The Reader

Ayer en la noche fuimos en bola a ver The Reader. En la tarde jugamos futbol, y en algún momento del partido no sé exactamente qué ocurrió con mi espalda que en la noche me estaba matando; casi no podía caminar.

El sentido común indicaba que me quedara; pero quería ver la película y además dos de los compañeros del curso regresaban a casa, y quería participar en su despedida, así que fui. Saliendo del cine me di cuenta de que casi no podía seguir caminando, y me regresé a la Vila a pasar una noche infernal. Pero bueno, vi la película.

Se aplican las de siempre.

The Reader

The Reader

The Reader es una película muy barata y predecible. También está muy bien hecha y magistralmente actuada, además de que me gustó mucho; pero eso no le quita lo barata.

La historia es de un abogado (Ralph Fiennes) que rememora su adolescencia y juventud (ahí interpretado por David Kross), cuando conoció a una mujer veinte años mayor que él (Kate Winslet) que tuvo a bien desvirgarlo. Al poco tiempo de haber comenzado a coger, él comienza a leerle libros a ella.

Así están un tiempo hasta que ella desaparece, y él no la vuelve a ver sino hasta casi diez años después, estudiando derecho, cuando va a un juicio en contra de ex guardias de la SS en un campo de concentración satélite al de Auschwitz, descubre con sorpresa que ella es una de las acusadas.

La película es lenta en casi todas sus partes, y de verdad es medio obvio todo lo que va a ocurrir en ella. Tiene algunas partes bonitas, y la idea que presenta acerca del pueblo alemán y los problemas que tienen las nuevas generaciones para entender (o tan siquiera vislumbrar) los crímenes de las anteriores es interesante, pero creo que pudo haber sido mejor presentada.

La verdad yo me la pasé aburrido casi todo el tiempo, aunque la película tiene varias partes entretenidas; pero la verdad no sé si recomendarla. Es buena; sólo a mí no me gustó mucho.

Después de pasar una noche donde cada vuelta en la cama me causaba un dolor insoportable, al otro día descubrí con pánico que el dolor no sólo no había disminuido, sino que había aumentado. Después de pasármela en cama hasta cerca de las dos de la tarde, Víctor me pasó su Voltarén e ipobufreno, y un par de horas después al menos pude ir a lavar mi ropa.

Ahora puedo caminar, pero no sé qué tanto es que esté mejorando, y qué tanto es la medicina; espero que para mañana ya esté bien, no quiero estar inmovilizado otro día.

La Noche del Alacrán: 13

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La Noche del Alacrán escrita por Canek Peláez Valdés se distribuye bajo la licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-No Derivadas 2.5 Mexico.

13

Alejandro y Ana platicaron durante un rato de cosas más ligeras que la elección de carrera o accidentes casi mortales, y cuando comenzó el escándalo del concierto se levantaron y se fueron alejando poco a poco del mismo, para poder seguir oyéndose.

Él notó lo fácil que era platicar con ella, que tenía un excelente sentido del humor, y que además lo hacía reír de manera natural. Platicaron durante un par de horas, sin ni siquiera fijarse por dónde caminaban. Alejandro tenía muchas ganas de besarla, pero no estaba seguro de si sería demasiado pronto, y no quería arriesgarse a hacer algo que a ella no le gustara.

Habían terminado de dar un largo recorrido por las zonas aledañas a las islas, y ya estaban de nuevo cerca del Estadio Olímpico Universitario. De repente Ana miró el reloj en su celular.

—Ya son casi las once— dijo —. Creo que nos perdimos de lo mejor del concierto.

—Yo me la pasé mejor platicando contigo— dijo Alejandro; y lo decía en serio.

—Yo también— dijo Ana sonriéndole.

Estaban cerca de Insurgentes, cerca el uno del otro, y Alejandro decidió que si no se arriesgaba a besarla, se iba a arrepentir el resto de su vida. Estaba a punto de inclinarse sobre ella, cuando sonó el celular de Ana.

—Perdón— le dijo a Alejandro y después contestó —. ¿Bueno?… Ajá… En CU… Ajá… ¿Dónde?… Sí, ya sé dónde… Ajá… Deja veo, te mando un mensajito… O mejor te caigo, si puedo… Ajá… Bye.

Alejandro la miró expectante; no le gustaba cómo se había oído esa conversación.

—Oye— le dijo Ana —, ya es medio tarde para que te pague aquí tu chela.

—Ajá.

—Me acaba de hablar una amiga, que hay una fiesta en casa de uno de sus cuates. ¿Quieres acompañarme? Te puedo pagar tu chela ahí.

Alejandro sonrió; preferiría haber estado solo con ella, pero era mejor a que lo dejara para ir sin él.

—Claro; mi carro está aquí en el estadio, podemos ir en él.

—Va.

Se encaminaron al estadio, y cuando bajaban las escaleras del paso peatonal de Insurgentes, Ana lo tomó de la mano. Alejandro siguió caminando como si nada, pero su corazón le latía rapidísimo y su cerebro trabajó furiosamente tratando de decidir qué hacía… hasta que lo detuvo y se dijo a sí mismo: “deja de pensar”.

Dejando de pensar bajó un escalón más rápido que Ana y, sin soltarle la mano, se puso frente a ella. Con la ayuda del escalón era más alta que él, así que se puso de puntas y, poniendo su mano libre sobre su cintura, la besó de la forma más tranquila y natural que pudo. Fue un beso rápido en los labios, que terminó saliendo casi como si estuviera jugando. Muerto de miedo, pero sin querer mostrarlo, la miró sonriendo.

Ella le puso la mano en el cuello, y jalándolo hacia su persona, lo besó con un beso más largo. Y más húmedo.

Ana lo miró con los ojos brillantes.

—Me estaba preguntando por qué no me besabas antes.

—Soy gay— dijo Alejandro.

Los dos muchachos se rieron y volvieron a besarse, acobijados por las sombras del cubo de la escalera peatonal. Después se separaron y siguieron caminando hacia el carro de Alejandro, que abrazó a Ana por los hombros y ella le pasó un brazo por la cintura.

Él estaba extático; un torrente de emociones lo inundaba. No recordaba haberse sentido tan feliz nunca… hasta que se acordó de una noche muy similar, casi dos años antes, donde se la pasó platicando durante horas con otra muchacha en un concierto…

De forma decidida bloqueó todo pensamiento relacionado con Elena; no quería que cosas del pasado le arruinaran ese momento. Pero no pudo evitar que una duda se formara en su mente, y le dijo a Ana:

—Oye…

—¿Dime?

—No quiero sonar ridículo, ni nada por el estilo, pero… ¿significa todo esto que eres mi novia?

—¿Qué?— preguntó, incrédula, Ana.

—Sí— dijo Alejandro, notando que no podía evitar ruborizarse —, sólo quiero saber si estás aceptando implícitamente que eres mi novia. Oficial.

Soltándolo y deteniéndose Ana comenzó a reír.

—¿Hablas en serio?— preguntó ella.

—Sí— dijo Alejandro, que se daba cuenta de que se había puesto rojo hasta las raíces de sus cabellos.

—¿Me estás preguntando si quiero ser tu novia?— volvió a preguntar, botada de la risa, Ana.

—Sí— contestó Alejandro, que quería que le contestara. Quería que quedara claro, explícito y tan oficial como pudieran hacerse esas cosas.

—Eres muy lindo— dijo Ana tomando la cara de él entre las suyas y besándolo, sin dejar de reír —. Nadie me había preguntado si quería ser su novia desde sexto de primaria.

—¿Y entonces?— preguntó Alejandro, sin quitar el dedo del renglón.

—Sí— dijo ella, esforzándose en parecer seria—, quiero ser tu novia.

Y lo besó algo más apasionadamente de como se habían estado besando.

—¿Pero por qué lo preguntas? Digo, ¿no es obvio?

—No, no es obvio— dijo él, sintiéndose ya menos avergonzado —. ¿Qué tal que sólo quieres gozar de mis atributos físicos?

—Mmmh. ¿Eso significa que no puedo gozar de tus atributos físicos?

—No; son todos tuyos. Sólo espero que no sea lo único que te importe.

—Ay; pobrecito— dijo Ana riendo —. ¿Te han usado sin que les importara tu corazoncito?

—Sí— dijo dramáticamente Alejandro —; todas son iguales. Excepto las que son peores.

Los dos muchachos se volvieron a reír y a besar, esta vez Alejandro abrazándola fuerte. Después emprendieron de nuevo la marcha hacia su carro, abrazados. Y Alejandro pensó que, ahora sí seguro, estaba más feliz que en cualquier otro momento de su vida.

Una vez dentro del carro Alejandro se disponía a encenderlo, pero se detuvo de improvisto. Pensó en lo apropiado o no de preguntarle lo que quería preguntarle, y dudó por un instante si hacerlo. Al final tuvo valor y lo dijo:

—¿Segura que quieres ir a esta fiesta?

—¿Perdón?— preguntó Ana.

—Sí; ¿no quieres que vayamos a otro lado?

Ana lo miró inquisitiva.

—Sí— explicó Alejandro —; a un lugar donde podamos estar solos. Tú y yo.

—¿Y como qué lugar se te ocurre?— preguntó Ana suspicaz.

—No lo sé… ¿mi casa?

Alejandro nunca había metido una chava de contrabando; siempre que había llevado muchachas a su recámara había sido mientras sus padres no estaban. Que a veces hubieran tenido que salir huyendo por la ventana era otra cuestión. Pero estaba seguro de que si Ernesto podía meter una chava de contrabando, entonces él también.

Ana lo miró tiernamente y lo besó.

—Es muy pronto— dijo dulce, pero decididamente.

—Ah— dijo Alejandro.

—¿Te molesta?

—No; no, no me molesta.

Mentira; sí le molestaba. Su parte racional comprendía que no había motivo para estar molesto, y de hecho pensaba que era terriblemente injusto que lo estuviera. Pero lo estaba.

Pero se controló y añadió:

—Digo, sí me gustaría. Pero tienes razón, es muy pronto. No hay ninguna prisa.

Y, con algo de esfuerzo (realmente no mucho), le sonrió. Ella volvió a besarlo y puso su mano sobre la suya, que estaba en la palanca de velocidades.

—Vamos a la fiesta. Conoces a mis cuates, que seguro a algunos ya has visto por el CCH, y te aseguro que nos la vamos a pasar bien. Vas a estar conmigo— dijo sonriendo, y besándole la mejilla.

—Vamos pues— dijo Alejandro.

Era un cambio, ciertamente, de Elena y Mayra, e incluso de cierta manera de Angélica. Y pensó que, tal vez, no fuera tan mala idea no ponerse a coger de inmediato. Ana le gustaba, y mucho, y no sólo físicamente; la pasaba bien a su lado y era muy agradable platicar con ella. El sexo llegaría cuando tuviera que llegar; al menos no se había puesto como Angélica de que no habría nada hasta que se casara.

Y la idea de que Ana tal vez sería la primera muchacha a la que realmente le “haría el amor” lo emocionó. Sonrió de nuevo, mucho más sinceramente, y repitió:

—Vamos pues. ¿A todo esto dónde es?

Ana le dijo y Alejandro (después de titubear un poco; se movía mejor en transporte público) encendió el carro y salió rumbo a la fiesta. Durante el camino él y Ana siguieron platicando, y riéndose mucho, porque los dos estaban de buen humor.

Por fin llegaron a la fiesta, que era un fraccionamiento de casas no muy grandes. Estacionaron el carro y caminaron hacia la casa, tomados de la mano, y sonriendo como dos idiotas.

Justo en ese instante, Érika tocaba la puerta del baño de la planta baja de dicha casa:

—Elena, ¿estás bien?

—Voy a vomitar— sonó la voz de la muchacha dentro del baño.

—Hazlo, yo creo que te hará bien.

Érika volteó a mirar a Ernesto que, recargado en un sillón cerca de ahí, le daba un toque a un churro de mota. Al ver la mirada de su novia preguntó:

—¿Qué?

—Elena se siente mal.

—Se fumó un churro completo la atascada, al mismo tiempo que se tomaba medio litro de vodka. No me extraña que se sienta mal. Déjala vomitar; le hará bien. ¿Por qué no entras al baño y le ayudas a sostener el pelo o algo así?

—Ay no, qué asco.

En ese momento oyeron cómo Elena hacía los desagradables sonidos de alguien que está tratando de vomitar.

—¿Y ora?— preguntó Érika.

—No puedo vomitar— contestó Elena.

—Métete un dedo— sugirió la primera.

—¿Qué pasó?— contestó albureramente la segunda.

Érika se rio, sorprendiéndose de que Elena conservara algo de su sentido del humor. No recordaba haber visto a nadie tan jodido emocionalmente nunca en su corta vida.

La fiesta se desarrollaba en la sala, que estaba al lado de la entrada principal de la casa, detrás de un jardincito que daba a la calle. El baño estaba en la parte de atrás, separado además por un pequeño estudio donde estaban Érika y Ernesto. El sonido de la música y los chavos en la fiesta hablando a gritos y riendo les llegaba medio apagado, porque el estudio tenía una puerta.

Mientras Érika trataba de vomitar (cosa difícil porque no había comido casi nada en el día), Alejandro y Ana tocaron a la puerta. Para sorpresa del primero, el dueño de la casa (o el hijo de los dueños de la casa) resultó ser nada más y nada menos que el Cacotas, el cuate de él y Ernesto que muchas veces les conectaba mota.

—¡Alejandro!— exclamó alegre al verlo, y al saludarlo lo jaló hacia sí y le dio un abrazo —, ¡qué milagro!

Cuando el muchacho (que estaba evidentemente pedo, o moto, o ambos) vio a Ana, reaccionó casi con la misma efusividad, y ciertamente con casi las misma palabras y gestos.

—¡Anita!— gritó abrazándola y besándola en la mejilla —, ¡qué milagro!

—Hola Carlos— dijo muy propia, pero alegre, Ana; a Alejandro por alguna razón le gustó descubrir que no le decía “Cacotas”.

—¿Qué hacen ustedes dos juntos?— preguntó Carlos (alias el Cacotas) —, no sabía que se conocieran.

—Ana casi me rompe la nariz hoy— dijo sonriendo Alejandro.

—Y lo compensé haciéndolo mi novio— dijo abrazándolo Ana.

—¡Órale!— dijo sinceramente alegre Carlos… aunque siendo justos se hubiera alegrado de que volara una mosca —, ¡qué chido! Sí, creo que Ernesto me platicó de que te habían pegado en las canchas hoy.

Alejandro frunció ligeramente el ceño; Ernesto había estado toda la tarde con él.

—¿Cuándo platicaste con Ernesto?— preguntó.

—Hoy; cayó aquí a la fiesta con su chava y otra reina que no conozco.

—Órale, qué cagado— exclamó Alejandro, y volviéndose hacia Ana le preguntó —. ¿Quieres conocerlo a él y a su novia? Es mi mejor amigo.

—Lo vi en las canchas, pero no nos presentaron. Y no conozco a su novia.

—¿Dónde está?— le preguntó a Carlos.

—Detrás de esa puerta está un estudio— le contestó señalándosela —, y más al fondo el baño. Se fueron él y su novia a acompañar a la otra chava, porque se estaba sintiendo mal. Que no me extraña; nada más llegó y apirañó un churro para ella solita, y se puso a beber como cosaca.

Un mal presentimiento se asentó en la boca del estómago de Alejandro, y se arrepintió de haberle dicho a Ana que le quería presentar a Ernesto.

—¿No vamos?— preguntó Ana.

—Sí— dijo él, confortándose con la idea de que él no había hecho nada malo.

Los dos entraron al estudio, donde vieron a Érika con la oreja casi pegada a la puerta del baño.

—¿Alejandro?— sonó la voz de Ernesto a espaldas de él y Ana.

Alejandro y Ana se dieron la vuelta para ver a Ernesto, que estaba recargado en la pared de la puerta del estudio. Justo cuando le daban la espalda al baño, salió de él Elena, que ya se había hartado de tratar de vomitar durante casi diez minutos.

Lo primero que entró en su campo de visión (ligeramente nublado por la mota y el alcohol) fue a Alejandro, Ana, y los dos tomados de la mano. Inmediatamente regresó al baño azotando la puerta, y ahora sí no tuvo el menor problema para vomitar, aunque su estómago estuviera casi vacío.

Al oír el escándalo que hacía Elena al vomitar su bilis, Alejandro frunció el ceño.

—¿Quién está ahí?— le preguntó sin poder contenerse a Érika, que era la más cercana al baño.

—Una amiga— contestó Érika con una cara que no podía ocultar su preocupación.

—Érika— dijo rápidamente Alejandro ocurriéndosele una idea —; ésta es Ana, mi novia.

Un particularmente desagradable sonido de regurgitación se oyó detrás de la puerta en cuanto Alejandro dijo esto. Ignorando el mismo Ana se acercó a Érika y las dos muchachas se besaron en la mejilla, diciendo “mucho gusto”.

Aprovechando esto Alejandro se acercó a su amigo y con voz baja le preguntó:

—Güey, ¿es Mayra la del baño?

Ernesto lo miró sin comprender durante medio segundo, pero de inmediato recuperó la compostura.

—Sí, es Mayra— dijo también susurrando —. Así que en cuanto puedas saca a Ana de aquí; Érika y yo nos encargamos de ella.

—Gracias— contestó Alejandro, y dirigiéndose de nuevo a Ana le dijo —; y éste es Ernesto.

—Hola— le dijo sonriente Ana alejándose del baño y besándolo en la mejilla.

Varios tosidos llegaron del baño, donde Elena por fin había terminado de soltar hasta cualquier idea del desayuno que pudiera tener en el estómago.

—¿Está bien tu amiga?— preguntó preocupada Ana a Érika.

—No, se peleó con su güey— inventó ella —; pero no se preocupen: vayan a la fiesta, nosotros aquí la cuidamos. Ya luego nos platican cómo se hicieron novios.

Un gemido y llanto comenzaron a oírse detrás de la puerta del baño.

—¿Segura?— preguntó Ana —. Alejandro tiene carro; igual y podemos llevarla a su casa o algo así.

—¡No!— dijeron al unísono Ernesto y Érika, y por poco también Alejandro, pero por suerte se contuvo. Ernesto continuó —. No, de verdad, no te preocupes. Ya nos ha hecho otras de este estilo antes; sabemos cómo manejarla.

—Bueno— dijo Alejandro tomando a Ana de nuevo por la mano —; entonces nosotros vamos a la fiesta. Cualquier cosa échenme una llamada al celular.

Y lo más naturalmente que pudo sacó a Ana de ahí, que se despidió de Érika y Ernesto agitando la mano.

—Eso estuvo bizarro, ¿no?— le preguntó Ana a Alejandro.

—Érika tiene muchas amigas re locas.

—Se oía mal la chava; pobrecita.

Nada más abandonaron el estudio y cerraron la puerta, Érika entró al baño, donde Elena estaba llorando en cuclillas junto a la taza del baño.

—¡Soy una pendeja!— repitió por enésima ocasión en la noche. La visión de Alejandro y Ana tomados de la mano, además del golpe de haberlo oído presentarla como su novia, habían conseguido borrar la mayor parte de los efectos de la mota y el acohol; así que estaba de nuevo básicamente como Ernesto y Érika la habían hallado en las islas.

—Elena— le dijo Érika —, tenemos que sacarte de aquí.

—¿Por qué?— preguntó la lagrimosa muchacha.

—No quieres que Alejandro te vea así, ¿o sí?

—No.

—Ándale entonces; lávate la cara y medio componte el pelo y nos salimos sin que nadie nos vea, ¿sale?

—Está bien.

Érika salió del baño, cerró la puerta detrás de ella y dijo:

—Chale.

—¿Qué?— preguntó Ernesto, que encendía su churro después de que se le hubiera apagado durante la confusión.

—Que Ana sí es imposiblemente bonita.

Mientras tanto Alejandro y Ana se habían aplastado en un sillón individual en la sala, ella en las piernas de él, y platicaban riéndose. Ana había conseguido un vaso con algún tipo de bebida alcohólica, y alguien les roló un churro. Ella le dio un rápido toque y se lo ofreció a Alejandro, que negó con la cabeza.

—No fumo mota cuando manejo— dijo simplemente.

—¿Y eso?— preguntó Ana.

Alejandro procedió a contarle de la vez que había perdido dos horas de su vida de las cuales no podía acordarse.

—Ah— dijo ella —. ¿Entonces tampoco vas a beber?

—No; no te pondría en peligro por nada del mundo.

Ella sonrió y lo besó, un poco más lenta y sensualmente de como lo había estado haciendo durante la noche. Al parecer la mota y el alcohol la afectaban de forma muy agradable. Después lo miró y funció ligeramente el ceño.

—¿Entonces no te voy a poder invitar tu chela?

—Me la invitas después.

—O te puedo pagar el balonazo de otra forma— dijo pícaramente Ana y comenzó a morderle la oreja.

—Creí que decías que era muy pronto— dijo Alejandro, medio en broma.

—Es muy pronto para ciertas cosas— dijo ella, con los ojos brillantes.

Elena mientras tanto terminó de lavarse la cara; entre eso y el océano de lágrimas que había derramado durante la noche habían causado que el rímel (que era el único maquillaje que usaba) le hubiera desaparecido. Se miró en el espejo del lavabo, y observó que se veía de la chingada. De por sí le parecía que no podía competir en lo bonita con Ana; en ese estado menos.

Pero entonces algo ocurrió en su cerebro, y decidió que no importaba que Ana fuera más bonita; ella conocía más y mejor a Alejandro, compartían muchos gustos similares, platicaban entre ellos como con nadie más, y además (en algo tenía que contar) ella lo había desvirgado. Y Elena estaba segura de que podía cogerse más rico a Alejandro que Ana. Cómo chingados no.

¿De verdad iba a permitir que una pinche vieja advenediza llegara y se lo quitara sólo porque tenía una cara bonita?

—Ni madres— se dijo a sí misma en el espejo, y una férrea determinación se apoderó de ella.

La Noche del Alacrán: 12

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12

Ernesto y Érika estaban recostados en el pasto, platicando y besándose de vez en cuando.

—¿Te quedas hoy en mi casa?— le preguntó él.

—¿Me vas a meter de nuevo de contrabando?

—Lo dices como si te metiera dentro de una caja de huevos Bachoco.

—¿Por qué no te quedas mejor en la mía?

Ernesto la miró suspicazmente.

—¿Es una pregunta capciosa?

Érika se rio alegremente.

—No, tontito; mis papás van a ir a Oaxtepec mañana temprano, y si tocan a la puerta de mi cuarto en la mañana siempre te puedes meter debajo de la cama. Ándale; sería divertido. Hacemos de desayunar, y comemos en la cama, y cogemos como conejos.

—La última parte me gusta— contestó Ernesto besándola.

En ese momento alguien en el escenario tomó el micrófono y comenzó a arengar a la multitud, preparándola para el concierto. Resultó que Ernesto y su novia estaban demasiado cerca de una de las bocinas, así que se levantaron y se encaminaron al fondo de las islas, buscando más privacidad y menos ruido.

A lo largo del camino adivinaron por ciertos vistazos y ciertos sonidos el ambiente normal de las islas un viernes por la noche; parejitas aprovechando las sombras para estarse tocando sus partes. Érika y Ernesto no los molestaron; tenían pensado hacer exactamente lo mismo, nada más encontraran un lugar que estuviera (dentro de lo razonable) desocupado.

De repente Ernesto tomó a Érika por la cintura y poniéndola contra un árbol la comenzó a besar. Hasta que ella se separó de pronto y le puso la mano en la boca:

—¿Oyes eso?— preguntó con un susurro.

—¿Qué?— contestó susurrando a su vez Ernesto.

—Alguien está gimoteando.

—Érika— dijo Ernesto riendo, pero aún susurrando —; la idea de venir aquí es que te hagan gimotear.

—No, menso; alguien está llorando.

Ernesto aguzó el oído, y ciertamente oyó que alguien estaba llorando, no muy lejos de ahí. Poniéndose entre el origen del sonido y Érika, para protegerla si era necesario, Ernesto preguntó alzando la voz:

—¿Quién está ahí? ¿Están bien?

—Estoy bien, sólo déjame en paz— contestó una voz femenina ahogada en lágrimas.

—¿Elena?

—¿Ernesto?

Ernesto sacó su celular y se iluminó a sí mismo.

—¿Dónde estás, qué tienes?

—Estoy bien viejo; sólo vete y déjame.

—¿Elena?— llamó Érika, que se interesó de inmediato en el chisme, además de que sí le preocupó cómo se oía Elena —, ¿qué tienes? ¿Alguien te hizo algo?

—Estoy bien— contestó la muchacha, que seguía escondida en las sombras de los árboles y la noche —. De verdad, no se preocupen.

—¿Por qué estás llorando?— preguntó Ernesto, comenzando a desesperarse de que no la veía; barrió el espacio a su alrededor con la luz de su celular, esperando encontrarla. Pero el celular iluminaba muy poco, y no la veía.

—No estoy llorando— dijo Elena, y aspiró los mocos ruidosamente.

—Elena, no mames— dijo Érika —, si te oímos desde allá; ¿qué tienes? ¿Te peleaste con tu novio?

En ese momento Elena empezó a llorar de nuevo y Ernesto, guiado por el escándalo, la encontró sentada junto a un árbol, llorando a moco tendido. Érika de inmediato se solidarizó y se acuclilló junto a ella.

—¿Qué tienes, qué te pasa?

Dando un alarido de dolor Elena la abrazó y se soltó a llorar como si el mundo se acabara. Ernesto las veía sin saber qué hacer, y ligeramente preocupado de que su noche de sexo podía irse rápidamente al carajo si tenían que cuidar de Elena. Pero primero pensó en el aspecto práctico.

—¿Alguien te hizo algo? ¿Quieres que vaya por una patrullita de Auxilio UNAM?

Elena, que al parecer no podía hablar, sólo negó con la cabeza.

—¿Segura? Elena, si alguien te hizo algo hay que avisarle a la gente de seguridad; ¿qué tal si le hace algo a alguien más? O que tal que…

—¡Fue el pendejo de tu amigo!— estalló Elena.

Ernesto y Érika se miraron; el primero sacado de onda, la segunda impresionadísima.

—¿Alejandro te molestó?— preguntó, incrédulo, Ernesto.

—Cómo crees, mi vida— le dijo su novia —; lo que pasa es que esta pendeja por fin se dio cuenta de que está enamorada de Alejandro, y le ha de haber oído decir que iba a ver a una nena aquí.

—Fue peor— dijo Elena, aún moqueando —; la conocí.

—¿Está guapa?— preguntó, chismosa, Érika.

—¡Es imposiblemente bonita! ¡Y simpática!

—Ay, pobrecita— dijo sinceramente conmovida Érika abrazando a Elena.

—¡Soy una pendeja!

—Ya, ya.

Ernesto se quedó donde estaba, todavía más sacado de onda.

—¿Pero qué le ve todo mundo a esa vieja?— preguntó, extrañado.

—¡Cállate!— gritaron las dos chavas al unísono.

Ernesto frunció el ceño.

—Elena— dijo —, ¿qué hay de tu novio?

—Tronamos hace unos días— dijo Elena limpiándose los ojos con las mangas de su suéter.

—¿Cómo es que Alejandro no sabía? Lo oí mencionarlo ayer.

—No quería decirle porque pensé que volvería a tratar de andar conmigo.

Y al darse cuenta de lo que acababa de decir Elena volvió a estallar en lágrimas.

—Vente— le dijo Érika jalándola del brazo —vamos a llevarte a tu casa.

—¡No! ¡Necesito alcohol! ¡O mota! ¡O alcohol y mota!

Ernesto comenzó a sonreír.

—Eso sí sé cómo resolverlo— dijo.

Érika lo miró enojada, y se volvió de nuevo a Érika.

—¿Estás segura?

—Viejo, imagínate que el chavo que has querido durante años anda tras tus huesos casi todo ese tiempo y tú lo rechazas porque crees que puedes perderlo, y cuando por fin te das cuenta de que estás con el güey equivocado y terminas con él sin comprender de que con quien realmente quieres estar es el primero, y no te enteras hasta que conoce a una chava más guapa, más simpática, y menos lorenza que tú. ¿No querrías ponerte bien peda?

—Alcohol y mota es entonces— dijo, decidida, Érika.

El Luchador

El viernes en la noche fui con mis cuates a ver The Wrestler. Se aplican las advertencias de spoilers de siempre.

The Wrestler

The Wrestler

The Wrestler es una película muy simple. Es la historia del luchador de lucha libre Randy “The Ram” Robinson (Mickey Rourke) que veinte años atrás era la sensación del cuadrilátero, apareciendo en las portadas de revistas y llenando el Madison Square Garden. Ahora es un patético hombre en sus cincuentas, que sigue pintándose el pelo largo, inyectándose esteroides y bronceándose para poder seguir participando en luchas de tercera o cuarta categoría en escuelas y gimnasios pequeños. El tipo vive en una casa camper (rentada) y en la pobreza.

También es una película increíblemente predecible; nada más un doctor le dice, después de tener un ataque cardíaco, que ya no podrá volver a luchar, y uno sabe exactamente cómo va a terminar la película.

Pero eso no es lo importante de The Wrestler, me parece; lo importante es la impresionante y conmovedora actuación de Rourke como The Ram, que hace completamente verosímil a un patético hombre que en realidad nunca dejó de ser adolescente, que es incapaz de mantener una relación con su única familia (su hija, la bellísima Evan Rachel Wood), y que busca una relación con una desnudista (la todavía hermosísima Marisa Tomei). The Ram, con todos sus defectos, es un profesional de su deporte (que, obviamente, la lucha libre es un deporte; el hecho de que todas las peleas estén coreografiadas no tiene nada que ver en el asunto), respeta y adora a sus fans, que a su vez lo siguen idolatrizando (los que se acuerdan de él), sus compañeros luchadores (incluyendo los jóvenes) lo respetan y miran como una leyenda, y además es un tipo encantador. Y todo eso es posible creerlo gracias a la actuación de Rourke, posiblemente la mejor que haya dado en su vida.

Es una película triste, pero muy divertida en varias partes, y con altos grados de patetismo por parte de un pobre viejo cuyo cuerpo ya no le sirve para seguir haciendo lo que ha hecho toda la vida, y que probablemente es lo único para lo que es bueno.

A mí nunca me ha gustado la lucha libre; y no tiene que ver con que las peleas sean falsas: de cualquier forma las coreografías que realizan los luchadores es un espectáculo y un deporte (si no es que un arte) por sí mismo. Supongo que es la misma razón que no me gustan las telenovelas; reconozco su potencial atractivo, sólo no es de mi particular gusto. Pero esta película además muestra lo que no suele aparecer relacionado a las luchas; la camaradería de los luchadores, cómo se ponen de acuerdo en realizar el espectáculo, y cómo funciona el negocio del mismo.

La película vale la pena nada más por la actuación de Rourke; pero además es muy buena, y muy divertida si les gusta el humor negro y no se sienten incómodos con varias escenas sangrientas y violentas.

Así que váyanla a ver.

La Noche del Alacrán: 11

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11

Alejandro se quedó un par de segundos como estúpido, hasta que pudo recuperar el habla y dijo:

—¿Qué haces aquí?

Elena frunció un poco el seño.

—Me gustan los toquines— dijo, y sonriendo de nuevo, pero ahora pícaramente, agregó —; nos conocimos en uno… ¿o ya se te olvidó?

Alejandro miró a su alrededor por si veía a Ana.

—No— dijo al no verla cerca de ahí —; sólo me sorprendió verte.

—¿Y tú? ¿Por qué no me llamaste para decirme que vendrías? ¿Vienes solo?

—Vine con Ernesto y Érika… y Mayra…

—¿Te cae?

—La invitó Érika, pero como me invitó a mí una chava agarró la onda y se fue por su lado cuando llegamos.

—¿Perdón?

—Sí, agarró y se fue…

—No, menso; ¿te invitó una chava?— Érika volvió a sonreír pícaramente —, ¿una galana?

—Pues es la idea— contestó Alejandro, que siempre sentía que Elena se burlaba descaradamente de su vida emocional.

—Ooooooh— dijo la muchacha —; ¿y quién es la Loba?

—No te he hablado de ella; la conocí hoy.

—¿Hoy?

—Sí; hoy. En la tarde.

—¿Cómo la conociste?

—Jugando básquet; me dio un balonazo en la nariz y me dijo que me invitaba una chela aquí en el concierto para disculparse.

—¿Te dio un balonazo en la nariz?

En ese momento Alejandro vio a Ana unos cuantos metros más adelante. Parecía estar buscando a alguien, y notó con gusto que la muchacha se había arreglado bastante… eso o era que él de por sí la veía bonita.

—¡Ana!— gritó agitando la mano.

La muchacha dio media vuelta, y a Alejandro le dio el corazón un vuelco cuando la muchacha sonrió alegre de verlo. Se acercaron el uno al otro y se saludaron con un beso en la mejilla.

—Hola— dijo ella, sonriendo, al parecer sinceramente alegre de verlo —te estaba buscando antes de llamarte por celular.

—Yo también— dijo Alejandro.

Y se quedaron callados un par de segundos antes de echarse a reír, como dos idiotas, sin ningún motivo. En ese momento Alejandro notó que Elena se había acercado calladamente, y que (de forma ligeramente descarada) estudiaba a Ana.

—Ella es Elena— dijo Alejandro, presentándolas —, una amiga que me acabo de encontrar aquí. Elena, ella es Ana.

Las muchachas se saludaron con un beso en la mejilla y un “hola”.

—¿También te gustan estos conciertos?— le preguntó Ana a Elena.

—Sí— contestó ella, y miró pícaramente a Alejandro —; generalmente me pasan cosas chidas en ellos. Me comentaba Alejandro que te conoció porque le azotaste un balón de básquet.

—Sí— dijo Ana poniendo cara apenada y tomando a Alejandro por el brazo —, perdónanme de nuevo.

—No te preocupes— dijo Alejandro sonriendo, sintiendo muy chido que Ana le tocara el brazo y (más importante aún) que no lo soltara de inmediato. Elena no apartó sus ojos de la mano de Ana hasta que lo hizo.

—Bueno— dijo Elena —; me voy a buscar a mi novio.

Alejandro y Ana se despidieron de ella con rápidos besos en la mejilla, y se alejaron platicando. Él no se dio cuenta, pero Elena se les quedó mirando hasta que desaparecieron entre la multitud, que seguía creciendo.

—¿Quieres que te invite tu chela ahorita?— dijo Ana sonriendo.

—Mejor al ratito, ¿no? Ahorita yo digo que nos sentemos en alguna isla, en lo que empienza el concierto.

—Va.

Comenzaron a caminar hacia una de las islas, sin decirse nada. Lo que le dio mucho gusto a Alejandro era que no se sentía incómodo en absoluto estando en silencio con ella; y ella tampoco parecía molestarle.

—¿Estudias también en el CCH?— preguntó Alejandro.

—Sí; estoy en quinto semestre.

—¿De verdad?— preguntó Alejandro sorprendido —; qué loco, yo también, y nunca te había visto.

—¿No me habías visto?

—Me acordaría de haberte visto; eres muy bonita.

El piropo se le salió sin que se diera cuenta; pero cuando vio que ella se sonrojaba un poco y sonreía se alegró de haberlo dicho.

—Gracias. Yo sí te había visto.

—¿En serio? ¿Dónde?

—En las canchas. Jugando básquet generalmente, aunque de vez en cuando con la bola de tu amigo.

—¿Cómo es posible que no te viera entonces?

—No lo sé; a lo mejor estabas concentrado jugando. Yo creo que sí, porque generalmente juegas muy bien; no sé qué te pasó hoy— Ana sonrió al decir esto, y lo miró a los ojos. Alejandro no podía creer que Ernesto no viera lo bonita que era; se le cortaba un poco la respiración cuando le sonreía.

—Estaba distraído— dijo sonriendo también.

—¿Con qué?

—Contigo; ¿no te digo que estás muy bonita?

Habían llegado a una isla sin mucha gente, y se sentaron sobre el pasto ligeramente frío. Ella se sentó mucho más cerca de él de lo que esperaba, pero no le molestó en absoluto. Se estaba sintiendo muy cómodo con ella, hasta que dijo:

—¿Y ya decidiste qué carrera vas a elegir?

La sonrisa de Alejandro se desvaneció lentamente. No era justamente de lo que tenía pensado hablar con Ana esa noche.

—No, aún no— le dijo, y de repente, sin poder contenerse comenzó a hablar —. Y mis papás y amigos están jode y jode con que elija, y yo la verdad no tengo ni la más remota idea de lo que quiero estudiar en la licenciatura. Y ya sólo faltan unos días y me da un pánico enorme elegir ahí, en la cola, y luego descubrir que cometí un error garrafal, y entonces…

Se quedó de repente callado, porque comenzaba a sentir ese pánico del que había empezado a hablar. Ana lo había escuchado abrazando sus propias rodillas, y cuando se quedó callado le puso una mano sobre la pierna, en un gesto simple pero sorprendentemente tierno.

—Tal vez sólo te cuesta porque tienes mucho de dónde elegir.

—¿Perdón?— preguntó Alejandro, que experimentaba una combinación extraña de sentimientos; su pánico con lo referente a la elección de carrera, vergüenza de haberse desahogado tan de golpe con Ana, alegría y asombro de que ella le hubiera puesto la mano en la pierna…

—Sí— continuó Ana, sin quitar su mano —; por lo que he oído eres muy listo en todas las materias que tomas, entonces supongo que te cuesta elegir carrera porque es posible que puedas ser bueno y te gusten varias de las alternativas, y…

—¿“Por lo que he oído”?— la interrumpió, incrédulo, Alejandro. Ana se ruborizó de nuevo, lo cual la hacía verse, por difícil que pareciera, todavía más bonita.

—Gerardo— dijo ella —, uno de los chavos con los que estábamos jugando hoy, es cuate mío y toma varias materias contigo. Me comentó que siempre participas, y que entiendes todo, y que sacas diez siempre.

—No saco diez siempre— dijo Alejandro, sintiéndose extrañamente avergonzado… y técnicamente era verdad; tuvo un nueve en su primer semestre porque un profesor no lo aguantaba.

—Bueno— continuó ella —, pero el punto es que eres bueno en casi cualquier cosa que te propongas. Si yo fuera así supongo que también me costaría elegir, teniendo tantas opciones. Quiero decir; muchos chavos saben que más les vale no pedir ciertas carreras porque su promedio, o que se han retrasado, hace casi imposible que los acepten. O los mandan a Acatlán o cosas por el estilo. Así es más sencillo poder elegir. Pero tú en cambio es casi seguro que te aceptarán en cualquier carrera que elijas; y como al parecer no te cuesta ningún área entonces tienes un abanico de posibilidades demasiado amplio. A mí también me costaría elegir en esas circunstancias.

Alejandro la miró; nadie le había hablado así de la elección de carreras, en general todo mundo sólo lo había estado chingue y chingue al respecto. Excepto Elena; pero ella porque parecía que no le interesaba hablar de eso. Al menos no había hablado con él de ello.

—¿Tú qué vas a elegir?— preguntó Alejandro.

—Medicina.

—¿De verdad?

—Sí.

—Órale.

—¿Qué?

—Nada… es que he oído que es muy difícil. No sólo las materias, sino la vida como estudiante de medicina. Que no duermes, y que es de que al primer error te corren, y que luego si de verdad quieres hacer algo interesante son varios años de carrera y luego otros tantos de especialización.

—Sí, más o menos así es.

—¿Cuándo te decidiste?

—Cuando tenía seis años.

Alejandro la miró asombrado.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Y cómo fue que a los seis años decidiste estudiar medicina?

Ana se quedó callada un momento, como pensando si decirle o no, así que Alejandro añadió:

—Si no es problema que pregunte, claro.

—Mi papá me estaba llevando a la primaria un día cuando chocamos contra un camión que llevaba varillas. Fue culpa de mi papá, que venía jugando conmigo, y una de las varillas rompió el parabrisas y lo atravesó por el pecho completamente. Yo sólo me lastimé el pecho al llevar el cinturón de seguridad, y eso me sacó todo el aire e hizo que me medio desmayara. Cuando abrí los ojos mi papá había perdido la consciencia, y la varilla que atravesaba su cuerpo salía de la parte de atrás del asiento, chorreando sangre. Yo estaba segura que estaba muerto, y traté de quitarme el cinturón para acercarme a él y tratar de hacer algo, pero por la histeria no pude.

Alejandro estaba callado, sin tener ni puta idea de qué decir o hacer. Así que sólo continuó oyendo a Ana:

—En ese momento llegaron los paramédicos, y te lo juro que fue como en las películas; me sacaron del carro rompiendo el cinturón, y luego llevaron unas pinzas especiales con las que cortaron la varilla mientras otra mujer chiquita chiquita pero increíblemente hábil atendía a mi papá en el asiento. Luego lo movieron del carro a una camilla, donde lo pusieron de lado porque no querían sacar la varilla, y lo metieron a una ambulancia. Ahí me pusieron también, y nos llevaron al López Mateos en Avenida Universidad. La mujer súper hábil me abrazó todo el camino y en el hospital me acompañó mientras revisaban que estaba bien, y se quedó conmigo hasta que llegó mi mamá medio histérica al hospital. Yo estaba al lado de mi mamá cuando llegó un doctor a decirle que la varilla había pasado cerquísima del corazón de mi papá, y que lo estaban operando pero que la cosa no se veía bien. Yo le pregunté que qué le pasaba a mi papá, moqueando como la niña que era, y el doctor, que era joven y muy guapo, y nos miraba a mi mamá y a mí con decisión, pero también con compasión y ternura, se puso de cuclillas y me explicó exactamente, pero con la sencillez necesaria para que le entendiera, cuál era el problema y cómo pensaban arregarlo. Fue un desmadre larguísimo; operaron a mi papá como tres veces, y hubo varias semanas en las que fue de que no sabíamos si iba a vivir o no.

Entonces la expresión de Ana se iluminó.

—Pero mi papá era (todavía es, para su edad) muy fuerte, y los médicos que lo atendieron muy buenos, y se recuperó completamente. Y ahí fue cuando supe que tenía que ser cirujana. Del corazón, si puedo.

Alejandro la miró, con la boca semi abierta del asombro. Asombro de la historia que acababa de oír, y de que se la hubiera contado con menos de un día de conocerlo.

—¿Sabes?— le dijo Ana, ruborizándose de nuevo un poco y mirándolo —. Jamás le había contado esto a nadie tan pronto. En general lo platico tras mucho tiempo de conocer a alguien. Cuando lo platico.

—¿Por qué me lo contaste a mí?

—No sé. Siento que puedo confiar en ti.

Madrid

Cuando supe que venía a estar tres meses en Barcelona, me quedó claro de inmediato que tenía que ir a visitar Madrid un fin de semana. Podría centrar todo alrededor de la necesidad de ver el Guernica, que ciertamente era muy fuerte; pero también tienen que ver las novelas del Capitán Alatriste (aunque Omar tuvo a bien recordarme que, probablemente, la ciudad habría cambiado algo desde el siglo XVII), El Prado, la Puerta de Alcalá y un montón de cosas que sencillamente tenía que ver. No porque no crea volver aquí a Europa (sin duda alguna volveré), pero un viaje relámpago de menos de 48 horas era posible sin lugar a dudas.

Guernica

Guernica

Originalmente pensaba tomar el tren en la noche de un viernes durmiendo en el viaje, llegar temprano a Madrid, pasear como loco un día, pasar la noche en la estación de autobuses o la de trenes, pasear como loco otro día, y regresar de nuevo a Barcelona durante la noche de un domingo. Suena pesado; pero sé que podía haber hecho eso.

Las Meninas

Las Meninas

Por suerte no fue necesario; mi cuate Eddie de aquí del curso resultó que también quería ir a Madrid, y quedamos de hacer juntos el viaje. Mejor aún; él tiene amigas en la ciudad, y una de ellas fue más que generosa y nos dio alojamiento durante una noche… y dormir en un sofá es como doce millones de veces que pasar la noche en una estación de autobuses. Eso lo sé por experiencia propia.

Las Lanzas

Las Lanzas

Me fui a pasar dos de los días más maravillosos que he tenido en Europa… que de por sí en general son de los más maravillosos que he tenido en mi vida. Las amigas de Eddie son la neta del planeta en bicicleta, y nos estuvieron paseando durante casi dos días por varios lugares de la ciudad. No sólo pude ver el Guernica (y , no pude evitarlo, lloré al verlo); vi Las Meninas y Las Lanzas de Velázquez, y muchas otras obras en El Prado y en el Reina Sofía. Sabía que sencillamente no tenía tiempo de ver todo lo que hay que ver; así que vi lo que más me interesaba, y traté de ver con calma una parte importante de cada museo, pero sin angustiarme de tratar de verlo todo.

Vi la Puerta de Alcalá, la Plaza Mayor, el Rastro, la Puerta del Sol, el Parque del Buen Retiro, la Plaza de Cibeles… y un montón de lugares más, que tal vez después con más tiempo describa, pero de muchos de los cuales seguro subiré las fotos cuando regrese a México. Y además (y creo que de hecho es más importante) lo hice en compañía de gente muy chida.

Pasaron muchas cosas en Madrid; me emborraché hasta el huevo en un bar donde el cantinero era un chileno cagadísimo; comí delicioso en ambos días; tomé vinos maravillosos; conocí gente; visité un montón de lugares de los cuales sólo había oído hablar en mi vida; y un montón de cosas más. Cada una de estas cosas probablemente merezca ser contada con lujo de detalles, pero estoy medio muerto (regresé hace un par de horas) y mañana comienza el segundo curso intensivo, así que sólo platicaré una.

El primer día (domingo) fuimos a comer a un restaurante muy chido, y nada más nos habíamos sentado en nuestra mesa una de las amigas de Eddie colgó su bolso de la misma. Debo especificar que esta encantadora muchacha es novia de un mexicano, y vivió siete meses en la Ciudad de México estudiando en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y se ganó para siempre mi corazón porque dijo que amaba a mi Ciudad.

Yo de hecho no lo vi, pero un tipo del restaurante tomó su bolso y se dirigió a la salida; por suerte una mujer que ahí comía sí lo vio y le tocó el hombro a mi amiga y le dijo que la estaban robando. En ese momento no lo sabía, pero dentro de su bolso iban sus credenciales, dinero, llaves; su vida entera, y ella lanzó una expresión que yo sólo pude calificar como mexicana: “ay, no”.

En ese momento me di la vuelta y grité “¡hey!”, y el tipo se lanzó a la carrera. Lo que siguió después es justo lo que no deben de hacer en este tipo de situaciones: me puse de pie y salí corriendo del restaurante gritando a todo pulmón que detuvieran al ladrón mientras lo perseguía.

En ningún momento me cruzó por la cabeza que (posiblemente) pudiera romperme la madre, que pudiera guiarme a un callejón u otro lugar donde hubiera amigos suyos que, además de romperme la madre, me robaran a mí mi pasaporte, dinero y papeles, o todo el tipo de escenarios que alguien como yo que ha vivido toda su vida en una Ciudad grande como la de México debería saberse de memoria si trata de sobrevivir en las calles. Yo sólo tenía el “ay no” de mi amiga en la cabeza, y la clara visión de que no debía dejar escapar al tipo.

Entonces ahí me tienen corriendo por las calles de Madrid a las tres de la tarde, persiguiendo a un ladrón y gritando a todo pulmón que lo detuvieran, mientras en general todo mundo se quedaba pasmado sin saber qué hacer.

Por suerte he estado haciendo ejercicio, incluyendo correr, así que fui acortando la distancia que me separaba del ladronzuelo, y yo creo que él se dio cuenta de que si seguían así las cosas no sólo lo iba a alcanzar; sino que probablemente lo hubiera tacleado cuando lo hiciera. Así que se detuvo y se dio la media vuelta.

Otra cosa que debo mencionar: yo no tenía ni puta idea de qué se había robado; sólo oí que el tipo había agarrado algo, y yo creí que le había robado la chaqueta a mi amiga. Cuando el tipo se dio la media vuelta comenzó a reclamarme a mí que él no había hecho nada, agitando su saco, que llevaba en la mano. El saco era obviamente de hombre, y además también estaba obviamente vacío (de hecho alcancé a tantearle los bolsillos). El tipo obviamente había hecho algo, porque nadie inocente se lanza a la carrera así en esas circunstancias, pero lo que yo supuse era que había tirado lo que se hubiera robado en algún momento mientras trataba de huir de mí.

En ese momento otro español se acercó corriendo, para hacerme el paro; el único que alcanzó a reaccionar a tiempo para hacerlo, pero yo ya estaba comenzando a darme cuenta de que no había mucho que pudiera hacer. Si hubiera atacado al ladrón (que además, repito, sinceramente no creo que yo tenga posibilidades de madrear a nadie, a menos que sea inválido o veinte años menor que yo), a lo mejor yo me metía en broncas: particularmente si no había ninguna evidencia de que hubiera hecho algo.

Así que dejé que se fuera (nos gritamos un par de cosas, pero creo que él estaba también bastante asustado de mí; por suerte no notó que probablemente yo estaba todavía más asustado que él), y regresé caminando al restaurante. Durante el trayecto varios madrileños me preguntaron si lo había agarrado; les dije que sí porque, bueno, técnicamente sí lo había hecho.

Al llegar al restaurante todo mundo estaba de pie, y mi amiga sonriente me mostró su bolso; el ladrón lo había soltado en el momento en que me levanté para perseguirlo. Nunca me di cuenta.

Después estuvimos riéndonos del asunto; pero creo que sí hice una soberana estupidez. Uno nunca sabe en este tipo de circunstancias, y en una de esas el tipo podría haber estado armado, o loco. O armado y loco.

Pero al final todo salió bien; nadie salió herido, mi amiga recuperó su bolso, y ciertamente me quedé con una muy buena historia (entre muchas varias) para contar de mi viaje a Madrid. Regresé hoy rendido, pero muy satisfecho de uno de los viajes más divertidos, interesantes, y (de forma medio involuntaria) emocionantes que he tenido.

Madrid es una ciudad maravillosa, y tengo que volver a ella un día. Con ladrones de bolsos o sin ellos.

La Noche del Alacrán: 10

Creative Commons License
La Noche del Alacrán escrita por Canek Peláez Valdés se distribuye bajo la licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-No Derivadas 2.5 Mexico.

10

Alejandro trató de no pensar mucho en Mayra, pero se le dificultaba por varias razones. En primer lugar seguía sintiéndose mal, pero no se le ocurría nada que pudiera hacer para redimirse con la muchacha… excepto tal vez andar con ella, y eso sin duda estaba descartado.

La segunda es que el recuerdo de sus encuentros sexuales lo asaltaban cuando las hormonas se le aceleraban… que solía ser en la mañana, al medio día, y en la tarde. Y todas las horas intermedias que pasaba despierto. Y a veces hasta dormido.

De hecho muchas veces estuvo a punto de llamarla, según él para disculparse; pero en el fondo sabía que sólo quería volver a coger con ella. Y entonces no la llamaba. Y se sentía mal también de pensar así; pero luego razonaba que no tenía nada de malo, y luego él mismo se decía que era ver a una muchacha únicamente como un objeto, y luego se decía que no mamara, que estaba exagerando. Y al final le dolía la cabeza, se masturbaba pensando en ella, y conseguía al menos dormir.

Así fue su vida respecto a Mayra hasta unos cuantos días antes del balonazo a su nariz y que Ana lo invitara al concierto; dos fines de semana antes de eso, Alejandro estaba baboseando en Perisur cuando se encontró a Mayra, de forma completamente inesperada.

La saludó y para su sorpresa ella ya no parecía enojada, así que le invitó un café en el Sanborn’s y platicaron largo y tendido. Él descubrió que seguía en general cayéndole mal, pero se sentía bien el poder disculparse y explicar cómo era que él había entendido las cosas. Ella pareció tomar su explicación bien, y ya cuando habían pagado y se iban a despedir, Alejandro dijo la pendejada:

—Me alegra poder haberme disculpado. Estaría chido que nos viéramos otro día.

Nada más decirlo, de nuevo se arrepintió de haberlo hecho. Mayra le sonrió, con un brillo medio extraño en los ojos.

—Me encantaría volver a verte— le dijo.

Y después lo besó en la mejilla y le dijo adiós. Él se quedó, una vez más, como un imbécil parado donde estaba. Inmediatamente le llamó a Ernesto para decirle la pendejada que había cometido.

—No te preocupes— le dijo Ernesto —; nada más no la llames. Yo creo que entenderá la indirecta.

Para el día del balonazo y el concierto Alejandro incluso había olvidado el asunto… hasta que vio a Érika bajarse del micro con Mayra detrás de ella.

—Güey— le dijo Alejandro A Ernesto, mientras las reinas se acercaban —, ¿qué hago?

—¿Huir?

—No mames.

—¿Por qué no le dices la verdad?

—Güey, ya hice llorar una vez a esta niña, y te lo juro que lo que menos quiero es volverlo a hacer.

—Contrario a lo que pudieras pensar— dijo Ernesto riendo —, a lo mejor es capaz de sobrevivir al tremendo choque.

—Tas bien pendejo.

No hubo tiempo de más conversación, porque Érika se acercó decidida a la puerta del copiloto, la abrió, y le dijo a Ernesto:

—Vente acá atrás conmigo, mi vida.

Fue tan rápido que Ernesto reaccionó por instinto y obedeció a su novia, mientras Alejandro lo miraba escandalizado. Pero se dio cuenta de que, realmente, no había nada que pudiera decir: lo más normal es que los novios se fueran en el asiento trasero si había un cuarto pasajero.

Mayra entró rápidamente al carro y le sonrió a Alejandro.

—Hola— le dijo.

—Hola— contestó Alejandro, y la besó en la mejilla cuando ella se inclinó.

—Hola Alex— dijo Érika.

—Hola— volvió a decir Alejandro.

—Hola Ernesto— dijo Mayra.

—Hola— contestó Ernesto.

Se quedaron callados unos cuantos segundos.

—Antes de irnos déjame comprar un chesco— dijo Ernesto de repente, y luego se dirigió a su novia —, ¿me acompañas?

—Claro— dijo Érika, y ambos bajaron del carro.

Alejandro vio incrédulo como su mejor amigo lo dejaba en el carro con Mayra. Ernesto tomó de la mano a Érika y caminó a un puesto de la calle.

—¿Por qué trajiste a Mayra?

—Me había contado que se encontró hace unos días a Alex, y que se tomaron un café, y que le había dicho que quería verla de nuevo.

Ernesto suspiró, pensando en la estupidez de su amigo.

—Estaba siendo educado— dijo —; Alejandro va al concierto porque lo invitó una chava que le gusta. En parte por eso te invité; probablemente nos abandone si se le hace con ella.

—No manches, ¿y qué va a pasar con Mayra?

—Pues no sé; justo por eso te saqué del carro, para poder explicarte todo.

—Yo pensé que querías dejarlos solos un momento.

—¡Verga!— exclamó Ernesto volteando a mirar el carro. Y como lo temía, Mayra ya estaba acariciando el pelo de Alejandro.

—¿Cómo has estado?— le preguntó Mayra a Alejandro mientras le acariciaba el pelo. Alejandro se estaba comenzando a sentir incómodo, pero no sabía cómo apartarse sin parecer grosero.

—Bien— contestó, y decidió que lo mejor era ser directo. Tomó la mano que le estaba acariciando el pelo y la puso entre las suyas —. Mayra; en vista de lo que pasó entre nosotros, quiero ser completamente honesto contigo. Al concierto me invitó una chava, que me gusta.

—Ah— dijo Mayra, y luego sonrió —. Qué mala suerte; yo sólo quería sugerirte que cogiéramos.

Alejandro se quedó sin habla unos segundos. Pinches viejas; todas estaban dementes.

—Ya me sacó Érika de mi casa— dijo Mayra, poniéndose algo seria —, y la verdad me da hueva regresarme. Si no te importa, déjame acompañarlos al concierto; te aseguro que cuando aparezca tu amiga me desapareceré.

—¿Segura? ¿No tienes problema con eso?

—Ya encontraré con quién coger por ahí— dijo tranquilamente Mayra, mirando por la ventana del carro.

Se veía particularmente sexy esa noche, y las hormonas de Alejandro lo hicieron dudar medio segundo. Tal vez un segundo completo.

—Gracias— dijo por fin, controlándolas —. Perdón; yo no tenía idea de que Érika te invitaría.

—No te preocupes. Me gusta que al menos seas honesto.

Ernesto y Érika volvieron a entrar, con refrescos para todos. Antes de que pudieran decir nada, Alejandro dijo:

—Bueno, ya que estamos todos listos; vámonos.

Arrancó y el carro y se encaminaron. Ernesto y Érika iban detrás sin saber exactamente qué decir, o hacer.

—Eh— balbuceó Ernesto —… ¿todo bien, ka?

—Todo perfecto.

Pasaron unos segundos en silencio. Alejandro podía ver por el espejo retrovisor que Érika estaba preocupada, pero como seguía ligeramente molesto de que lo hubiera emboscado invitando a Mayra no le dijo que todo estaba bien.

Dejaron el carro en el Estadio Olímpico Universitario y caminaron hacia las islas; la gente comenzaba a llegar, pero realmente no había muchas personas todavía. En el camino Alejandro y Ernesto se separaron unos pasos de Érika y Mayra, y el primero actualizó al segundo en cómo estaba la onda. No las podía oír, pero estaba seguro de que Mayra también le estaba explicando a Érika.

Varios grupos de chavos de distintas edades se encaminaban a las islas; cuando Alejandro, Ernesto, Érika y Mayra tuvieron a la extensión de pasto a la vista, pudieron observar que el escenario ya estaba puesto y que algunos técnicos andaban probando el sonido.

Las islas estaban con más gente de la común a esa hora, pero no llenas. Algunos grupos tomaban chelas o fumaban mota, e incluso un partido de futbol se desarrollaba en la enorme extensión de pasto con islas de árboles alrededor.

Los muchachos se detuvieron no muy lejos del escenario, ligeramente indecisos de qué hacer a continuación. Alejandro quería buscar a Ana, pero tampoco quería verse tan desinteresado en sus cuates, además de que quería asegurarse (o al menos eso se decía) de que Mayra estaría bien. La muchacha entonces le hizo un favor cuando les dijo a todos:

—Oigan, si no les importa me voy a dar un rolín a ver a quién me encuentro.

Y sin más se dio la media vuelta y se fue. Alejandro sintió una confusa mezcla de pena y alivio. Érika lo miraba con el ceño ligeramente fruncido.

—Oye— le dijo Alejandro —, no fue mi culpa.

—Ajá— contestó Érika —. Pinche Alex; te manchaste con mi mejor amiga.

—Sí, pero me disculpé; y no fue idea mía invitarla hoy.

—Hombres— dijo Érika girando los ojos, como si eso diera por terminada la discusión. Sin derecho a réplica.

—Bueno— dijo Alejandro, sin ganas de discutir —; voy a buscar a Ana.

—Suerte— dijo Ernesto.

Alejandro se internó en la masa de gente, que de pronto había aumentado considerablemente. Podía llamarle a Ana, pero sentía que sería una buena señal que pudiera encontrarla sin necesidad de hacerlo.

Estaba recorriendo las islas, pasando entre los grupos de chavos que se iban congregando en el lugar, cuando alguien le tocó el hombro. Alejandro se dio la media vuelta.

—Hola mi rey— dijo, con una alegre sonrisa, Elena.

Los hotcakes

Total que en Europa no hay hotcakes.

Por más que busqué y busqué, no es posible encontrar hotcakes “Aunt Jemima” en ningún lado; mi cuate Víctor me dice que él hizo la misma infructuosa búsqueda cuando se mudó a Alemania, y que debía aprender a hacerlos a pie.

Así que conseguí la receta (básicamente se necesita levadura para que la cosa funcione), y me lancé al reto de hacer hotcakes. Y fallé miserablemente; quedaron pasables en cuanto a sabor, pero salieron delgaditos delgaditos, y además se veían horribles. Ya sé que eso no debería importar, pero de verdad daban incluso desconfianza.

Dejé pasar unas semanas y lo volví a intentar, aprendiendo de mis errores. Salieron tan bien, que decidimos hacer un “brunch” tipo buffet, y yo colaboré con unos cuantos hotcakes.

Los hotcakes

Los hotcakes

El “brunch” estuvo divertido, y probé algunas cosas interesantes (aquí le ponen leche a los huevos revueltos… de lo que uno viene a enterarse). Y estuvo todavía más divertido porque Jiří Matoušek nos acompañó; el tipo es cagadísimo.

El primer curso intensivo terminó ayer, y la próxima semana comienza el siguiente, pero este fin de semana voy a utilizarlo para visitar Madrid con un cuate del curso. Va a ser una visita relámpago (no tengo tiempo de más), pero espero aprovecharla al máximo.

La Noche del Alacrán: 9

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La Noche del Alacrán escrita por Canek Peláez Valdés se distribuye bajo la licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-No Derivadas 2.5 Mexico.

9

Elena y Alejandro fueron a cenar a un Vips. Por alguna razón que él no podía terminar de entender, Elena adoraba la sopa Vips; le encantaba comerla de noche en particular.

Cuando se saludaron en la entrada, Elena miró suspicazmente a Alejandro, quien tenía el pelo algo revuelto, y la ropa algo arrugada; pero según él nada como para llamar la atención.

Elena lo siguió mirando unos segundos suspicazmente, hasta que de repente se le acercó mucho; su cara estaba a unos cuantos centímetros de su cuello. De manera ligeramente perturbadora, Elena lo olió.

—Acabas de coger— dijo sonriendo pícaramente.

Alejandro no pudo evitar sonrojarse. Elena estalló en una carcajada y le dio un beso en la mejilla.

—¿Por eso me llamaste? ¿No te están cogiendo rico?

—El problema es que me están cogiendo demasiado rico— contestó el, algo molesto.

La sonrisa se borró de inmediato de la cara de Elena.

—¿Cómo?

Habían ya entrado al restaurante y se habían sentado en una de las mesas. Pidieron de comer a una mesera y Alejandro le contó los hechos (sus dos exasperantes citas con Mayra, el sexo ligeramente sucio), sin decirle cómo se sentía respecto a ellos. En gran medida porque no lo sabía.

Cuando terminó, Elena lo miraba seria.

—¿Te gusta coger con esta niña?— le preguntó.

—Sí— contestó él de inmediato, porque eso sí lo tenía bien claro.

—Bueno…

—De hecho me gusta mucho.

—Ajá.

—De hecho es perturbadoramente satisfactorio; Mayra hace cosas (y me deja hacerle cosas) que creo sólo he visto en películas porno.

—Entiendo.

—Pero es que además parecería que tenemos una especie de conexión sexual; yo no tengo que decir nada porq…

—¡Que ya entendí, chingao!

El sonido de las conversaciones en mesas aledañas se paró de inmediato; todo mundo había volteado a mirar a Elena. Alejandro también la veía, sacadísimo de onda. Aunque sí la había oído gritar cuando tronó con su novio, y en varios de los mundialmente famosos estallidos histéricos que ella tenía, nunca le había gritado a él. De hecho en general siempre le hablaba como niño chiquito.

Elena se llevó las palmas de las manos a los ojos.

—Perdón— dijo, y suspiró como si estuviera contanto —. Bueno, ¿cuál es el problema entonces?

—Que no sé como me siento teniendo una relación puramente sexual con una muchacha que, siendo franco, creo que no me gusta…

—¿Físicamente?— lo interrumpió Elena.

—Eh… ¿perdón?

—Sí, ¿físicamente no te gusta?

—Claro que no, ¿crees que tendría sexo con alguien que no me gustara físicamente?

—Tuviste sexo conmigo…

—Yo… ¿qué? ¿De qué carajos hablas?; tú siempre me has gustado mucho.

Elena sonrió de una manera, que si Alejandro no la conociera, hubiera calificado de coqueta.

—Gracias.

—Como sea, Mayra es guapa. Muy guapa.

—Sí.

—Y se arregla muy bien…

—Ajá.

—…de hecho hoy traía puesta una tanga que…

—Rey— dijo Elena llevándose las mano a la cara —, no me interesa eso, ¿entiendes?

—¿Perdón? ¡Te estoy contando mis broncas!— exclamó Alejandro indignado; nunca antes Elena le había dicho que no quería oír algo.

—Sí, pues; pero para eso no tengo que oír de qué color son los calzones de la vieja que te está cogiendo.

La mesera llegó a la mesa justo cuando Elena hacía ese comentario, y les sirvió la comida mirándola feo. Elena se sonrojó.

—Estás rara hoy— dijo Alejandro tomando su tenedor y comenzando a comer.

A lo largo de la cena él trató de explicarle los sentimientos encontrados que tenía. Elena lo escuchó con atención, y contrario a como era ella normalmente se mantuvo callada casi todo el tiempo.

Pagaron la cuenta y salieron a la calle, que ya estaba notablemente vacía. El metro quedaba cerca, y se encaminaron hacia allá.

—¿Entonces tú que opinas?— preguntó Alejandro, que se había cansado de esperar a que ella solita le dijera qué debía hacer. Elena suspiró.

—Mira, lo que yo tengo ganas de decirte es que dejes de verla de inmediato, y te podría inventar media docena de razones de porqué eso es lo que te conviene. Pero la verdad es que creo que estás haciendo una tormenta en un vaso de agua; la chava te gusta físicamente, y físicamente te da placer. Y supongo que tú a ella también, porque te sigue llamando. Y porque ya he probado la mercancía— añadió sonriendo pícaramente.

Habían llegado al metro y entrado; Alejandro iba en una dirección, y Elena en otra, y se detuvieron donde debían separarse.

—Así que creo que deberías seguir cogiendo con ella— continuó Elena, suspirando como si lo dijera muy a su pesar —. Si ya se evitó lo único que te molestaba, que era tener que soportar sus estúpidas conversaciones, no veo por qué tengas que privarte (y a ella, de hecho) el placer de coger si a ambos les gusta. Y ciertamente es mucho mejor a que te la estés jalando en tu cuarto.

—¡Oye!

—Ay mi rey— le dijo Elena tocándole tiernamente la mejilla —. No trates de negarlo.

Alejandro sonrió, pero después frunció el ceño, y la miró suspicazmente.

—¿Qué quisiste decir con que tú querrías decirme que ya no la viera?

Elena suspiró y se acercó aún más a Alejandro. Lo hubiera podido besar de lo cerca que estaba.

—Porque la verdad no me gusta la idea de que te esté cogiendo otra vieja.

Alejandro se quedó sin habla unos momentos, y después volvió a fruncir el ceño.

—Pero nunca me dijiste nada de Angélica.

—Ay mi rey; era obvio que esa nena no te iba a coger rico. Y de hecho me ves tan tranquila porque es obvio que la personalidad de esta muchacha te revienta los hígados. Si no me verías histérica de celos.

Alejandro la miró como idiota. Ella lo besó en los labios, de nuevo tan suavemente como si fuera su hermana.

—Que seas mi amigo y que yo tenga novio no quiere decir que no me pueda poner celosa— dijo dignamente, y comenzó a caminar hacia la dirección del metro que la llevaría a su casa —. Pero que conste que no me vi egoísta y no te dije que la dejaras de ver —añadió antes de desaparecer por la escalera.

Alejandro se quedó donde estaba unos segundos, como pendejo. Por fin dio media vuelta y se encaminó al andén del metro que le tocaba, pensando que su mejor amiga sin duda alguna estaba loca como pelona de hospicio.

Así que durante algunas semanas siguió viendo a Mayra; funcionaban de forma casi clínica: se veían exclusivamente para coger, intercambiando las menos palabras posibles. A veces ni hablaban; llegó a ocurrir que Alejandro recibía un mensaje por su celular (“¿puedes hoy a las cinco?”) y él sólo contestaba una sílaba (“sí”); cuando llegaba a casa de ella era directo a lo que trujía.

Probablemente hubieran podido seguir así varios meses, pero entonces a Érika se le ocurrió la idea de que ella, Mayra, Ernesto y Alejandro salieran en una cita doble. Primero se lo comentó a Ernesto (o más bien le avisó que así ocurriría) y luego a Mayra. A Alejandro no le dijo nada, porque dio por hecho que Mayra se lo diría, cosa que en efecto ocurrió.

Así fue como pasó: un día Mayra le mandó un mensaje del celular preguntándole si sus papás estarían en la tarde; él le contestó que no, y ella a su vez le dijo que llegaría como a las cuatro. Llegó, cogieron un par de veces, y cerca de las seis Mayra y él estaban recostados en su cama. Alejandro estaba esperando unos minutos para que ella dijera que ya tenía que irse; él había entendido que lo que procedía entonces era decirle que la acompañaba a la parada del micro, y ya después podía seguir con su vida. Ya bien cogido.

Pero en lugar de decirle que ya tenía que irse, le acarició una tetilla y le dijo:

—Érika quiere que salgamos los cuatro el fin de semana. Lo está organizando con Ernesto y me dijo.

Alejandro hizo un sonido parecido a un gemido de dolor.

—¿No quieres ir?— preguntó Mayra, un ligero aire de sorpresa en su voz.

—Por supuesto que no quiero ir— contestó aún más sorprendido Alejandro —, ¿por qué querría ir?

—Bueno, Ernesto es tu mejor amigo, y Érika es su novia. Y voy a estar yo, obviamente.

Alejandro la miró como pendejo durante varios segundos.

—Ajá— dijo lentamente —… ¿y?

—Bueno— dijo Mayra, ahora sí con una nota más que perceptible de inseguridad en su voz —, como novios debemos hacer ese tipo de cosas de vez en cuando, ¿no? No podemos nada más hacer el amor.

El muchacho sintió una mezcla de incredulidad y risa; en primer lugar estaba casi seguro de que lo que ellos tenían no podía calificarse como “noviazgo”… y en segundo lugar estaba segurísimo que lo que ellos hacían no era “el amor”. Era un sexo sucio, vulgar e increíblemente satisfactorio; pero ciertamente no era “hacer el amor”.

En ese momento cayó en cuenta de que, si se ponía algo cursi, nunca había “hecho el amor” en su vida. Le hubiera gustado hacerlo con Elena, pero cuando ella detectaba que él quería algo más que sexo o amistad no lo dejaba acercarse ni a medio metro, así que al final sólo podía calificar como “sexo” lo que había tenido con ella. Con Angélica, desde un punto de vista técnico, nunca se acostó. Hicieron un montón de cosas, pero aunque él creía que el cariño de la muchacha por él era sincero, lo cierto es que él nunca sintió lo mismo. Y bueno, con Mayra él estaba seguro de que, al menos de su parte, no había nada que se pareciera a “amor” en el asunto. De hecho, le comenzaba a caer mal cuando abría la boca para hablar.

Como en ese momento estaba pasando; el caer en cuenta de que nunca se había acostado con una chava que quisiera, aunado al hecho de que Mayra se atreviera a llamar su relación como “noviazgo”, y que además por alguna razón su voz de por sí siempre lo sacaba de quicio, hizo que contestara algo que cualquiera con dos dedos de frente no hubiera contestado… y además con un tono de voz que hizo que después se arrepintiera de haberlo usado.

—Nosotros no somos novios— dijo, con una voz que combinaba enojo, hartazgo y cierta burla —, y ciertamente no “hacemos el amor”. Nosotros cogemos.

Nada más las palabras terminaron de salir de su boca, Alejandro se arrepintió de haberlas dicho. No porque fuera mentira (era lo que pensaba); pero sí se dio cuenta (demasiado tarde) de que el tono era innecesario. Además notó que había lastimado mucho a Mayra, cuando vio que los ojos de la muchacha se comenzaban a llenar de lágrimas.

—¿Entonces para ti todo esto sólo ha sido por el sexo?— preguntó ella, con la voz rompiéndosele por las lágrimas.

Alejandro se quedó con la boca abierta, sin saber qué decir. Estaba consciente de que se había manchado, pero él creía que era un acuerdo tácito entre ellos que nada más se veían por el sexo.

Mayra se levantó mientras trataba de contener, inútilmente, sus lágrimas, y comenzó a vestirse lo más rápido que pudo. Salió de su recámara, de su casa y de su vida llorando ya a lágrima viva.

Alejandro se quedó en la cama, como un completo imbécil, sin estar seguro de qué era lo que había ocurrido. ¿Cómo era posible que Mayra creyera que eran novios? Solamente cogían; incluso había sido ella la que había sugerido ir a un lugar para estar a solas en la segunda cita (que él intentó fuera una cita de verdad), y después nunca le dijo nada de volver a salir para otra cosa que no fuera coger. Jamás le platicó sus problemas o le preguntó por los suyos. Él había llegado a sentirse utilizado sexualmente.

Como Mayra se negó rotundamente a volver a verlo o ni siquiera a contestarle el teléfono, fue Ernesto, quien se enteró a través de Érika, quien le contó cómo había sido que Mayra había entendido las cosas.

—Ella creía que no te gustaba hablar— le dijo Ernesto mientras estaban en su cuarto, fumando mota.

—¿Y por qué creía eso?

—Porque parecías enojarte cada vez que hablaban.

Alejandro asintió, concediendo eso. Sólo que no era que no le gustara hablar; es que no le gustaba hablar con ella.

—Pero ella se me lanzó, la primera y la segunda vez que nos vimos.

—Creyó que se te dificultaba expresar tus sentimientos. Consecuencia, o motivo, dentro de su cabeza, de que no te gustaba hablar.

—¿Y ella por qué no hablaba?

—Porque entonces parecías enojarte más.

Alejandro volvió a asentir, concediendo también eso. Ciertamente no soportaba su voz en general.

—¿Pero cómo pudo creer que éramos novios?

—Pues como no podías expresarte— continuó Ernesto, que todo el tiempo había tenido una sonrisa de oreja a oreja porque se le hacía hilarante el asunto —, ella pensó que acceder a coger fue tu gutural manera de estar de acuerdo que sí querías andar con ella. Por alguna razón le gustas mucho.

—Déjame adivinar, y todo el sexo que tuvimos era la única manera en que yo podía expresar que la quería.

—Exacto.

Alejandro le dio un toque al churro de mota. Sentía que la ocasión lo ameritaba.

—Entonces todo este tiempo ella no creyó, como yo, que nos juntábamos nada más para coger; creyó que éramos novios, y que yo tenía un problema de comunicación y por lo tanto mis sentimientos sólo los expresaba cogiendo como conejo con ella.

—Algo así. Érika está muy ofendida por cómo te portaste.

—Sí me manché en cómo dije las cosas; pero que no mame, yo no tenía forma de entender que Mayra pensaba como pensaba.

—Consecuencia de que no te gusta hablar. Ábrete, carnal, no te cierres en un caparazón. Deja que el amor entre a tu vida.

Los dos muchachos se rieron, tosiendo.

—Oye— dijo Alejandro —, ¿y tú no sabías cómo pensaba Mayra?

—No; por lo que tú me platicabas yo entendía lo mismo que tú, que sólo quería utilizarte como objeto sexual.

—¿Y Érika?

—Érika, por lo que Mayra le platicaba, entendía que tú y ella eran una feliz pareja, si bien contigo teniendo algunos problemas para expresar tus sentimientos.

—¿Y nunca compararon notas, carajo?

—Cabrón; no te ofendas, pero el universo no gira en torno a ti. Tengo mejores cosas de qué platicar con mi novia que de tu vida sentimental.

—¿Y cuando sugirió que saliéramos los cuatro juntos?

—Se me hizo algo raro, pero no terriblemente raro. Digo, si te cogías a Mayra podías ir a comer con ella a un restaurante, ¿no?

Alejandro le envió a Mayra un largo mensaje por celular diciéndole que sentía cómo se había portado, pero que sencillamente él había creído otra cosa, y trató de seguir con su vida. Su lado racional le decía que él no tenía ningún motivo por el cual sentirse mal; cualquiera hubiera podido entender las cosas como él las había entendido. Pero eso no evitó que se sintiera de la chingada un tiempo. Se sentía culpable de haber lastimado a una muchacha que, si bien nunca le cayó muy bien, sí le había puesto unas cogidas monumentales.

Cuando se lo comentó a Elena, su amiga se desternillaba de la risa.

—¿Entonces la vieja pendeja creía que te la cogías en cuanta posicion podías porque era tu única manera de mostrar tu profundo amor?— preguntó, botada de la risa.

—Sí.

Elena soltó una alegre carcajada que hizo que el resto de la gente en el Centro de Coyoacán voltearan a verla. Estaban caminando cerca de la iglesia, comiendo un helado.

—¿Entonces ahora te quedaste sin nalguita?— preguntó Elena, los ojos brillando de alegría. Parecía disfrutar mucho de oír las pendejadas que le ocurrían.

—Así es— contestó Alejandro, sonriendo contra su voluntad. No le gustaba cómo Elena se burlaba de una situación que, si bien no era una tragedia griega, tampoco era para estarse botando de la risa; pero el buen humor de ella era tan desbordado que se lo estaba contagiando quisiera o no.

Elena se detuvo enfrente de él, con las manos sosteniendo el helado a sus espaldas, y poniéndose de puntitas le dio un beso en la punta de la nariz.

—Es lo mejor mi rey— le dijo más seria, pero todavía sonriendo y con los ojos brillantes —. No eres de los que nacieron para sólo tener sexo con una muchacha.

Elena se dio media vuelta y siguió caminando, comiendo tranquilamente su helado. Alejandro, todavía sin moverse, frunció el ceño.

—¡Oye!— le gritó a Elena, que ya se había alejado unos tres metros —; no parecías tener esa opinión cuando la muchacha eras tú.

Elena lo volteó a ver y le guiñó el ojo, de una forma que él hubiera considerado coqueta si no fuera porque la conocía.

—Eso era distinto— dijo ella —. Yo soy maravillosa.

—Y medio demente— añadió Alejandro alcanzándola.

—Sí, sin duda. Pero eso no me quita lo maravillosa.

Best Galactica Scene EVAR

…: You need to think about the people of this fleet now, and surrender.
Laura Roslin: No.
Laura Roslin: Not now. Not ever.
Laura Roslin: Do you hear me?
Laura Roslin: I will use every cannon, every bomb, every bullet, every weapon I have down to my own eye teeth to end you.
Laura Roslin: I swear it!
Laura Roslin: I’m coming for all of you!

I'm coming for all of you!

I’m coming for all of you!

The Curious Case of Benjamin Button

Víctor descubrió un cine que pasa películas subtituladas, y fuimos en bola a ver The Curious Case of Benjamin Button. Se aplican las de siempre.

The Curious Case of Benjamin Button

The Curious Case of Benjamin Button

Benjamin Button es un tipo que nace cuando acaba la Primera Guerra Mundial, y que tiene la curiosa característica de que nace siendo un viejito; con artrítis, cataratas, sordo, y que conforme pasa el tiempo se va haciendo cada vez más joven. Su padre, horrorizado, lo abandona en un asilo de ancianos, donde es adoptado por una muchacha negra (la espectacular Taraji P. Henson, robándose todas las escenas donde aparece), y el niño-anciano es criado entre puros viejitos, lo cual tal vez era lo mejor que le podía pasar.

La película es narrada en la forma de un diario, que termina en posesión de Daisy, el amor de su vida, y que la hija de Daisy se lo lee cuando está a punto de morir.

Bajo una premisa tan estúpida, está una película muy bonita, y un descarado vehículo para exaltar las cualidades de Brad Pitt como actor. Que funciona; el tipo actúa muy bien. La vida de Benjamin Button termina siendo no muy distinta a la de todo el mundo; aprende, sale de su casa, se enamora, vive, y al final muere porque no puede volverse todavía más joven. Las circunstancias de su “defecto” (que cada vez se vuelve más joven) realmente no añaden mucho a la trama, excepto para (repito) exaltar las cualidades actorales de Pitt.

A mí me gustó mucho la película; las actuaciones por sí mismas harían que valiera la pena, pero además está magníficamente hecha (la única escena de acción es fabulosa, por ejemplo), la historia de amor es bonita, y es muy divertida (si no hilarante) en muchas partes. Y no se notan las casi tres horas que dura, lo cual siempre es una buena señal.

El cine en que la vimos estaba incomodísimo, pero suficientemente decente, y yo decidí ignorar el subtitulaje, porque tenía muchas cosas idiomáticas de España. Pero estuvo bien; me divertí.

Vayan y véanla.

Las lesiones

Hace una semana participé en el segundo partido de futbol que tuvimos entre los integrantes del curso. En el primero no participé porque estaba molido de haber comenzado a ir al gimnasio.

Ayer viernes fue el segundo partido, y en la mañana decidí correr un poco en la banda para correr del gimnasio; he ido diario desde hace tres semanas, pero sólo levanto pesas, no hago nada aeróbico.

Sorprendentemente me sentí muy bien corriendo; sólo corrí veinte minutos, unos 3 kilómetros según la máquina. Pero en la tarde a la hora del partido, la cosa no se puso tan bien. Tres españoles de la universidad se nos unieron, y con doce jugadores y la cancha siendo pequeña pudimos utilizarla toda, para un partido relativamente largo (cerca de una hora).

En primer lugar mi tobillo izquierdo (que tengo mal desde hace como tres años) me dio un susto con un fuerte dolor, que por suerte pasó rápidamente. De todas formas me puse de portero, porque supuse que sería inútil tratar de seguir corriendo.

En una salvada involuntariamente espectacular, me comenzó un calambre horrible en mi pantorrilla derecha, que gracias a que un compañero del curso rápidamente me estiró la pierna estuvo bajo control en poco tiempo. Si me salía del partido hubiera tenido que salirse alguien más del otro equipo, así que como casi no me movía en la portería decidí seguir jugando.

En una segunda involuntariamente espectacular salvada (y como si fuera chiste), me dio un calambre, pero ahora en la pantorrilla izquierda. También logré controlarlo, pero los últimos minutos que estuvimos jugando básicamente estuve arrastrándome de un poste al otro de la portería. Mi equipo ganó, lo cual es sorprendente porque para motivos prácticos no tuvieron portero durante la mitad del partido.

Cuando todos los jugadores nos arrastramos afuera de la cancha, me di cuenta de que no fui la única baja; Fred, un compañero alemán tenía las rodillas en carne viva, después de caer múltiples veces en el pasto artifical, y Víctor cojeaba visiblemente adolorido. El resto estaba en distintos grados de dolor y cansancio.

Al final resulto que Víctor se rompió dos dedos del pie; ni siquiera sé cómo pasó, vi que se caía con relativa frecuencia, pero nunca pensé que de hecho se lastimara de verdad. En la noche fuimos al cine, y varios de nosotros dábamos un espectáculo lamentable; parecíamos sobrevivientes de una batalla, sólo que en lugar de ir a la guerra, habíamos intentado jugar futbol por una hora.

En retrospectiva fue divertido, pero Víctor al parecer no podrá ir a la excursión de mañana, porque tiene que reposar su dedo rompido.

La Noche del Alacrán: 8

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La Noche del Alacrán escrita por Canek Peláez Valdés se distribuye bajo la licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-No Derivadas 2.5 Mexico.

8

Alejandro y Ernesto se estacionaron cerca de la parada de microbuses en Zapata, dispuestos a esperar a Érika. No habían pasado cinco minutos cuando Ernesto dijo:

—Ahí viene.

Érika bajó del micro, y los dos muchachos notaron que no venía sola: una muchacha la acompañaba. Alejandro miró paniqueado a Ernesto.

—Güey— le dijo —, ¿le mencionaste que una chava me invitó y básicamente voy porque me la quiero a ligar?

—Ehhh… no. Le dije que había un concierto.

—¡Mierda! ¿Sabes entonces quién seguro es la chava que viene con ella?

Ernesto sonrió maliciosamente.

—Sí; Mayra.

—Mayra.

—Yep, Mayra.

Los dos chavos se hicieron hacia adelante en sus asientos para mirar a las muchachas que se acercaban.

—Mayra— dijeron al unísono.

Poco después de que Érika y Ernesto se desvirgaran mutuamente, a la chava se le ocurrió una idea fabulosa; ¿por qué no presentar a Alejandro con su mejor amiga de la Prepa 6, Mayra? Con algo de suerte y comenzarían a andar, y Alejandro dejaría de estar jodiendo con ver a Ernesto, cuando Érika y él querían disfrutar casi todo el tiempo del recién descubierto placer de estar cogiendo.

A Alejandro le gustó la idea; por cómo la había descrito Ernesto Mayra parecía una chava guapa e inteligente, y ya había pasado un tiempo desde que había dejado a Angélica.

Así que Alejandro y Mayra salieron al cine un día. Érika realmente quería una cita doble, pero Alejandro se negó rotundamente a la idea: no le tenía miedo al ridículo siempre y cuando fuera en frente de completos desconocidos.

Alejandro había elegido con antelación la película, y las cosas comenzaron a ir de bajada cuando Mayra se quejó de que estuviera subtitulada; le dijo que se cansaba de leer los subtítulos.

Todo fue empeorando a partir de ese momento; Alejandro no pudo determinar si en bruto era ella inteligente o no, pero sí se percató de que, bajo su definición, era una pendeja. No había leído jamás un libro que no le hubieran dejado en la escuela, e incluso varios los había evitado viendo la película… doblada, de ser posible. Veía como cinco telenovelas y estaba al tanto de las vidas personales de los principales actores en ellas; no que Alejandro tuviera nada en contra de eso, pero parecía que esa era la única preocupación que tenía en la vida la muchacha.

Alejandro trató de ser cortés, pero conforme fue pasando el tiempo en la cita se percató de que no soportaba a Mayra. Y ciertamente era guapa; muy guapa, y más por el hecho de que se esmeraba al arreglarse. Pero incluso su voz comenzaba a parecerle como el sonido de un taladro perforando su cerebro.

Así que, después del cine y de cenar (Mayra le comentó que no había entendido la película… que era una comedia romántica), Alejandro tenía una cara que parecía tuviera un pedazo de caca en la punta de la nariz. De verdad hizo un esfuerzo por comportarse educadamente, pero encontraba tan insoportable a la muchacha que tenía que estarse conteniendo para no gritarle que se callara.

Porque además parecía no poder dejar de hablar.

Con alivio la fue a dejar a su casa (su papá le prestó la nave ese día), y cuando llegaron se estacionó y apagó el carro. No tenía intención alguna de bajar y abrirle la puerta, así que se quedó ahí mirándola con ojos que le querían decir que como que ya era hora de que le llegara.

La muchacha le sonrió y le dijo:

—Me la pasé muy bien.

Alejandro tuvo que hacer un esfuerzo por contener la risa; era imposible que nadie pudiera considerar las cuatro horas pasadas como algo “bueno”. Así que o la chava estaba tratando de ser amable, o de verdad tenía algún tipo de daño cerebral.

Pero su humor se transformó en pánico cuando la chava se quitó el cinturón de seguridad y se inclinó lentamente hacia él. No era posible; ¿de verdad quería que la besara? ¿Qué carajos tenía mal esta muchacha? ¿Cómo era posible que hubiera interpretado las cosas de tal forma que pensara que él quería besarla?

Resultó que el equivocado era él: la chava no quería beso de las buenas noches. Mayra se siguió inclinando hasta que su cabeza estuvo en el regazo de Alejandro, y con manos rápidas y hábiles le desabrochó el pantalón para comenzar a hacerle, ahí mismo en frente de la casa de ella donde probablemente estarían sus padres, el guagüis más fabuloso que jamás le hubieran hecho.

Que, lamentablemente, no eran tantos.

Alejandro no hizo nada inicialmente porque estaba básicamente en shock por la sorpresa. Después no hizo nada porque se sentía muy rico. Y después lo único que pudo hacer fue gemir lo más discretamente que pudo, mientras lo aterrorizaba la idea de que alguien los fuera a cachar. De hecho, la imagen del papá de Mayra saliendo de la casa y descubriéndolos hizo que se riera un poco.

—Voy a terminar— dijo Alejandro con la voz entrecortada, cuando sintió que no faltaba mucho.

—Mmmh mmmh— murmuró Mayra sin dejar de hacer lo que estaba haciendo, y de hecho (Alejandro pensó en el término adecuado) “echándole más ganas”.

Alejandro pensó que era ligeramente extraño venirse dentro de la boca de una chava que no tenía veinticuatro horas de haber conocido; pero como ella no parecía tener problemas con eso, sencillamente se dejó ir. O venir.

Mayra procedió a tragarse todo el asunto, que a Alejandro no pudo evitar sentir que era ligeramente obsceno y (tal vez por lo mismo) increíblemente cachondo, y después volvió a abrochar su pantalón sonriéndole. Le dio un beso sorprendentemente tierno en los labios, y le guiñó un ojo.

—A ver cuándo volvemos a vernos, ¿sí?

Y alegremente se bajó del carro y se dirigió a su casa moviendo los dedos a forma de despedida, sin dejar de sonreír todo el tiempo. Alejandro se quedó en el carro con una extraña satisfacción, y sin saber exactamente qué había ocurrido. Ni por qué.

Lo más sorprendente fue que se encontró a sí mismo llamándola un par de días después, para que fueran a una exposición en el Centro Cultural Universitario. Trató de prestar atención a lo que decía, por si estaba perdiendo algún tipo de sutileza en su conversación. Trató de verdad de encontrar una chispa de su personalidad que le atrayera, de descubrir algo que a él le pareciera inteligente o interesante de ella.

Nada. Al poco tiempo (ni una hora llevaban baboseando en la exposición) Alejandro quería sacarse los ojos; se estaba aburriendo horrores, y además la chava tenía la peculiaridad de que no sólo lo exasperaba: su sola presencia le fastidiaba incluso la exposición, que en otras circunstancias igual y hubiera disfrutado bastante.

Así que de nuevo tenía su cara de tengo-caca-en-la-punta-de-la-nariz, cuando ella le tomó la mano y lo miró de una manera que él sólo podía describir como lujuriosa.

—¿No quieres que vayamos a un lugar donde podamos estar solos?— le preguntó.

Alejandro rompió sus propias costumbres y tomó un taxi para llevarla a su casa. Durante el trayecto ella comenzó a besarlo y a tocarlo, de forma francamente lasciva, valiéndole completamente madres que el conductor los mirara divertido por el espejo retrovisor.

Ya en su casa y en su cuarto Mayra procedió a darle una cogida que él sólo pudo calificar como “monumental”. La muchacha tenía una especie de sexto sentido o algo por el estilo, porque hacía justo lo que quería que hiciera justo cuando quería que lo hiciera, y sin tener que decir nada. Y además Alejandro rápidamente se dio cuenta de que cuando cogían ella se mantenía callada. Lo cual era una ventaja.

Cuando acabaron el tercer round (ella tenía la capacidad de prenderlo de nuevo casi de inmediato), ella lo abrazó y le preguntó con voz algo cansada si la acompañaba a la parada del micro.

Alejandro vio alejarse al micro con Mayra dentro, y se quedó en la calle tratando de descifrar lo que sentía (además de un ligero dolor en las piernas; durante el segundo round la estuvo cargando estando él de pie).

Decidió que pensaría en eso luego, y se fue a dormir a su casa.

Cuando unos pocos días después ella lo invitó a salir y le dijo que pasara por ella a su casa, Alejandro pensó seriamente en decir que no. El sexo era fabuloso, y además (a falta de un mejor término) sucio, en una buena manera. Pero de verdad el pasar tiempo con ella no cogiendo era medio desesperante.

Al final ganaron sus ganas de coger, y fue por Mayra a su casa. Ella lo invitó a pasar y, para sorpresa (y algo de alivio) de Alejandro, procedió a seducirlo sin ni siquiera preguntarle cómo había estado, o si quería un vaso con agua.

Unas horas después, habiendo hecho cosas que Alejandro estaba seguro debían estar prohibidas en algunos países, Mayra le dijo tranquilamente que sería bueno que se fuera, porque sus papás no debían de tardar. Eso le hizo darse cuenta de que eran las únicas palabras que habían intercambiado desde que se saludaron y ella lo invitó a pasar.

Se vistió y puso los tenis, de nuevo sin saber exactamente cómo se sentía.

—¿Te llamo después?— le preguntó cuando estuvo listo para irse. Ella ni siquiera se había levantado del suelo, donde habían cogido la última de varias veces, apenas cubierta por un cobertor. No tenía cara de que lo acompañaría a la puerta.

—Sí— contestó ella, y Alejandro tuvo la impresión de que no le interesaba en lo más mínimo si la llamaba diez minutos después o nunca.

Él solito se salió de la casa, procurando cerrar bien detrás de sí. El metro estaba a algunos kilómetros, y decidió caminar esa distancia para poder pensar. Desde un punto de vista puramente práctico la situación parecía buena; daba la impresión de que ella tampoco quería nada que no fuera sexo (¿si no porqué ni siquiera le había preguntado cómo estaba cuando llegó a su casa?), y entonces las horribles horas que había pasado con ella cuando habían salido nunca más volverían a repetirse, porque ya establecidas las reglas quedaba claro que cuando se vieran únicamente cogerían.

Pero una parte suya se sentía mal al respecto. Estaba el hecho de que Mayra al parecer sólo lo utilizaba sexualmente… que no era una tragedia en sí mismo, y además él también la utilizaba sexualmente a ella. Pero eso no quitaba que se sintiera mal al respecto.

Y estaba el hecho de que, si lo analizaba seriamente, en el fondo Mayra le caía mal. ¿Por eso sería tan rico el sexo?, pensó durante un segundo. Le estaba empezando a doler la cabeza, pero sí quería entender cómo se sentía. Y entonces pensó en la única persona que a veces parecía entenderlo mejor que él mismo, y sacó su celular del bolsillo.

—Hola— dijo cuando contestaron —, ¿estás ocupada? Me gustaría platicar tantito.

—Claro, mi rey— contestó Elena.

Febrero

Comenzó febrero y con eso hubo muchos cambios.

En primer lugar ahora tengo un compañero de habitación; es bastante simpático, pero la verdad nos vemos poco porque él está en un curso y yo en otro, así que sólo nos medio saludamos en la mañana y en la noche. De interés es que es musulmán, lo cual es interesante para mí porque nunca había vivido con uno. No más espagueti con tocino este mes, me parece.

La otra es que comenzaron los cursos intensivos, y la parte de intensivos es en serio; apenas llevamos dos días y sí han sido pesados. También tiene que ver que sigo yendo al magnesio, porque había ido diario (sin contar fines de semana) y no quiero detenerme. Eso me obliga a levantarme a las siete, porque los cursos empiezan a las 9:30; y entonces también debo estar cargando una bolsita con las cosas del gimnasio, porque no me da tiempo de regresar a la Vila a regresarlas.

Los cursos han sido pesados, pero fabulosos. El primero lo está dando Jiří Matoušek; todo mundo me había hablado maravillas de él, y por supuesto conozco algunos de sus libros: pero nadie me había dicho que es un expositor maravilloso. No sólo habla de cosas interesantes y las expone magistralmente; también es muy divertido y maneja muy bien el ritmo de sus pláticas. Y digo, estoy entendiendo y aprendiendo un montón de cosas, lo cual siempre es bueno.

Como esta semana empezaban los cursos, el sábado fuimos a cenar a un buen restaurante en Barcelona. Yo esperaba más comida (tenía hambre), pero estuvo rico y divertido, y después fuimos a unos tres bares a tomar alcohol y platicar, no necesariamente en ese orden de importancia. Cerca de las cinco de la mañana algunos ya queríamos regresarnos, y como no hay camiones ni tren a esa hora tuvimos que tomar un taxi. Salió a 8 euros por persona entre 4, lo cual me parece “razonable” (bajo una definición muy amplia de razonable).

Al otro día mi cuate Eddie nos había invitado a todos a irlo a ver bailar swing; pero yo fui el único que no estaba tan cansado, crudo o borracho (o el único lo suficientemente demente) como para pararme y acompañarlo. Para que los cuates aquí no se lo perdieran lo filmé con mi cámara digital; pueden verlo bailar aquí.

Ahí nos encontramos otra compañera del curso, y fuimos los tres al Museo Picasso, que no quiero sonar ingrato (era gratis por ser el primer domingo del mes), pero la verdad me decepcionó un poco. Pero también pude probar la versión española (o al menos de Barcelona) de churros con chocolate.

Mañana tenemos día “libre” (no hay curso intensivo), pero más bien será estudiar todo lo que vimos los primeros dos días, y por supuesto seguir trabajando en los problemas “normales”. Así que no esperen una actualización del blog en pocos días.

La Noche del Alacrán: 7

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La Noche del Alacrán escrita por Canek Peláez Valdés se distribuye bajo la licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-No Derivadas 2.5 Mexico.

7

Camino al metro Zapata, para recoger a Érika, Alejandro y Ernesto se rieron de lo que acababa de pasar con el cactus.

—Hay que darle una medalla a tu cactus.

—Sí güey; tomó una por el equipo.

—Ei; y después de todo lo que había sobrevivido.

—¡Oye!, yo creo que se va a poner bien. No creo que algo de fuego lo haya matado.

—¿Tú crees?

—No tengo ni puta idea, pero eso espero. Mañana le llamo a Elena y le pregunto qué tengo que hacer para que se componga.

Porque el cactus era regalo de Elena. Más o menos así había ocurrido: poco después de que Alejandro terminara con Angélica, Elena y él volvieron a frecuentarse más o menos seguido. Se habían alejado un poco después de que ella consiguiera su novio, y todavía más cuando Alejandro comenzó a salir con Angélica.

Un día Elena le pidió que la acompañara al mercado de flores de Xochimilco, y Alejandro fue porque no tenía nada mejor que hacer. Estuvieron baboseando un ratote, viendo flores, macetas y plantas en general, mientras Elena al parecer buscaba algo. Alejandro no decía nada porque estaban platicando muy chido, pero después de cerca de dos horas comenzó a desesperarse.

—¿Qué estás buscando, a todo esto?— preguntó por fin.

—Unas flores.

—Mmmh. ¿De qué tipo?

—Básicamente del tipo que más te gusten.

—¿A mí?

—Sí, a ti. ¿Si no para qué crees que te traje?

—Ah. No sé; esperaba que por el placer de mi compañía.

Elena lo miró con ternura.

—Esa la puedo tener por teléfono. Necesito tu opinión como hombre.

Y ciertamente todo ese tiempo había estado preguntándole qué le parecían tales o cuáles flores, lo que a él básicamente había estado contestando con “están chidas” casi todas las veces.

—¿Y se puede saber para que necesitas la opinión de un hombre?

—No; no la opinión de un hombre; tu opinión como hombre.

—Bueno, ¿se puede saber para qué necesitas mi opinión como hombre?

—Para elegir unas flores; ¿no pones atención?

Alejandro suspiró. Elena solía hacer cosas como esa.

—Quiero decir: ¿para qué necesitas las flores?

—Ah. Para mi novio.

Habían estado caminando, viendo los puestos con distintas flores. Alejandro se detuvo en seco.

—¿Perdón?

—Sí; pasado mañana es su cumpleaños, y platicando con él hace unos meses, después de que me regaló un ramo muy chido de flores, me confesó que nunca le habían regalado a él flores. Y pensé que sería chido, ¿no? Digo, no tiene por qué ser exclusivo de los chavos el dar flores.

Alejandro estaba de acuerdo; pero no era por eso que se había detenido. Una combinación de celos, despecho y simple furia se habían apoderado de él. Una cosa era el aceptar que Elena no quisiera andar con él, o que él de verdad pudiera estar feliz por ella y su novio. Pero era algo completamente distinto que lo usara a él para elegir el regalo de su novio.

Hasta ese momento Elena notó que Alejandro se había detenido. Se dio la vuelta buscándolo.

—¿Qué tienes rey?— dijo al ver cómo la estaba mirando.

—Elena; vete a la chingada.

Alejandro dio media vuelta y se fue, dejando a Elena sola y perpleja en el mercado de flores de Xochimilco. Él se fue derechito a su casa, donde se encerró en su cuarto a escuchar música deprimente con las luces apagadas.

No estaba muy seguro de porqué lo afectaba tanto. Sí creía tener cierto derecho a sentirse molesto, pero no tardó en reconocer que había hecho un berrinche como no hacía desde que tenía diez años y sus papás no le habían querido comprar cierto juguete un día de reyes.

Siguiendo con la autoflagelación no cenó, diciéndole a su mamá que no tenía hambre. Y la verdad no tenía; para ese momento se sentía mal de haber dejado a Elena ahí sola, haciéndole mega berrinche.

Cerca de las once de la noche oyó un golpe contra su ventana, y cuando corrió la cortina para ver qué era descubrió ahí a Elena, trepada al árbol que crecía en el patio trasero de su casa y al que una de sus ramas casi casi llegaba a su ventana.

Durante la época donde Elena lo utilizaba como consolador humano habían ido varias veces a casa de él a coger, y rápidamente ella aprendió a salir huyendo de su recámara por el árbol cuando sus papás llegaban intempestivamente. Al parecer también había aprendido el camino contrario.

—¿Qué haces ahí?— preguntó él abriendo la ventana —. Pásate.

—¿Ya se te quitó el síndrome premenstrual?— preguntó ella, mirándolo suspicazmente desde su rama, sin moverse.

Alejandro suspiró.

—Sí. Lo siento. Pásate.

Elena entró a su recámara.

—Mmmh— mumuró mirando el cuarto, dejando su mochila en el piso —. Hacía un rato que no estaba aquí.

—Sí— dijo Alejandro, y antes de que él mismo pudiera detenerse añadió— desde que encontraste alguien con quien coger y al que quieres como novio.

Nada más acabó de decir eso se arrepintió de haberlo hecho. Se avergonzó de lo despechado que había sonado.

—Lo siento— repitió, poniendo las palmas de sus manos en sus ojos y apretándolos hasta que vio estrellitas. Suspiró y la miró —. Sólo es que estoy celoso de que tú nunca me darás flores.

Elena lo miró con esa intensidad que al parecer sólo ella podía tener para él.

—Quiero a mi novio— le dijo —. Lo quiero muchísimo, de hecho, y sí, sólo a él le doy flores. Pero lo cierto es que tengo dieciséis años, y lo más seguro es que, tarde que temprano, me voy a aburrir de él, lo voy a lastimar horrible, y no va a querer volver a hablarme el resto de su vida.

Alejandro la miró impresionado. Ella lo dijo con una calma increíble, pero a la vez como si estuviera tan segura de ello como que al otro día saldría el sol.

—La diferencia entre tú y mi novio— continuó Elena —… y de hecho entre tú y un montón de güeyes en este mundo, es que contigo me he asegurado de no hacer nada que pueda causar que te pierda para siempre. Y la primera de esas cosas es no andar contigo.

Le tocó la mejilla dulcemente.

—No te has dado cuenta, porque para ser tan increíblemente inteligente para algunas cosas, eres encabronadamente pendejo para otras, pero un día vas a encontrar una chava que te hará darte cuenta de que, exceptuando que te desvirgué, yo no tengo nada de especial. De hecho, probablemente encuentres a varias.

Le dio un beso en los labios, pero tan suave que Alejandro lo sintió casi como si fuera su hermana.

—No trates de encontrarle sentido a esto que te digo— le dijo ella —; ya sabes que estoy loca. Sólo entiende que no ando contigo no porque tengas nada malo. Al contrario. La de los problemas soy yo.

—Claro— dijo Alejandro riéndose amárgamente—; “no eres tú, soy yo”.

—Pero en este caso es verdad— dijo ella sonriendo dulcemente, y recogiendo su muchila —. Además, a lo mejor no te doy flores, pero sí otros vegetales.

Y de su muchila sacó el cactus. Alejandro lo miró algo desconcertado.

—¿Un cactus?

—Mi rey— dijo ella —, si te conozco, sé que es la única planta que no vas a asesinar en unos cuantos días. Con algo de suerte y hasta te dura.

La puso en su escritorio, cerca de la lámpara.

—Además— agregó, mirándolo pícaramente —, es como nuestra relación. Es espinosa, no muy bonita, y algo seca; pero ciertamente perdura.