expresarse, o del manejo de cámara para varias escenas. Yo no concuerdo; es una adaptación de un cómic. No es Shakespeare; si la actuación apestara realmente no sería muy grave (no es eso lo importante en este tipo de películas). Además, las actuaciones son sorprendentemente buenas, especialmente Malin Åkerman y Billy Crudup. La primera en particular me sorprendió; dados sus antecendetes esperaba una chavita pendeja incapaz de actuar, pero su interpretación de Silk Spectre me pareció fabulosa. Crudup es maravilloso al momento de enunciar las líneas de Dr. Manhattan, que es animado por computadora toda la película.

Y respecto a la limitación de seguir al cómic casi cuadro por cuadro; se supone ese es el fuerte de los cómics: el aspecto visual. Lo único que creo el cine puede mejorar son las partes de acción, y Watchmen me parece que las mejora tanto como es posible. Algunos se quejarán de la violencia de algunas de esas escenas; ciertamente yo no.

La película además añade cosas que sencillamente no pueden incluirse en un cómic, como la música. La música de la película es maravillosa; es una selección de canciones que sencillamente habrá consenso de que son excelentes piezas musicales. Se puede discutir si su uso durante las escenas correspondientes en la película fue o no inteligente; yo creo que sí, porque me parece el director Zack Snyder estaba lanzando pequeñas bromas con la mayoría de las canciones usadas con ciertas escenas. O al menos eso espero; pocas películas pueden usar el Requiem de Mozart seriamente, y entonces quiero creer que el director la utilizó como un chiste. Ciertamente yo estaba botado de la risa.

Dicho todo lo anterior, debo hacer una última aclaración. Me queda perfectísimamente claro que esta no es una película para todo mundo. Un montón de gente no la va a soportar, otro tanto no la va a entender, y al parecer a muchos les resulta incómodo estar viendo tanto un pene azul balanceándose por la pantalla tanto tiempo.

Así que no puedo, en buena conciencia, recomendarle esta película a cualquiera. Pero si les gustan los cómics (especialmente los de superhéroes), vayan y véanla. Me parece que se enamorarán de ella también.

La Noche del Alacrán: 16

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La Noche del Alacrán escrita por Canek Peláez Valdés se distribuye bajo la licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-No Derivadas 2.5 Mexico.

16

Cuando Elena y los otros tres chavos que la acompañaban habían llegado al Alacrán, Enrique y Juan se ofrecieron a comprar chela y mota, y fueron a la camioneta del OjoCaido dejando solas a las chavas.

—Perdón por lo del beso— le dijo Mayra —, pero me pareció que sería divertido y no me pude resistir.

—No te preocupes. Y sí tenías razón; fue muy divertido.

Las muchachas se quedaron calladas un segundo que fue ligeramente incómodo. Pero entonces Elena no se pudo resistir y le preguntó a Mayra:

—¿Lo has hecho alguna vez con una chava?

—¿Que? ¿Coger?

—Sí.

—No. De hecho eres la primera chava que beso.

—Tú también.

—Pero sí me dan ganas.

—¿De verdad? ¿Te gustan las mujeres?

—No… bueno, no me dan asco. Pero no, prefiero a los hombres. Cien por ciento.

—¿Entonces?

—No conozco a ninguno que no se vuelva loco con la idea de hacerlo con dos chavas al mismo tiempo o de ver a dos chavas haciéndolo. Y no sé, creo que sería muy chido ofrecerle con gusto eso a alguien con quien quieres estar.

—Nunca lo había pensado así.

—Además creo que sería divertido. Me gustó besarte.

—A mí también.

Un nuevo silencio ligeramente incómodo se asentó entre ellas.

—Cuenta conmigo— se sorprendió a sí misma diciendo Elena.

—¿Perdón?

—Sí; si encuentras a alguien con quien quieras estar, y deciden tener un trío, y yo no ando con nadie en ese momento y tu güey me parece aceptablemente atractivo, cuenta conmigo para que sea yo con la que tengan el trío.

—¿De verdad?

—Tengo el corazón rompido, he fumado mucha mota y he tomado mucho alcohol; pero sí, de verdad. Me gusta cómo lo planteaste, y creo que estoy de acuerdo. Y así ya no tendrías que estar buscando otra reina para tu güey si le quieres ofrecer un trío.

—Guau. Gracias.

—De nada.

—Tú también cuenta conmigo.

Elena dio una risa amarga y los ojos se le humedecieron.

—Gracias; pero no creo encontrar a nadie en mucho tiempo— dijo.

—¿No se llama Érika la novia de tu pendejo?

Elena bajó la mirada; Mayra se había estado portando chida y había confiado en ella, y no era justo que le siguiera mintiendo.

—Te mentí en el carro— le dijo mirándola.

—¿Cómo?

—Mi pendejo es tu pendejo; es Alejandro. Hoy se consiguió novia (la chava que lo invitó al concierto), y me di cuenta de que quiero estar con él, y por eso me fui a poner pedísima y pachequísima en casa del Cacotas, pero Alejandro llegó a la casa. Salí de ahí queriendo irme a donde fuera, y me encontré con ustedes; cuando descubrí que eras la ex novia de Alejandro no quise que las cosas se pusieran incómodas y por eso le cambié el nombre a Ernesto. Todo lo demás que dije es verdad… lo siento.

Mayra se quedó callada un segundo, y se llevó la palma a su frente.

—¡Pero qué pendeja soy; si tú eres Elena, la mejor amiga de Alejandro! Érika me platicó de ti varias veces.

—Perdón— repitió Elena, de verdad esperando que la perdonara, porque le estaba cayendo muy bien la muchacha.

—No te preocupes; probablemente yo hubiera hecho una pendejada del estilo.

—Gracias.

Mayra frunció el ceño un poquito.

—¿Alejandro se refirió a mí como su “novia” en algún momento?— preguntó.

Elena hizo un gesto de incomodidad. Había dicho “ex novia” por educación.

—No— dijo, decidiendo ser honesta.

—Me imaginaba— dijo Mayra, y un tenue aire de tristeza ensombreció su cara —. Pero sí te platicó de mí, ¿verdad?

—Sí.

—¿Qué te dijo?

Elena bajó de nuevo la mirada, pensando. Decidió que, dado que nada que le hubiera dicho Alejandro a ella no se lo dijo después a Mayra, no estaba traicionando su confianza. Sin embargo, sí le estaba cayendo bien la muchacha, y no quería que se sintiera lastimada.

—Si te digo igual y no te gusta— le advirtió.

—Dime.

—La primera vez me platicó que le sacaba mucho de onda que (así lo veía él) sólo lo utilizaras como objeto sexual, y no sabía si seguir viéndote para coger.

—¿Tú que le dijiste?

—Que no hiciera una tormenta en un vaso de agua y siguiera cogiendo contigo; parecía que los dos lo disfrutaban y, por lo que Alejandro me contó, también me pareció que las reglas estaban claras.

—¿No estabas enamorada ya de él?

Elena suspiró.

—Sí me puse celosa; Alejandro fue muy enfático en que te lo cogías muy rico. Pero andaba con mi ahora ex güey, y supongo que creí que eran celos fraternales.

—¿Pero tú y él sí se han acostado, no? Érika me contó— añadió cuando Elena la miró sorprendida.

—Sí; bueno, supongo que nunca fue secreto. Sí, nos acostábamos.

—¿Y contigo Alejandro sí quería ser tu novio, no como conmigo?

—¿Quieres hacerme llorar de nuevo?

—No; sólo no entiendo. Yo me moría de ganas porque Alejandro quisiera hablar conmigo y contarme sus problemas, pero creo que nunca le gusté como alguien en quien podía confiar. Y creo que de las cosas que yo hablaba le parecían pendejadas; ciertamente muchas veces me sentí como pendeja junto a él.

—¿Por qué?

—Porque sabe de un montón de cosas, y es muy listo. Cuando salimos las primeras veces me platicaba de cosas que yo en mi vida había oído hablar; pero yo no quería oír de tales obras o de tales conciertos. Quería oír de él. Entonces traté de hablarle de las cosas que a mí me gustan, esperando que él me hablara de las cosas que a él le gustan; pero pude ver que le parecían pendejadas. Así que lo seduje; me gustaba… me gusta mucho, y quería ver si dándole tiempo y mostrándole que lo quería comenzaba a abrirse conmigo.

—¿Y tu forma de “mostrarle que lo querías” era cogiéndotelo?

—Bueno; sí. ¿Que mejor forma hay de decirle a alguien que lo quieres que haciéndole el amor?

Elena abrió la boca, pero la cerró al darse cuenta de que estaba, al menos parcialmente, de acuerdo.

—Además— añadió Mayra —, tampoco es que fuera sólo por él. Me encanta coger.

—Sí— dijo Elena suspirando —, a mí también.

Se quedaron calladas unos momentos.

—En su defensa— dijo Elena —, cuando hablaba de tales obras o de tales conciertos no estaba de mamón, ni queriéndote apantallar. Te estaba diciendo las cosas que le gustan.

—Ah— dijo Mayra —. Nunca pensé eso. Le gustan muchas cosas.

—Sí.

Se quedaron calladas de nuevo.

—¿Es cierto que no te gusta ver las películas subtituladas?— preguntó Elena.

Mayra sonrió tristemente.

—Soy disléxica.

—¡¿Qué?!

—Me cuesta mucho trabajo leer; toda mi vida ha sido una tortura porque tengo que leer con mucha calma y cuidados los libros de la escuela. Y novelas y esas cosas sólo puedo disfrutarlas en audiolibros.

—¿Por qué no se lo dijiste?— preguntó, escandalizada, Elena.

—Me dio pena.

—Entonces cuando le dijiste que no habías entendido la película…

—Era porque no la había entendido; no podía leer los subtítulos. Y era una comedia romántica; Alejandro ha de haber creído que era una pendeja.

Elena estaba sin habla.

—Después de eso estudié inglés con un profesor especial, que me enseñó a hablarlo y escucharlo sin necesidad de aprenderlo escrito o leído. Ya puedo ver películas en inglés.

—Y por lo mismo veías casi nada más televisión nacional.

—Sí; telenovelas. Desde chiquita me gustan; como me cuesta mucho leer siempre he visto mucha tele.

—Alejandro es un pendejo.

—Gracias.

—“Gracias” ni madre; tú también eres una pendeja: debiste decirle que eres disléxica.

—Sí. De todas formas no creo que le hubiera gustado para novia.

Elena lo pensó un rato.

—Tal vez no. Y no te lo digo para lastimarte; sólo estoy tratando de ser honesta. Pero tendría una impresión de ti completamente distinta.

Se volvieron a quedar calladas.

—Elena.

—Quihubo.

—Tú también eres una pendeja.

Elena comenzó a llorar. No fue algo dramático, como había sido toda la noche; las lágrimas sólo comenzaron a rodar por sus mejillas, sin llanto o moqueos. Sólo lágrimas que comenzaron a gotear de su barbilla a su pecho, sin que pareciera que hubiera nada en el mundo que pudiera detenerlas.

Mayra la abrazó.

—¡Soy una pendeja!— volvió a decir Elena, iniciando el drama de nuevo.

—Tú todavía tienes una oportunidad— le dijo tiernamente Mayra —; siempre le has gustado, siempre ha querido andar contigo. ¿Qué va a tener en comparación una chava que apenas conoció hoy?

—¡Es imposiblemente bonita! ¡Y simpática!

—Mi reina— le dijo Mayra levantándole la mejilla y mirándola a los ojos —, tú también eres imposiblemente bonita. Y simpática.

Elena comenzó a reír, al mismo tiempo que lloraba.

—¿Van a besarse de nuevo?— preguntó Juan emocionado al regresar con su hermano y la chela y la mota, y verlas abrazadas.

—Dame esa caguama— dijo Elena limpiándose los ojos y extendiéndole la mano a Juan— y a lo mejor tienen suerte en la noche.

Los cuatro estuvieron chupando y fumando un rato, pasándosela bien, hasta que Mayra averiguó dónde estaban los “baños” (por decirles de alguna manera), y fue para allá. Elena seguía platicando con Juan y Enrique cuando Alejandro tocó su hombro.

—¿Y qué andas haciendo por aquí tú?— le preguntó.

Elena lo miró y se quedó sin habla. Y entonces, sin advertencia de ningún tipo, vomitó de forma espectacular la cerveza que había estado tomando. Alejandro apenas pudo evitar el chorro de vómito.

—¿Estás bien?— le preguntó alarmado a Elena.

—Juan, Enrique— dijo Elena todavía doblada —, este es mi cuate Alejandro.

—Mucho gusto— dijeron los hermanos.

—Qué onda— dijo Alejandro, sin apartar la vista de Elena —. ¿Qué te pasa? ¿Y cómo viniste a parar aquí?

Elena no quería mirarlo a los ojos; sabía que se veía de la chingada, y recién vomitada seguramente se vería peor. Qué pérdida de estilo. Así que aprovechó que se había doblado para vomitar para permanecer en esa posición. Además de que sentía como si hubiera ratas corriendo en su estómago.

—¿Te duele la panza?— preguntó Alejandro.

—Sí; pero sólo necesito agua para lavarme la cara y enjuagarme la boca.

—¿Dónde están los baños?— le preguntó Alejandro a Elena, pero Enrique le contestó:

—Están por allá; pero es sólo pasto para que la gente pueda orinar. Hay una llave de agua no muy lejos.

—Gracias— dijo Alejandro, y tomando a Elena del brazo le dijo —; vente, vamos a que te laves.

El cerebro de Elena estaba trabajando furiosamente. Sin saber qué hacer, le preguntó a Alejandro justo sobre lo que no tenía la menor gana de oír nada:

—¿Cómo te fue con la Loba?

—Me alegra informarte que ya tengo novia.

—Felicidades— le dijo Elena, con el tono de voz que alguien usaría en un funeral. Seguía un poco encorvada, y dejaba que su pelo le tapara la cara.

—¿Cómo acabaste aquí?— le preguntó Alejandro —; Ernesto, Érika, Ana y yo llegamos aquí de puro rebote en el carro de mi papá…

Laaaaaarga historia. Pero conocí a Mayra.

—¿De verdad?

—Sí; eres un pendejo.

—¿Perdón?

—Luego te platico bien; pero eres un pendejo.

—Si tú lo dices… pero sí, tenemos que juntarnos a platicar pronto. Estoy muy contento; esta chava es maravillosa, y conforme más platico con ella más me gusta. Quiere ser doctora.

Elena hizo un sonido gutural. No sabía si los calambres que sentía en el estómago eran porque para esa altura debía estar más allá de lo vacío, o sí era dolor de oír a Alejandro contarle de su nueva y perfecta novia.

—Además— continuó Alejandro, completamente ignorante del sufrimiento de su amiga —, me hizo un comentario que logró calmarme respecto a la elección de carrera.

—Alejandro— le dijo Elena medio harta de oírlo balbucear acerca de su felicidad con otra chava que no era ella —, has estado haciendo, para variar, una tormenta en un vaso de agua con lo de la carrera porque sabes que casi en cualquier cosa que elijas podrás sobresalir, porque eso haces: sobresales. Entonces crees que es difícil escoger carrera, por todas las opciones. Eso no es cierto, y tú lo sabes: vas a ir a la Facultad de Ciencias a estudiar Física, y lo único que te preocupa realmente es exactamente de qué vas a trabajar cuando termines. Pero sabes que para eso naciste; aunque seas absurdamente bueno en casi cualquier otra cosa, y te gusten áreas humanísticas como la historia y la filosofía, lo cierto es que naciste para ser físico.

Alejandro se detuvo. Aún mientras Elena hablaba, Alejandro se dio cuenta de que, una vez más, lo hacía como si lo conociera mejor que él mismo. En cuanto Elena dijo “Física”, Alejandro supo que la siguiente semana era la carrera que eligiría en las ventanillas.

—¿Por qué no me habías dicho nada al respecto?— preguntó Alejandro, con un ligero tono de reproche en la voz. La cuestión lo había estado angustiando durante meses, ¿y ella no le había dicho nada?

Elena se detuvo unos pasos más adelante y, todavía agarrándose la panza con las dos manos, lo miró por primera vez desde que había vomitado.

—Porque era evidente que no querías hablar del tema. Lo cual no me extraña; te encanta hacer drama con tu vida.

—La elección de carreras es la siguiente semana…

—Ya lo sé; pero ibas a elegir Física te dijera yo algo o no.

—¿Cómo podías saberlo? ¿Cómo puedes saberlo?

—Porque no eres un pendejo… en este tipo de cosas al menos. Al contrario, eres desesperantemente inteligente. Y además porque tengo fe en ti.

Los ojos de Elena se llenaron de pronto con lágrimas. La panza le estaba doliendo de forma espantosa, pero supo que no era por ello que lloraba.

—Podré no tener fe en Dios, pero tengo fe en ti— dijo con la voz entrecortada. Se acuclilló en el piso y comenzó a llorar de nuevo.

—¿Qué tienes?— preguntó Alejandro pasándole un brazo por los hombros.

—Me siento muy mal— le dijo Elena sin dejar de llorar.

—Vamos; deja nada más voy por Ana y te llevamos a tu casa.

—¡No!… digo, no; es tu primera noche con ella. Disfrútala; sólo llámame un taxi, por favor. O diles a Ernesto y Érika que me den un aventón con tu carro; van a aceptar.

Alejandro sacó su celular y le llamó a Ernesto; un par de minutos después entre los tres (incluyendo a Érika) ayudaban a Elena a entrar al carro del primero, en el asiento trasero. Ernesto y Érika habían tenido el buen sentido de decirle a Ana que esperara donde estaba a que regresara Alejandro. Para el momento en que la metían al carro, Elena había dejado de llorar.

Antes de que Alejandro cerrara la puerta, Elena tomó su solapa y lo acercó hacia ella.

—¿Te acuerdas que te dije que un día ibas a encontrar una chava que te haría darte cuenta de que, exceptuando que te desvirgué, yo no tengo nada de especial?— le preguntó.

—Sí— dijo Alejandro.

—Creo que es Ana— le dijo Elena sonriendo, las lágrimas volviendo a salir de sus ojos. Alejandro le regresó la sonrisa.

—Gracias— le dijo —; pero eres la chava más especial que conozco.

Y le dio un beso en la boca como los que ella acostumbraba darle a él; muy suave, casi fraternal. Después cerró la puerta, y Ernesto y Érika se la llevaron.

En cuanto estuvieron fuera del lote donde estaba el Alacrán, Elena empezó a llorar de nuevo, a grito pelado.

—¡Soy una pendeja!— gritaba, una vez más, a los pobres de Ernesto y Érika, que ya se habían resignado a que así sería todo el viaje de regreso —. ¡Y además, el último beso que me va a dar en la vida fue justo después de que vomité! ¡Y ni siquiera me pude enjuagar la boca!

Después de un par de minutos se quedó callada, y Ernesto supuso que se había quedado dormida. Eso fue hasta que Elena preguntó, con una voz impresionantemente firme:

—¿A dónde vamos?

—A tu casa.

—No.

—¿Perdón?— preguntó Ernesto mirándola por el espejo retrovisor; se sorpendió al ver cómo brillaban sus ojos.

—Necesito comer; mi estómago está completamente vacío. También tengo que tomar agua. Mucha agua.

—Haces eso cuando te dejemos en tu casa.

—No puedo llegar así a mi casa; mis papás me matan. Hay unos tacos en Periférico; ya sabes cuáles, viejo, hemos ido antes. Vamos ahí, por favor. Además, aunque mis papás no me mataran, no puedo regresar a mi casa todavía.

—¿Por qué?— preguntó Érika, alarmada por la decisión que se oía en la voz de Elena.

—Porque tengo que regresar al Alacrán. Tengo que bajarle a Alejandro a esa pinche vieja advenediza.

Bolonia

Y total que fui a la manifestación en contra del Proceso de Bolonia que hubo hoy en Barcelona.

Manifestantes

Manifestantes

Por supuesto no participé; ni siquiera me queda claro si legalmente tenga permitido participar. Sólo fui y miré y tomé fotos y un par de videos. La verdad es que no conozco suficiente del asunto como para poder decir si apoyo o no a los manifestantes. Pero superficialmente, lo que he llegado a entender del asunto me hace creer que sí los apoyaría.

Llegué donde los chavos estaban congregándose y tomé varias fotos. Cuando la marcha comenzó a moverse, pensé si seguirla un poco o ir a donde tenía que ir (tenía cosas que hacer en la ciudad). Pero entonces los chavos comenzaron a gritar “no, no, no, a la privatización”.

Y entonces dije: “oh, bueno”. Y los seguí un par de cuadras fotografiándolos.

No participé; porque no es mi lucha, y porque no sé si (como invitado aquí) tenga el derecho. Pero en espíritu ahí estaba.

La Noche del Alacrán: 15

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La Noche del Alacrán escrita por Canek Peláez Valdés se distribuye bajo la licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-No Derivadas 2.5 Mexico.

15

Érika bajó del segundo piso de la casa, y se acercó a Ernesto que la esperaba al pie de la escalera.

—Nada— le dijo —; es como si se la hubiera tragado la tierra.

—No te preocupes— le dijo Ernesto —; ha de haberse ido porque quería estar sola.

—Me preocupa; estaba de la chingada.

—Hiciste todo lo que pudiste.

Érika lo abrazó.

—Me da pena— le dijo, y volteó a ver a Alejandro y Ana, que seguían en su sillón pero que participaban en la plática con varios amigos de la última —; y enterarse así de que su amor se acaba de hacer novio de una chava tan linda.

—¿Tú cómo sabías que estaba enamorada de Alejandro?

—Ay mi vida; te explicaría, pero es que sencillamente todos los hombres son unos pendejos.

—¿Yo incluido?

—Tú más, mi vida; pero yo te quiero así— y le dio un beso mientras los dos reían. Ernesto frunció el ceño.

—Pero ella es la pendeja, ¿no? Digo, Alejandro la perreó un ratotote, y ella se hizo siempre la inalcanzable.

—Pues sí, pero es que Alex no entendió cómo debía hacerle. ¿No te digo que todos son unos pendejos?

En ese momento Alejandro se les acercó, habiéndose separado de Ana y sus amigos.

—Oigan— les dijo —, nosotros dos y varios amigos de Ana nos vamos a lanzar a un lugar que le dicen el Alacrán. ¿Quieren venir?

Ernesto y Érika se miraron.

—Como tú quieras— le dijo Érika a su novio.

—¿Y por qué nos invitas?— preguntó Ernesto —. Creí que si Ana jalaba contigo nos ibas a mandar al carajo.

—Si fuéramos solos sí los mandaba al carajo, pero va a ir más gente, y conozco a pocos. Prefiero que vayan ustedes también. Además así después no la tengo que hacer de chofer con desconocidos.

Ernesto y Érika se volvieron a mirar, como si estuvieran discutiendo telepáticamente. Alejandro frunció el ceño.

—Oigan— les dijo —; me deben de la vez de tu cumpleaños, Érika.

—OK— dijo Ernesto.

—Sale— dijo Érika.

—Chido; dejen voy por Ana y nos vamos a mi carro.

Unos minutos después los cuatro salían de la casa rumbo al carro de Alejandro; se había puesto de acuerdo con uno de los cuates de Ana que traía carro en seguirlo.

—¿Qué fue de tu amiga la que se sentía mal?— le preguntó Ana a Érika.

—Tomó un taxi para su casa— le mintió tranquilamente Érika.

—Ah. Se oía mal.

—Sí; pero no te preocupes, ya debe estar en su casa descansando.

Y Erika volteó a ver a Ernesto, que alzó los hombros en un gesto que decía que ellos ya no podían hacer nada. Los cuatro muchachos se subieron al carro.

—¿Qué es el Alacrán?— le preguntó Érika a Ana.

—Es un lugar bien chido— dijo sonriente Ana —; es un lote baldío cerca de Ciudad Universitaria donde un viejito hace años comenzó a vender chelas ilegalmente a los estudiantes, y se junta un buen de banda y ponen el sonido de los carros. Lo único malo es que de vez en cuando cae la tira, así que estén listos para correr de ser necesario.

—Eso suena divertido— dijo Ernesto, con un tono ligeramente sarcástico.

—También vende mota el viejito— añadió Ana.

—Cabrón— dijo Ernesto —, acelérale.

Alejandro arrancó el carro y comenzó a seguir al amigo de Ana.

—¿Desde cuándo son novios?— la muchacha les preguntó a Érika y Ernesto.

—Como año y medio— dijo el último.

—Órale. ¿También eres del CCH Sur, Érika?

—No, yo soy de la Prepa seis.

—Ah; ¿y cómo se conocieron?

—En un concierto cuando estábamos en cuarto.

—¿Semestre?— preguntó extrañada Ana.

—No, perdón; en el primer año del bachillerato— corrigió Érika.

—¿Por qué le dijiste cuarto?

—Así le decimos en las prepas; cuarto, quinto y sexto año.

—Órale; no sabía.

Alejandro sonrió, alegrándose de que al parecer Ana se llevaba bien con sus amigos. Un relámpago de su memoria le hizo recordar cuando Érika y Ernesto habían conocido a Elena.

Fue de hecho antes de que fueran novios, aunque ya se veía que eso era lo que iba a pasar. Y Alejandro estaba tratando todavía de ligarse a Elena, que salía con él siempre y cuando fuera “como amigos”.

Habían ido a una obra de teatro en el CUC, y después fueron al Paseo de la Salmonela a comer algo. Elena y Érika de inmediato se habían caído bien, y comenzaron a chismear de un montón de pendejadas. Se la habían pasado muy padre, y ya cuando se hizo de noche todavía se fueron a Coyoacán a tomar helados.

Después Alejandro acompañó a Elena durante varias estaciones del metro, y un par de estaciones antes de que ella tuviera que bajarse, él la besó. Elena lo miró con los ojos brillantes, y le preguntó si quería ir a su casa; él sabía que eso significaba ir a coger.

Sus hormonas se exaltaron, pero él las contuvo y le dijo:

—No sólo quiero coger contigo.

—Puedes coger con cuantas viejas quieras, mi rey— le dijo ella sonriendo.

—No, mensa; quiero decir que quiero ser algo más que tu consolador humano.

—No lo tomes a mal, pero en ese caso tengo unos eléctricos mucho más efectivos.

Alejandro soltó un gemido de hartazgo.

—No es cierto— dijo riendo Elena —; coges muy rico.

—Quiero más— dijo Alejandro, serio.

—¿Qué más puedes querer?

—Quiero salir contigo, quiero platicar contigo…

—Ya hacemos eso…

—Quiero que me presentes con tus cuates como tu novio, quiero que conozcas a mi mamá…

Lo último le pareció tan ridículo a él mismo que se ruborizó, pero se mantuvo firme.

—Quiero saber que voy a ser con el único que coges. Y que no va a llegar un pendejo de repente con el que vas a querer coger exclusivamente, que no sea yo.

Elena se puso de puntitas y lo besó tiernamente en los labios, tocando suavemente su mejilla con su mano.

—No quieres eso…— comenzó a decir.

—¡Deja de decirme qué es lo que quiero o no quiero!

Varias personas en el vagón voltearon a verlos. Habían llegado a la estación donde Elena se bajaba, y cuando las puertas se abrieron ella, con un movimiento simple y lleno de gracia descendió del metro y se despidió con la mano, dejando a un incrédulo Alejandro con la palabra en la boca.

Las puertas se cerraron y el convoy comenzó a avanzar y Alejandro vio cómo Elena se quedaba en el andén agitando la mano, con una mirada muy triste en el rostro.

—¿Y por qué le llaman el Alacrán?— le preguntó Érika a Ana, que seguían platicando mientras Alejandro se perdía en sus recuerdos.

—Porque está lleno de alacranes el lote baldío.

—No, definitivamente suena divertido— dijo Ernesto.

—Se pone chido— dijo Ana, y de forma natural y espontánea puso su mano sobre la de Alejandro en la palanca de velocidades, y le acarició la muñeca mientras le decía a él en particular —, van a ver que les va a gustar.

Alejandro hizo un esfuerzo y sacó de su mente todo pensamiento de Elena. No le estaba gustando que su recuerdo le saltara cada cinco minutos; le había costado el aceptar que ella sólo quería que fueran amigos. Era algo ya superado.

Creía.

Un poco más adelante de ellos, en el carro al que se había trepado sin pensarlo, Elena había escuchado una explicación más o menos similar de lo que era el Alacrán. Le parecía que ya había oído del lugar, pero nunca había ido.

—Por cierto— dijo el conductor —, ¿cómo te llamas?

—Elena— dijo ella.

—Yo soy Enrique, y éste es mi hermano Juan— dijo el conductor señalando al copiloto —. Y ella es Mayra.

Mayra le sonrió a Elena, y le dijo:

—Mucho gusto.

Elena la miró suspicazmente. Trató de recordar las descripciones que Alejandro le había hecho de su “novia” con la que nada más cogía; pero entonces recordó que en general no lo había dejado describirla, porque se ponía celosa.

La muchacha a su lado era guapa, muy guapa; pero además estaba muy bien arreglada. Durante un lapsus estuvo a punto de preguntarle que le enseñara sus calzones, a ver si llevaba tanga. Luego consideró que, tal vez, eso no sería tan buena idea.

—¿Y se puede saber por qué te trepaste a un carro con tres desconocidos que podríamos resultar ser asesinos seriales?— preguntó Enrique.

—Estoy huyendo de un pendejo— dijo Elena, que no le vio mucho sentido a ocultar sus motivos. Además, si los decía de forma suficientemente exagerada, los chavos tal vez creerían que bromeaba.

—¿Tú también?— preguntó, impresionado, Juan.

—¿Tú huyes de algún pendejo?— preguntó Elena.

—No; yo no. Pero Mayra sí; tú eres la segunda chava que se sube a nuestro carro huyendo de alguien, sólo que Mayra se trepó en Ciudad Universitaria, a dónde habíamos ido mi hermano y yo a un concierto.

—¿De verdad?— le preguntó Elena a Mayra.

—Sí.

—¿Se puede saber cómo se llama tu pendejo?

Mayra consideró un segundo la pregunta; debió decidir que no tenía caso ocultarlo, porque le contestó:

—Alejandro.

“Vámonos a la chingada”, pensó Elena, llegando a la conclusión de que qué pequeña era la pequeña burguesía.

—¿Y el tuyo?— preguntó Mayra.

—Ernesto— contestó Elena inventando sin tener tiempo para escoger otro nombre.

—Mmmh— murmuró, pensativa, Mayra.

—¿Qué?

—Que el mejor amigo de mi pendejo se llama Ernesto. Su novia es mi mejor amiga.

—¿Tu mejor amiga es la novia de tu pendejo?

—No; la novia del mejor amigo de mi pendejo es mi pendeja. Digo, mi mejor amiga.

Los cuatro chavos dentro del carro se rieron. Elena pensó que, bizarra como fuera la situación, se la estaba pasando sorprendentemente bien.

—¿Y del concierto se lanzaron a la fiesta del Cacotas?— preguntó Elena.

—Sí— dijo Juan —, es cuate mío. De hecho fuimos de los primeros en llegar, pero ya nos estábamos aburriendo y a mi hermano se le ocurrió que fuéramos al Alacrán; Mayra estuvo de acuerdo en venir también. Y entonces tú apareciste.

—¿Tu pendejo estaba en la fiesta?— preguntó Mayra.

—Sí— contestó Elena, pensando que lo peor que podía pasar es que Mayra creyera que Ernesto tenía una admiradora secreta —, y llegó con su novia.

—Chale, qué mala onda.

—Sí. ¿El tuyo llegó al concierto con su novia?

—No; mi amiga me dijo que iba a ir al concierto, y yo pensé en verlo y ver si algo se armaba.

—¿Y luego?

—Pues que me dijo que iba al concierto porque lo había invitado otra chava.

—Chale, qué mala onda.

—Sí.

Las dos chavas se sonrieron, solidarizándose una con otra; Elena se sintió algo mal de no estar siendo completamente honesta, pero las cosas se podían poner medio incómodas si Mayra se enteraba que ella sabía de todo el chisme (o casi todo) entre ella y Alejandro.

—Así que están de suerte chavos— dijo de repente Mayra dirigiéndose a los dos hermanos que iban al frente —; si se portan bien, igual y cada uno sale con reina esta noche.

Elena la miró entre escandalizada y divertida, y Mayra le guiñó el ojo. Los hermanos se rieron.

—Yo no puedo— dijo sonriendo Enrique, que parecía era el mayor —; tengo novia.

—Pero no se preocupen— dijo Juan volteando a mirarlas, sonriendo —; yo puedo con las dos.

—¿De verdad?— preguntó Mayra, comenzando a acariciarle la pierna a Elena para que Juan la viera.

El instinto desmadroso de Elena tomó control y, no queriendo quedarse atrás, abrazó a Mayra.

—Sí, ¿seguro que puedes?— le preguntó a Juan.

Las dos muchachas se miraron sonriendo; sus caras estaban peligrosamente cerca. Entonces, y sin que Elena hubiera podido ni siquiera imaginarse que podía ocurrir, Mayra la besó en la boca. La sensación fue sorprendentemente agradable; no lo más rico que hubiera sentido en la vida, ni de lejos, pero agradable en cierta manera.

“Chale” pensó Elena mientras besaba por primera vez en su vida a una mujer en la boca, “Alejandro tenía razón; esta reina es bien caliente.”

Juan las miraba con la boca abierta; Enrique también lo hacía por el retrovisor, las cejas levantadas.

—¿Seguro que te importa tener novia?— preguntó Mayra cuando terminó de besar a Elena, pero sin dejar de abrazarla y acariciarla.

—Chale— dijo Enrique.

Sin que nadie en ambos carros supiera, Alejandro, Ana, Ernesto y Érika estaban a menos de un kilómetro de distancia en el carro del primero, siguiendo al cuate de Ana que se dirigía también al Alacrán. La nueva novia de Alejandro les comentaba a sus amigos que quería estudiar medicina y especializarse en cirugía, pero cuando le preguntaron que por qué ella sólo les dijo que desde chiquita eso había querido.

—Lo entiendo— dijo Ernesto —; yo he sabido que quiero estudiar Arquitectura desde que agarré mis primeros lápices de colores.

—¿De verdad?— preguntó Ana.

—Sí; quiero hacer edificios.

—Dibuja muy bonito— dijo Érika orgullosa, y le dio un beso.

—¿Y tú?— le preguntó Ana.

—Yo voy a biología.

—Tienes cara.

—¿Sí?

—Sí; las biólogas son muy guapas.

—Gracias.

Alejandro sonrió; no sabía si Ana estaba siendo sincera o sólo trataba de ganarse a Érika, pero le gustó que dijera eso.

En el carro donde iba Elena mientras tanto había llegado al Alacrán, y lo estacionaron donde mejor les pareció; no había estacionamiento “oficial” (obviamente), pero sí era costumbre que si alguien llevaba un buen sonido en su nave, entonces dejaba el carro más o menos al centro del lote y ponía la estéreo a todo volumen, para mejorar (o empeorar, dependiendo del escucha) el ambiente del lugar. Los que no tenían sonido, o no querían “mejorar” el ambiente, lo dejaban más al fondo. Ahí lo dejó Enrique, y se bajaron para tratar de comprar unas chelas.

Poco después llegó Alejandro, siguiendo al cuate de Ana, y estacionó su carro donde le pareció quedaba bien. Los cuatro muchachos se bajaron del carro.

—¿Qué va a querer cada quién?— preguntó Alejandro.

—Yo una chela— dijo Érika.

—Yo un churro— dijo Ernesto.

—Yo te acompaño— dijo Ana.

Ana le guió el camino a una camioneta grande cerca de la entrada, donde un señor ya algo grande le vendía cervezas en caguamas y mota a los chavos, a un precio sorprendentemente no muy caro. Alejandro se acercó para pedir una caguama y un porro, cuando reconoció al señor.

—¿Maestro?— preguntó incrédulo.

El OjoCaido, su profesor de filosofía, levantó la mirada (uno de sus ojos, pues, caído), y le sonrió a Alejandro.

—Alejandro— le dijo con calma —, me sorprendía que nunca te hubiera visto por aquí antes. Comenzaba a creer que eras medio ñoño. ¿Qué vas a querer?

—Eh… una caguama y un churro… por favor.

El maestro le dio lo que pedía y le dijo el precio, que Alejandro pagó. Estaba sacadísimo de onda; no podía creer que su maestro de filosofía se dedicara los viernes en la noche a vender ilegalmente cerveza y mota. Sí había oído que era pachequísimo, pero nunca que regenteara un lugar como el Alacrán.

—¿Qué pasa, muchacho?— preguntó el OjoCaido cuando Alejandro se quedó donde estaba.

—Sólo… sólo no entiendo qué hace usted aquí vendiendo chelas y mota.

El señor le sonrió.

—Había un lugar de este estilo cuando yo estudié en la Prepa 6, hace ya varios años. Duró mucho tiempo más después de que salí de la prepa, e incluso continuó mientras yo estudiaba mi carrera y siguió también cuando entré a dar clases en el CCH. Hasta que un día desapareció; ni siquiera fue que cayera la policía o nada por el estilo: sencillamente el lote donde estaba ese otro lugar un día apareció cerrado, y después comenzaron a construir sobre él. Yo ya no iba, claro; me lo dijeron mis estudiantes. Pero justo por ese tiempo yo heredé este lote, y nunca se me ocurrió qué hacer con él. Y recordaba con mucha nostalgia las noches que pasé en el Cuervo (así se llamaba el otro lugar), siendo chavo y haciendo las estupideces que tienen que hacer todos los chavos a esa edad, así que decidí continuar la tradición. Y después vi que además de ser muy divertido, no dejaba mal dinero, así que aquí sigo. Ahora vete y déjame trabajar.

—Sí, profesor— dijo Alejandro, todavía sorprendido.

—Sólo dos cosas, Alejandro.

—¿Dígame?

—La primera; jamás digas nada de esto en el CCH, por obvias razones.

—Sí, claro.

—La segunda; si veniste en tu carro, ten listas las llaves del mismo, porque si llega la tira hay que correr. Generalmente yo me entero diez o quince minutos antes que lleguen, y soy el primero en salir (tengo que hacerme el sorprendido de que otra vez se hayan metido truhanes a hacer desmanes en mi lote). Así que si de repente no ves esta camioneta, sal de aquí en cuanto puedas.

—Sí; gracias.

Alejandro y Ana regresaron con la cerveza y la mota; ella había oído toda la conversación, y estaba entre escandalizada y botada de la risa.

—¿El OjoCaido es tu profesor?

—Sí; de filosofía. Chale.

—No tenía idea de que diera clases en el CCH.

Regresaron con sus cuates y Alejandro le dio el churro a Ernesto y la caguama a Érika.

—¿Qué?— dijo ella —; ¿se supone que me chupe todo esto yo solita?

—Yo te ayudo— le dijo sonriendo Ana.

Alejandro abrió la botella con las llaves de su carro, y las muchachas comenzaron a tomar directamente de ella. Ernesto mientras tanto prendía su porro con toda la calma del mundo. Cuando lo tuvo encendido, y sabiendo cómo era Alejandro al respecto, ni siquiera le ofreció, pero sí a las muchachas.

Al poco rato las dos parejas estaban conversando alegremente, y Alejandro notó que los otros tres comenzaban a mostrar ya obviamente que estaban chupando y fumando mota. Él mientras tanto se sentía cómodo y a gusto.

En algún momento volteó a mirar a su alrededor, y entonces le dijo a Ana que volvía en un ratito; la muchacha estaba metidísima en un chisme que le contaba Érika, y además supuso que iría al baño, así que le dio un beso y le dijo “ajá”, y volvió a escuchar a la otra chava.

Alejandro recorrió unos cuantos metros y le tocó el hombro a Elena.

—¿Y qué andas haciendo por aquí tú?— le preguntó a su amiga.

Elena volteó a verlo con los ojos pelados como platos, y perdió el uso de la palabra.

La Noche del Alacrán: 14

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La Noche del Alacrán escrita por Canek Peláez Valdés se distribuye bajo la licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-No Derivadas 2.5 Mexico.

14

Lo primero era salir del baño. No podía hacerlo por la puerta; aunque Érika y Ernesto se habían portado muy chidos, lo cierto es que Elena no era una pendeja y se daba cuenta de que no querían sacarla para que Alejandro no la viera mal; querían sacarla para que no le causara broncas a él con su nueva novia. Y lo entendía; eran primero amigos de él que de ella.

Pero de pendeja iba a permitirlo. Vio la ventana del baño, y decidió que era lo suficientemente delgada para salir por ella. Estaba todavía algo mareada, y le dolía la cabeza y se sentía morir de hambre; pero estaba determinada a hacer lo necesario para que Alejandro viera que era con ella con quien debía estar.

Con no pocos esfuerzos Elena logró colarse por la diminuta ventana del baño… y perdió el equilibrio y fue a caer casi de hocico en el jardín trasero de la casa del Cacotas. Recuperando la postura Elena trató de ver dónde estaba, pero la única luz disponible era la ventana del baño, y realmente no iluminaba bien el jardín.

Siguiendo la pared trató de encontrar cómo volver a entrar a la casa.

Mientras tanto Alejandro se separó un momento de Ana y fue a la cocina (después de preguntarle al Cacotas dónde quedaba) por un vaso de agua. Ahí se encontró a Ernesto, dándole un toque tranquilamente a su churro en la oscuridad.

—¿Cómo está Mayra?— preguntó Alejandro prendiendo la luz.

Ernesto lo miró como desde una inmesurable distancia, y cuando por fin entendió que su amigo seguía sin saber que la del baño era Elena le respondió:

—No sé; no quiere salir del baño. Érika está lidiando con ella.

—Se veía bien cuando se separó en el concierto; no puedo creer que se pusiera tan mal. ¿Fue mi culpa?— preguntó preocupado.

—Oh sí, sin duda.

—No, no fue mi culpa. Yo fui claro con ella.

Ernesto le entró el payaso y comenzó a reírse sin poder evitarlo; toda la situación (incluyendo que su noche de sexo parecía haberse ido al carajo) le parecía hilarante. Cuando se calmó miró a su amigo y le dio un golpecito en el hombro.

—¿Cómo fue que cayó en tus garras Ana?

Alejandro sonrió y comenzó a contarle la historia. La cocina tenía una puerta que daba al jardín trasero, y él estaba de espaldas a ella. Ernesto estaba frente a él, así que pudo ver cuando Elena por fin encontró la puerta (gracias a que Alejandro había prendido la luz) y la abrió sin hacer ruido. Se quedó petrificada al ver de nuevo a Alejandro, que en ese momento le decía a su amigo:

—Es bonita, tierna, simpática y muy divertida. Nos la pasamos horas platicando, y riéndonos. Creo que nunca me había sentido así respecto a una muchacha— Alejandro frunció el ceño un poco, y agregó —… bueno, excepto tal vez Elena… pero Ana de hecho quiere andar conmigo, y definitivamente no está tan demente.

La puerta de la cocina que daba al jardín se azotó, y Alejandro la vio extrañado.

—¿Qué fue eso?— preguntó.

—El aire— dijo tranquilamente Ernesto dándole otro toque a su churro. Para ese instante ya no le sorprendía nada que ocurriera esa noche.

Elena caminó en el oscuro jardín abrazándose y espetándose “¡pendeja, pendeja!” a sí misma varias veces. No sabía qué hacer, y toda la determinación que había adquirido para tratar de atraer de nuevo a Alejandro se le había vaciado del cuerpo. Le parecía injusto hacer algo ahora, cuando él había encontrado a alguien que le gustaba y al parecer no lo lastimaría. Todas las dudas que siempre habían causado que se negara a aceptar andar con Alejandro le volvieron multiplicadas por mil, y su comportamiento de las últimas horas le hizo pensar que tal vez si de verdad lo quería (como hombre, como amigo o como lo que chingados fuera), entonces no debía arruinarle una oportunidad de estar bien con una chava que sin duda sería menos inestable que ella. Porque pocas personas podían ser tan inestables como ella; lo acababa de demostrar.

Lo que sí es que tenía que salir de ahí; y aunque Érika y Ernesto parecían sinceramente preocupados por su bienestar, no tenía ganas de que la anduvieran cuidando. Con precaución se asomó por la ventana de la cocina y vio que Alejandro y Ernesto se habían retirado. Con cuidado volvió a entrar y se acercó a la puerta que conectaba la cocina con un pasillo que terminaba en la sala de la casa.

Casi de puntitas Elena recorrió el pasillo. Asomándose vio que Alejandro tenía sobre sus piernas a Ana, y que ella lo besaba y acariciaba el pelo. Se veían repulsivamente felices.

Elena entendió por primera vez en su vida qué querían decir al referirse a que a uno se le “caía el alma a los pies”. Sintió muchas ganas de llorar, pero se las contuvo, y aprovechando que los novios recientemente juntados estaban embobadísimos el uno con la otra, atravesó la sala y se dirigió a la puerta principal de la casa.

En el jardincito de enfrente habían varios chavos con vasos de plástico, platicando y aprovechando que afuera el sonido de la música era más bajo que dentro de la casa para platicar sin necesidad de hacerlo a gritos. Elena vio que tres chavos, dos muchachos y una muchacha, se dirigían a un carro estacionado no lejos de ahí. Corrió para alcanzarlos y les preguntó con su característica desfachatez:

—Oigan chavos, ¿me les puedo pegar?

Los muchachos la miraron algo extrañados.

—¿Para dónde vas?— preguntó el conductor, que ya tenía las llaves del carro en la mano.

—A donde sea que se dirijan.

Los chavos se miraron entre ellos, y luego miraron a la muchacha que los acompañaba, como pidiendo autorización. La chava alzó los hombros, como diciendo que le daba igual (que le daba), y el conductor le dijo a Elena:

—Trépate.

Uno de los chavos tomó el asiento del copiloto, y Elena y la otra chava se sentaron atrás. Elena lo único que quería era largarse de ahí, así que no pensó mucho en el desconocido destino; pero ya que estaban lejos de la fatídica casa le entró la duda.

—¿A dónde vamos, por cierto?

El conductor la miró a través del espejo retrovisor y le preguntó:

—¿Has oído del Alacrán?

Y estaba delicioso

Sirviendo de traductor (para un alemán) en un restaurante:

Axel: What’s hamburguesa de ciervo?
Yo: Deer burguer.
Axel: Dear burguer?
Yo: Deer burguer.
Axel: Dier burguer?
Yo (haciendo como cuernos de venado con los dedos en mi cabeza): Deer burguer.
Axel (haciendo como orejas de conejo con los dedos índices en su cabeza): Dier burguer?
Yo: BAMBI.

Unos minutos después:

Yo (al mesero): Una hamburguesa de Bambi… perdón, de ciervo; por favor.

Y más minutos después:

El mesero (dejando el plato en la mesa): Y aquí está Bambi…